19 de noviembre de 2019, 16:58:51
Opinion


México: la resaca del bicentenario

Carlos Arriola


Después del desfile del 16 de septiembre, el escritor Rafael Pérez Gay se preguntaba si los mexicanos estamos locos y, según su crónica, no era para menos, ya que marcharon “marcianitos, barrenderos biónicos, jóvenes con nopales en la cabeza, unos personajes salidos de un manicomio, aunque llevaban estetoscopios al cuello” y, finalmente, unos soldados de la Corona española. En suma un “bicentenario Disney”, desairado por propios y extraños y pronto olvidado.

Aún no se apagaban las luces y los viejos problemas irrumpieron en el escenario. Primero fue el asesinato, el mismo día del desfile, de un periodista más de El Diario de Ciudad Juárez, lo que motivó un editorial dirigido al crimen organizado que cimbró a los poderes locales y federal. El texto reconoció la autoridad de facto de los malhechores y les preguntaba qué deseaban para evitar que otros periodistas fueran asesinados. Además, aceptaban que la estrategia del presidente Calderón había fracasado, pues fue pensada como una forma de legitimarse, después de una elección bajo sospecha, sin haber reflexionado en la capacidad del enemigo y menos en las implicaciones y consecuencias.

Huelga comentar la indignación gubernamental. Baste con señalar que el funcionario encargado de contestar el editorial de El Diario lo hizo con ira y soberbia, mereciendo una crítica generalizada. Para deshacer el entuerto, el mismo funcionario informó que el número de asesinatos relacionados con el crimen organizado se había “estabilizado” en las tres primeras semanas de septiembre: 36 en promedio diario contra 49 en los tres meses anteriores. Curiosa forma de comparar semanas con meses y conveniente olvido de la tácita tregua durante las festividades del bicentenario.

Después vinieron los asesinatos selectivos de funcionarios municipales en el fronterizo estado de Nuevo León y en su capital, Monterrey, importantísimo centro industrial desde finales del siglo XIX. En esta ciudad han tenido lugar los “narcobloqueos”, inédita modalidad para desquiciar la circulación de vehículos con camiones de carga, como demostración de fuerza más que oportunidad para delinquir. El número de víctimas inocentes en esta ciudad, púdicamente llamadas “daños colaterales”, ha ido en aumento, al igual que la indignación de sus habitantes.

A cuatro años de lucha contra el crimen organizado, la improvisación parece haber sido la regla inicial y, en más de un caso, la Procuraduría General de la República actuó con motivaciones políticas. Tal fue el caso de la detención masiva de 35 altos funcionarios, autoridades municipales y policías del estado de Michoacán, en mayo de 2009, seis semanas antes de las elecciones. El presidente Calderón es originario de dicha entidad y su hermana aspira a gobernarlo, pero necesitan desplazar a la familia del legendario presidente Lázaro Cárdenas que ha hecho del estado su feudo, ahora en manos del Partido de la Revolución Democrática (PRD), del cual fue fundador, su hijo, Cuauhtémoc Cárdenas.

Los detenidos fueron exhibidos a la opinión pública como delincuentes, antes de iniciarse el juicio, y confinados en penales de alta seguridad. Algunos obtuvieron amparos que les permitieron salir, y la mayoría, terminados los festejos patrios, fueron puestos en libertad, sin cargo alguno. El Poder Judicial desechó las “pruebas” presentadas y sólo queda en prisión uno de los detenidos. Otro de los acusados, diputado federal electo en julio del 2009, se ocultó y no había tomado posesión del cargo, pero aprovechando la resaca del bicentenario llegó a la Cámara de Diputados furtivamente y obtuvo su investidura, poniendo en ridículo, por segunda ocasión en una semana, a la fiscalía del Estado. Ésta, apoyada por el presidente, ha recurrido las decisiones judiciales, lo cual era de esperarse, no así los juicios sobre la integridad de los juzgadores. La Suprema Corte y el Consejo de la Judicatura consideraron fundamentadas las decisiones de los jueces y magistrados a quienes dieron su apoyo “por no sucumbir a los partidismos de ningún signo”.

Como si estos fiascos no fueran suficientes, el presidente revivió el pleito con su rival del PRD en la impugnada elección del 2006 y repitió que Andrés Manuel López Obrador era un peligro para México, declaración que le mereció reproches de inoportuno por parte de la autoridad electoral y una respuesta contundente del agraviado: Yo no diría que Calderón es un peligro para México, a pesar de los 30 mil muertos en la guerra al narcotráfico y el desempleo. El objetivo de las declaraciones presidenciales fue apoyar a una fracción del PRD que defiende la alianza con el PAN a fin de presentar un candidato común en los comicios del próximo año para elegir gobernador del Estado de México. Esta estratégica entidad es gobernada por un joven y popular priísta en todo el país, Enrique Peña Nieto, que aspira a la presidencia de la República.

Esta política de alianzas entre la derecha (PAN) y una fracción del PRD (soi-dissant de izquierda) ya fue ensayada con éxito en tres elecciones locales, y presenta características peculiares: en dos casos, a falta de candidatos propios, se buscó a un ex priísta y en el tercero a un senador priísta que renunció a su militancia a fin de competir por la gubernatura. En el caso del Estado de México se plantean varias dificultades para la alianza: aún no han encontrado un priísta que acepte. Las columnas políticas hablan de otras discretas negativas. Las mayores dificultades para el éxito de la alianza se encuentran, por un lado, en el prestigio del actual gobernador y, por el otro, en la división del PRD. A diferencia de los estados en que triunfó la alianza PAN-PRD, el PRI no está dividido, ni la figura del gobernador en funciones desprestigiada en extremo.

La estrategia seguida por el presidente Calderón obedece a su fundado temor de que el PRI gane la elección presidencial del 2012 con Peña Nieto como candidato. Las encuestas así lo dicen y las divisiones al interior del PAN y del PRD lo corroboran, al igual que la menguante popularidad del presidente y de su desprestigiado gabinete.

La conmemoración del bicentenario transcurrió sin pena ni gloria, con la grisura propia del partido en el poder. Los problemas del país seguirán creciendo por la incapacidad para enfrentarlos, pero, sobre todo, por la indolencia de las autoridades que prefieren ignorarlos u ocultarlos. Así no se ganan elecciones aunque se alíen lo contrarios.
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