27 de julio de 2021, 23:14:43
Opinión


Viaje al silencio

Rafael Núñez Florencio


Hace unos días una conocida escritora española titulaba su habitual columna periodística “Hastío”. Se refería a la sensación que le queda al espectador de este guirigay político y esta barahúnda del escaparate mediático cuando, con un cierto distanciamiento, observa este vocinglero desfile de vanidades. ¡Cuánto ruido! ¡Tanto ruido, tantas energías dilapidadas en cosas tan nimias, tan triviales, tan ridículas! El ciudadano que tiene sus ocupaciones, sus desvelos cotidianos, su vida en definitiva, no puede por menos que taparse metafóricamente los oídos, cerrar simbólicamente los ojos y apretar contenidamente los labios buscando un remanso de paz, quizás añorando tiempos no tan lejanos en que podía hallarse un reducto de sosiego al margen de las ondas y las imágenes, las voces y los ecos. Como aquellos tres famosos monos de la sabiduría de la tradición oriental, la fórmula de “no ver, no oír, no hablar” parecería así, en contraste con el mundo anteriormente descrito, una estimable propuesta de cordura, algo así como una invitación a refugiarnos en nosotros mismos y atender a lo que verdaderamente importa.

Justo al tiempo en que me embarga esta impresión de hartazgo y esta necesidad de alejamiento (real y simbólico), caen casualmente en mis manos dos libros que tienen al silencio como tema central de reflexión. En No sufrir compañía, Ramón Andrés hace una cuidadosa selección de escritos de la espiritualidad hispana de los siglos XVI y XVII, nuestra época áurea. El título procede de una de las frases que escribe San Juan de la Cruz en sus Avisos espirituales: el alma contemplativa, como el pájaro solitario -dice el famoso místico español- ha de volar a lo más alto, es decir, debe proponerse ante todo la superación, sin importarle que queden abajo las “cosas transitorias”. Para ello precisa de la soledad y el silencio, o sea, no sufrir compañía de criatura alguna. Es sugestiva esa expresión de “sufrir compañía” o, para ser exactos, lo verdaderamente interesante es la concepción subyacente: “los otros” son el mal -como después, más dramáticamente, diría Sartre y el existencialismo contemporáneo- y, por tanto, el bien está en el retiro, en el aislamiento, en la contemplación.

Constatamos a cada instante que el hombre de nuestro tiempo entroniza la actividad continua y, como consecuencia, termina haciendo del movimiento un fin en sí mismo. Es congruente por ello que el ruido se convierta así en uno de los símbolos más discernibles de este mundo en el que vivimos. Todo lo que no hace ruido, en términos literales o figurados, no cuenta, no existe. Y, como por su propia dinámica interna, esta sociedad propende al límite, el ruido se transforma inevitablemente en fragor y atropello. Como en tantas otras cosas, lo que en principio parece un mal a secas termina convirtiéndose en un mal inevitable, luego un mal necesario y de ahí, por más perverso que resulte, que sea aceptado sin más resistencia como simple peaje de nuestra civilización. No nos percatamos normalmente -o no queremos apercibirnos- de hasta qué punto nos hemos hecho esclavos del ruido. No hay reducto de nuestro mundo civilizado que no esté invadido como mínimo de un mecánico rumor de fondo o una música “ambiental”, cuando no de zumbidos, pitidos o sintonías intempestivas que se nos imponen de modo casi conminatorio.

Como señala Ramón Andrés en el estudio introductorio a la antología antes mencionada, esa necesidad de vivir ensordecido es uno de los síntomas reveladores del miedo. Miedo en el sentido de inseguridad, la inseguridad del ser humano desnudo ante el espejo. La ruptura del silencio adquiere así caracteres de huida hacia ningún sitio. Kierkegaard decía que podrían remediarse buena parte de los males del mundo recetando dosis de silencio. A estas alturas ya no esperaríamos tanto, pero no estaría mal esa terapia de mutismo al menos como paliativo, como simple contraste con lo que nos rodea. Hay una expresión que me parece muy acertada para describir esta situación a la que me refiero: fatiga de la modernidad. De ahí que podamos decir que la negación de esa tesitura, el silencio, constituye por encima de todo un “estado mental”. Yo casi me atrevería a dar un paso más: en estas circunstancias, el silencio adquiere, como hubiera dicho Kant, caracteres de auténtico imperativo moral.

El otro libro al que antes aludía se titula Viaje al silencio. Su autora es una escritora inglesa que, en un momento dado, como si hubiera experimentado exactamente las sensaciones descritas en el párrafo precedente, decide hallarse a sí misma, arrumbar las perturbaciones cotidianas, desligarse de las convenciones que nos atan y, en fin, por decirlo con la famosa expresión de Fray Luis de León, huir del “mundanal ruido” para seguir la “escondida senda” de los sabios. Y así, con una determinación férrea, que ha de hacer frente, para empezar, a la incomprensión y hasta la burla de familiares, amigos y conocidos, se recluye durante unos bíblicos cuarenta días y cuarenta noches en una casa aislada de una zona aislada del condado de Durham en el norte de Inglaterra, dispuesta no sólo a practicar sino a vivir el silencio de la manera más intensa posible.

¡Vivir el silencio! Hay que reconocer que la propia formulación corre el riesgo de resultar pintoresca, como algo asimilable al comportamiento de hombres primitivos, cazadores o recolectores. La autora de Viaje al silencio, Sara Maitland, sostiene, en la línea antes apuntada, que nuestra sociedad ha extendido hasta límites insospechados el vicio del ruido o, lo que es lo mismo, ha desarrollado un contagioso terror al silencio. Baste pensar por ejemplo, como la misma Maitland indica, en la imparable tendencia en nuestro mundo a abandonar la ancestral tradición de honrar la tragedia con el silencio para acogerla con aplausos. Confieso que, sin haber llegado a los pliegues profundos de esta reflexión, me dejaban estupefacto de un tiempo a esta parte la costumbre de nuestros compatriotas de recibir o despedir los féretros con una ovación cerrada. Así, por ejemplo, en los homenajes a víctimas del terrorismo, cuando los asistentes estallaban en aplausos, yo me preguntaba: ¿a quién aplauden? ¿Por qué no muestran su dolor y su repudio con un silencio espeso, abrumador, acongojante?

Cuando se sabe emplear, el silencio puede ser más significativo que las palabras. Así lo entendieron y practicaron tradicionalmente los poderosos y en especial los tiranos, que jugaban con su silencio como su arma más poderosa y desconcertante. En muchas religiones, como nos recuerda Ramón Andrés en el primero de los libros que aquí citaba, el silencio es un ejercicio de depuración pero, además, escuchar atentamente constituye el tránsito imprescindible para acceder al auténtico conocimiento. En esto coincide plenamente con la exigencia de cualquier filosofía: la reflexión -el silencio- como punto de partida para cualquier indagación que merezca la pena. La sociedad del espectáculo, por el contrario, sólo entiende el silencio como el espacio que hay que llenar compulsivamente, con lo que sea. Así, se ha generalizado hasta el hastío y la náusea hablar sin decir nada, hablar sólo para disimular el vacío, hablar porque lo exige el guión, hablar para insultar, para decir sandeces o procacidades... Hablar por hablar. Lo que se dice de hablar sería extensivo naturalmente a escribir: tanta letra impresa insustancial, tantos textos que no aportan nada, tantos refritos, copias y plagios. Nuestro mundo ha sustituido el célebre apotegma cartesiano por “hablo, luego existo”. Hablando de filósofos, hoy nadie quiere acordarse ni, mucho menos, practicar, la famosa frase del Tractatus de Wittgenstein: “De lo que no se puede hablar, mejor es callarse”.
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