20 de octubre de 2020, 8:09:07
Opinión


Hampton Court y Enrique VIII

Isabel Sagüés


Televisión Española ha cosechado un gran éxito de audiencia con la serie los Tudor que narra la singular vida de Enrique VIII desde su matrimonio con Catalina de Aragón hasta la muerte de Ana Bolena; cuenta los convulsos años que llevaron a Inglaterra a abandonar el Catolicismo y a separarse del Papado. El cardenal Wolsey fue uno de los personajes centrales de la historia.

Durante años, Thomas Wolsey jugó un papel primordial como todopoderoso lord canciller de Inglaterra y consejero favorito del monarca. Favor que tornó en odio cuando el cardenal se opuso al deseo de Enrique de divorciarse de la hija de los Reyes Católicos.

En 1.514, en el momento cumbre de su poder, Wolsey mandó construir un palacio acorde a su rango y riqueza en Hampton, al sureste de Londres, en el condado de Surrey. Un magnífico palacio que se levanta sobre un parque de 400 hectáreas a orillas del río Támesis, a veinte kilómetros de la capital, en cuya construcción intervinieron artistas italianos.

Caído en desgracia, Wolsey donó su palacio a Enrique VIII quien, tras varias remodelaciones, estableció allí su corte en 1536. Hampton es uno de los más impresionantes palacios británicos por sus enormes dimensiones, su fantástica ubicación, sus imponentes jardines, su espléndida arquitectura y su no menos espléndida colección de arte. Combina el estilo típicamente Tudor con los posteriores añadidos barrocos.

El palacio fue construido en ladrillo rojo en torno a cuatro grandes patios irregulares y otros dos de menor tamaño. Plasma como ningún otro edificio la grandeza y esplendor de la monarquía británica, en la que varios monarcas dejaron su huella constructiva. De la época de Enrique VIII es el gran salón, la magnífica capilla real y la sorprendente cocina, preparada para dar de comer a mil personas. A finales del siglo XVII, Guillermo III contrató los servicios de sir Christopher Wren para que llevara a cabo una nueva remodelación en la que destaca la gran escalera, pintada por Antonio Verrio, los aposentos del rey y la cámara de guardia. A Jorge II se deben las salas georgianas,
Mención especial merece la Royal Colection que incluye un elenco de grandes artistas: Tiziano, Holbein, Corregio, Thornhill. La joya de la corona es el óleo Los Triunfos de César de Mantegna. Una espléndida colección que no desentona en belleza y armonía con los magníficos jardines, diseñados por George Londom y Henry Wise entre 1689 y 1695. Y dentro de los jardines, lo más interesante, el laberinto de 800 metros de longitud, hecho en madera de tejo y de carpe, un árbol procedente del este de Europa y poco conocido en estos lares.

Aunque hay varias vías para llegar a Hampton Court, lo mejor es hacerlo por el río. En una cautivadora travesía desde Westmister Pier, el barco bordea conocidos barrios londinenses: Pimlico, Chelsea, Battersea, Fulham, o Richmond. El Támesis trascurre tranquilo y sus aguas besan los jardines de conocidas mansiones como la casa del poeta y artista Hogarth, la mansión Syon o el extraordinario kew Gardens.

Poco después aparece, grandioso, Hampton Court que estimula la imaginación y evoca a Enrique VIII. Su espíritu se nota omnipresente o quizá sea el de su quinta esposa Catherine Howard que, de acuerdo a la leyenda, vaga por el recinto desde su muerte en la torre de Londres por expreso deseo de su marido.
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