28 de enero de 2020, 3:13:50
Opinion


Lolitas

José María Herrera


Vladimir Nabokov escribió su célebre Lolita a principios de los cincuenta. Publicada en París en 1955, la novela fue al momento prohibida en Francia e Inglaterra por pornográfica. El éxito que alcanzó resultó, sin embargo, apoteósico. Muy pronto hasta el propio título adquirió rango de categoría. Hoy pocos la juzgarían una obra pornográfica. Para los celosos guardianes de la moral se trata de hecho de algo todavía mucho peor: la descripción desnuda de loa pasión de un pedófilo.

La historia del profesor que se enamora de la niña de la casa donde está alojado como inquilino tiene algunos precedentes destacados en la vida real. Uno de ellos es el de Antonio Machado y su esposa Leonor. Si no recuerdo mal la relación entre ambos se inició cuando ella contaba apenas catorce años y él más de treinta. Su amor fue una cosa pura, cristalina, pero probablemente hoy acapararía las portadas de los periódicos y daría pábulo a los humoristas del partido rival.

La atracción por una niña nos parece abyecta y sin duda lo es. Demuestra por parte de quien sucumbe a ella esa clase de envilecimiento característica de quien se deja arrastrar por su turbación a costa de cualquier sentido. Desde nuestra perspectiva, enamoramientos de esta naturaleza son siempre perversos. Claro que nuestra perspectiva es bastante estrecha y peca a menudo de puritanismo. Legalmente, trece años significa ser un chiquillo; biológicamente, la cosa es más dudosa. En muchos lugares del planeta esta edad se considera apropiada para empezar a tener hijos. Por supuesto, uno puede estar convencido de que los que así piensan son unos bárbaros y que es un progreso que existan en los países civilizados leyes que amplían artificialmente el período en que la sexualidad de una persona debe protegerse, pero esto no quiere decir en absoluto que no exista ya con todas sus consecuencias, larvada o patente, esa sexualidad.

La novela de Nabokov trata en parte de esto. En las primeras páginas se dice que hay muchachas muy jóvenes, entre nueve y catorce años, capaces de revelar a hombres expertos que no las conocen, quizá porque van de paso, su verdadera naturaleza, una naturaleza “no humana, sino nínfica (o sea, demoniaca)”. Se trata, en efecto, de niñas, pero niñas a las que se mira con extraña voluptuosidad, bien porque quien lo hace encuentra de pronto en ellas algo que seguramente sólo existe en su tórrido pensamiento, bien porque ellas poseen, en efecto, la amenazante capacidad de despertarlo. Nabokov propuso denominarlas “nínfulas”, en honor de las viejas ninfas del mito, aunque el nombre no logró abrirse paso aplastado por el éxito de “lolita”.

Roberto Calasso, el mayor experto mundial en la materia, ha resumido en una frase lo esencial de la locura que viene de las ninfas. “La paradoja de la ninfa -la paradoja, o sea, su verdad- es ésta: poseerla significa ser poseídos”.

Humbert Humbert, el profesor que se enamora de Lolita, es un caso de posesión de este tipo. Ella es una niña y precisamente porque lo es parece que no debe producir ninguna inquietud en el hombre adulto y experto que la contempla. Sin embargo, el hombre adulto y experto comienza en cierto momento a tambalearse. Hechizado por su presa, va quedando sin darse cuenta a merced de ella. Esta es la prueba de que se trata de una ninfa, una criatura que aflora en el momento en que un mundo controlado, articulado de acuerdo con principios muy firmes y probablemente correctísimos, se desmorona de golpe, inesperadamente. Que tal cosa pueda ocurrir o que de hecho ocurra así en la vida real es lo de menos: lo importante para la literatura no es contar la verdad, sino que sus mentiras obliguen a tomarla en cuenta.

Otra cosa son, desde luego, los avatares de los literatos.
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