20 de agosto de 2019, 22:24:44
Opinion


Las tecnologías de la velocidad y la yupificación del tren

José María Zavala


“¡Ave, Pepe!” insiste Revilla, infantil, caprichoso y empecinado. “Morituri te salutant” dicen los valles y montañas de Cantabria.

El proyecto de unir Madrid y Santander con un tren de alta velocidad es una locura sin sentido. Existe una clara desproporción entre el desembolso que supone y el ahorro de tiempo que generaría. Actualmente, ambas ciudades están conectadas por tren gracias a tres trayectos por día de unas cuatro horas y media de duración; la puntualidad ya dejó de ser un problema hace tiempo y los coches son modernos y confortables. Lo único que podría mejorarse es, posiblemente, el precio, y la imposición del AVE seguro que no va a traer nada bueno en ese aspecto. La obra faraónica a la que dedica tantas energías el gobierno regional cántabro en su lucha con el Ministerio de Fomento pretende que se genere un enorme gasto público de cuyas ventajas sólo se beneficiarán unos pocos. Tendría incluso más sentido invertir ese dineral en investigar la posibilidad de crear dispositivos de teletransportación.

Señores/as políticos/as: echen un vistazo al Norte y (ad)miren su paisaje, analicen su orografía. Está claro que no sólo fue el orgullo celta el que ayudó a resistir contra el Imperio Romano. Sin embargo, demasiado porosas parecen ahora las montañas, incapaces de evitar que fluya a través suyo el poder del dinero.

Esos malditos gestores de nuestras vidas se empeñan en que al llegar a Reinosa, en vez de disfrutar de los increíbles, majestuosos e imposibles parajes, veamos tan sólo oscuros túneles y manchas borrosas, víctimas de los trescientos kilómetros por hora de velocidad. Llevo casi treinta años haciendo ese trayecto y nunca cesa mi admiración cada vez que el tren tiene que reducir su marcha para jalonar las impresionantes montañas que nos recuerdan lo pequeños que somos. Algunos se niegan a aceptar sus límites y se adueñan de la tierra, modificando el paisaje por la estúpida y miserable ambición de llegar noventa minutos antes. Unir con alta velocidad Santander y Madrid no es más que un capricho, una medalla que se quiere colgar Revilla en virtud de su cabezonería y orgullo.

Al mismo tiempo, mirando al Este, la capital cántabra pretende pasar de un extremo a otro en su conexión con Bilbao. De casi tres horas de trayecto para unos cien kilómetros se pasaría a unos treinta minutos de viaje. ¿No existe un término medio, con una inversión moderada y precios asequibles?

Esta tendencia hacia la yupificación del tren ya se puede ver desde hace mucho tiempo en otros países de Europa Occidental. Recientemente el trayecto Madrid-Barcelona ya se ha visto afectado por la “dictadura” del AVE y ha convertido esta conexión en una variante terrestre del puente aéreo. En esta línea encontramos también el caso de la tuneladora de la Gran Vía, que ha supuesto una inversión de 206 millones de euros, y la movilización por mar y tierra de una descomunal herramienta de 6.300 kilowatios de potencia. Toda una excentricidad si se tiene en cuenta que sólo se encargará de unir los apenas siete kilómetros que separan las dos estaciones principales de la capital.

Convertir al que es sin duda mi transporte favorito en un medio elitista no sólo es injusto, sino además irresponsable. Ello anima a optar por tecnologías mucho más peligrosas o sucias tales como el coche o incluso el avión, que paradójicamente, en no pocas ocasiones resulta ser la alternativa más económica (que luego no me quieran hacer creer que se intenta hacer algo contra el cambio climático o para disminuir el número de accidentes de automóvil).

Llamadme romántico, pero sencillamente me enerva la forma en que se está aniquilando el poco encanto del que estaban dotados los viajes en tren. Las nuevas estaciones son una clara muestra de ello, como es el caso de la berlinesa Hauptbahnhof, esa especie de esperpéntico centro comercial al que se puede llegar en tren. Tendremos que echar un vistazo a nuestras prioridades, pero recordemos: no es lo mismo moverse de un lugar a otro que viajar.


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