5 de abril de 2020, 3:09:56
Opinion


La raíz de nuestros problemas

David Ortega Gutiérrez


Que la vida pública española no pasa por su mejor momento, lamentablemente ya no es noticia para nadie medianamente informado. El desencanto que los partidos políticos tradicionales han generado en la sociedad española es bastante grande y preocupante, y no es algo bueno para nuestra vida pública, nuestra res publica. La lucha por el poder político en democracia tiene sus normas y si éstas no se respetan, se entra en un terreno muy peligroso, próximo a la ley de la selva, esto es, el todo vale.

No debemos olvidar que la experiencia democrática del pueblo español es más bien reciente, en contraste con otros países que nos sacan -es saludable reconocerlo-, siglos de vivencia democrática. Como se sabe, el tiempo no se puede comprar, y el pueblo español precisa nuevamente de una muy profunda regeneración democrática en sus principios y actuaciones, especialmente de nuestra clase política, pero no únicamente.

Pueblo, periodistas y políticos pueden ser, sintéticamente, los principales protagonistas de la vida pública de una nación. Los políticos gobiernan, deciden, protagonizan la vida pública en las democracias representativas. El pueblo es el sujeto receptivo de esas políticas, pero su papel no se debe quedar en mera comparsa, pues a él corresponde el protagonismo último. Y los periodistas tienen la llave, probablemente junto con el poder judicial, de control del sistema, obviamente desde diferentes esferas. Los jueces velan por que se cumpla el ordenamiento jurídico, son uno de los pilares del Estado social y democrático de Derecho (art. 1.1 CE), pero los periodistas son los ojos, la boca e incluso -en alguna medida- el cerebro del pueblo. Me explico. Los ciudadanos conocen la realidad política a través de los medios de información. Su papel es decisivo para la democracia. Con buenos profesionales de la información hay democracia auténtica, material, efectiva. Con una prensa mediocre y vendida al poder político, especialmente a través de la publicidad institucional y concesiones de canales de información, la democracia no deja de ser una caricatura de sí misma, donde la falta de deontología de los profesionales de la información y de las empresas informativas, deja a los ciudadanos sin ojos, boca y cerebro, pues todas nuestras opiniones y conocimientos nos los formamos a partir de la realidad que los medios nos describen o, lo que a veces es más importante, de la que no nos informan.

Necesitamos un pueblo activo, que no se conforme con lo que hay y trabaje y se comprometa para cambiarlo, es su responsabilidad y solo él puede asumirla. Necesitamos de una clase política con principios éticos y morales, no todo vale y la democracia tiene una ética basada en el respeto al ordenamiento jurídico en vigor, a los derechos humanos y a la separación de poderes y, sobre todo, el respeto a las Instituciones básicas del Estado: Tribunal Constitucional, Consejo General del Poder Judicial, Ministerio Fiscal, Tribunal de Cuentas, Consejo de Estado, etc. Y en esto nuestros partidos políticos tradicionales están fallando estrepitosamente y el pueblo lo sabe. Es la falta de visión de Estado, de nivel institucional, un problema realmente serio que demuestra una profunda irresponsabilidad por parte de nuestros políticos, de una democracia casi reducida a partitocracia por culpa de unos partidos políticos que han perdido el rumbo. Por último, como siempre digo a mis alumnos de periodismo, un buen periodista puede hacer mucho bien, al igual que un mal periodista puede hacer mucho mal, todo depende del sentido deontológico y de responsabilidad que tenga para con los ciudadanos -sus lectores- y el futuro de la democracia, en este caso la española. Créanme, necesitamos como el agua de buenos periodistas, casi héroes que tengan el coraje y la profesionalidad de denunciar con objetividad, rigor y pluralismo -más allá de la embrutecedora y reduccionista dicotomía izquierda/derecha- muchas cosas que están pasando en España y que el microcosmos político mediático no da a conocer al pueblo español. Mientras esta realidad no se supere, nuestra democracia tiene unos serios problemas de raíz.
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