1 de diciembre de 2020, 8:52:42
Opinión


Benedicto XVI y Europa: razón y fe

David Ortega Gutiérrez


Acaba de estar el Papa Benedicto XVI en dos lugares emblemáticos del cristianismo en España y posiblemente, sin exagerar, del mundo. Santiago, junto con Jerusalén y Roma, es la ciudad cristiana por excelencia. La Sagrada Familia de Barcelona es la obra maestra de Antonio Gaudí, el bien llamado “arquitecto de Dios”, inició su también denominada Biblia de piedra. Parece evidente que Benedicto XVI no hace las cosas al azar. Como tampoco la clara línea argumental de sus últimos viajes, que resulta bien interesante y quizás, para muchos, sorprendente.

El Papa alemán, afincado como todos en Italia, se ha centrado sin duda en Europa. Y está dirigiéndose a su corazón, a las naciones que han hecho Europa y posiblemente, una parte muy importante de nuestro mundo: Francia, Reino Unido y España. ¿Es por azar? No, sin duda. Que Benedicto XVI es un gran intelectual, no cabe duda. Desde que ganó su primera cátedra en 1959 es un experto en las relaciones fe y razón. Ha mandado muchos mensajes en estos tres viajes, pero hay uno que se repite insistentemente, el más importante, que posiblemente viva él mismo, la convivencia entre la fe y la razón. Benedicto XVI es aventajado heredero de esa ilustre cadena que posiblemente iniciara San Agustín, uno de los grandes pensadores de la humanidad, siguiera Santo Tomás y, entre muchos otros, estuviera el mismo Tomás Moro, Kant o Lord Acton. En España, por citar los autores más representativos de estos dos últimos siglos destacaría a Francisco Giner de los Ríos, José Luis López Aranguren o Julián Marías.

Que el siglo XXI para Benedicto XVI debe ser el de recuperar las raíces de Europa, es bastante palmario. Para un intelectual como él Europa tiene tres claras raíces: 1. El pensamiento clásico (Grecia y Roma); 2. El cristianismo; y 3. El racionalismo fruto del renacimiento y la ilustración. Estas tres señas de identidad las podemos encontrar desde Varsovia, hasta Dublín. De Estocolmo a Cádiz. Pero no las encontraremos en Tokio, ni en Johannesburgo. Benedicto XVI no difiere quizás demasiado de Ortega y Gasset o de Unamuno, cree en Europa. Sin embargo hay claros síntomas de desorientación en el viejo y cansado continente. Benedicto XVI ya incluso desde el avión que le lleva por España hablaba de la necesaria convivencia entre la fe y la laicidad -separación Estado/Iglesia, que no anticlericalismo-. Esta misma idea trasmitió en Francia y luego en el Reino Unido.

La libertad religiosa es un derecho fundamental de primer orden. Cronológicamente el primero. Las guerras de religión del siglo XVI nos condujeron hacia la necesaria tolerancia religiosa (primero el Heptaplomeros de Bodino, luego el Tratado teológico-político de Spinoza, por fin, las Cartas sobre la tolerancia de John Locke). El artículo 16 de nuestra Constitución de 1978 consagra las dos dimensiones del mismo, externa e interna. En su apartado primero el derecho a manifestar en libertad tus creencias, con el lógico límite del orden público. El segundo a que nadie te puede obligar a hacerlo.

Creo que el Papa ha cogido el camino correcto. El siglo XXI, en Europa y en el mundo, tiene que evitar las religiones contrarias a la razón humana. El 95% del planeta cree en un ser superior, esto debe ser motivo para sacar lo mejor de nosotros mismos en términos socráticos -mayéutica- y no lo peor (dinamismo antropológico). Platón sostenía al final de su República, con razón, que “no existen hombres malos sino ignorantes” por eso creó la primera academia de la historia de la humanidad y puso todo su esfuerzo para sacarnos de la caverna. El Evangelio nos dice “la verdad os hará libres” y Jesucristo subió a la cruz para perdonar las miserias de la humanidad, con un mensaje basado principalmente en el amor, que Martín Descalzo resumió en dos magníficas palabras: crece entregándose. ¿Cuántos siglos necesitaremos para enterarnos?
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