20 de enero de 2020, 11:04:21
Opinion


La Carga de los Tres Reyes

Antonio Hualde


Decía Pío Baroja -aunque hay quien lo atribuye a Unamuno- que el nacionalismo se cura viajando. Quizá también leyendo. Así, a lo mejor ese ridículo pajarraco negro -el arrano beltza- cuya representación ensucia las paredes de herriko tabernas y batzokis dejaba de formar parte de la iconografía nacionalista vasca; esa que reclama para sí la soberanía de Navarra. El “águila negra” -traducción de arrano beltza- formaba parte del antiguo escudo del Reino de Navarra, antes de la batalla de las Navas de Tolosa. Tras dicha batalla, en 1212, un nuevo elemento heráldico hizo su aparición: las cadenas, en homenaje a la proeza de su rey Sancho VII y que hoy también aparecen en el escudo de España. Esa y no otra es la razón para que un puñado de dementes con las manos manchadas de sangre quiera tergiversar la historia.

Es comprensible. Más que nada, porque en aquella época los territorios vascongados eran vasallos ora de Castilla, ora de Navarra, reinos ambos de gran poderío. Aunque hay que decir que Alfonso VIII de Castilla y Sancho VII de Navarra no se podían ni ver. Entre otras cuentas pendientes, sobre el primero pesaba la amarga derrota de Alarcos, en 1195, donde las huestes almohades de Yusuf II infligieron una sonada derrota al ejército castellano. Con todo, empezaba a tomar cuerpo ya la idea de que había llegado la hora de que los moros se volviesen a su Africa natal y dejasen a los españoles dirimir sus cuitas.

El caso es que Castilla no quería guerrear en solitario y que mientras sus vecinos cristianos se le colasen por la puerta de atrás. Así que consiguió del Papa Inocencio III que decretase una cruzada para expulsar a los infieles, quedando así obligados los monarcas de Aragón y Navarra. De este modo, el grueso del ejército cristiano se puso en camino para afrontar su destino ante el contingente de Muhammad An-Nasir, conocido como “Miramamolín” -deformación del título árabe amir al-mu'minin o "príncipe de los creyentes"-. Tras varias escaramuzas por la zona, los contendientes cristianos fueron guiados a través de una senda de montaña por un enigmático personaje que les condujo a la que sería su ubicación definitiva antes de la batalla.

Aquello fue tremendo. El vizcaíno Diego López de Haro, comandante de la retaguardia castellana en la derrota de Alarcos, había aprendido la lección del daño que podía hacerles la caballería ligera almohade, con sus velocísimos pura sangre árabes montados por jinetes armados con arcos compuestos. De ahí que hiciese lo posible para neutralizarlos y así tener paso franco hacia la empalizada que rodeaba la tienda del Miramamolín. Pero allí les esperaba un último y formidable obstáculo. Se trataba de los imesebelen, la famosa Guardia Negra que, encadenada por las piernas o enterrada hasta las rodillas, pelearía hasta la muerte con tal de defender al califa. Este, como sin con él no fuera la cosa, se entretenía leyendo el Corán sentado sobre su escudo. De haber prestado más atención, otro gallo habría cantado.

No fue así. La superioridad numérica de los moros les hizo confiarse, y esa fue su perdición. Esa, y el arrojo de Alfonso VIII quien, viendo que la situación se tornaba peligrosa, enarboló el pendón de Castilla y se lanzó a la carga con todo lo que le quedaba. Sus homólogos navarro y aragonés no quisieron ser menos y, picando espuelas, avanzaron al galope contra el enemigo. Sería digno de ver; tres reyes españoles cabalgando juntos hacia los restos de un ejército incapaz de frenar lo que se le venía encima. Destacó Sancho el Fuerte -el tipo rondaba los dos metros de estatura, algo colosal para la época-: con doscientos caballeros entró en la empalizada a golpe de mandoble, rompió las cadenas y le arrancó la esmeralda que llevaba en el turbante un Miramamolín que, aunque aterrado, consiguió huir. Hoy esas cadenas y esa esmeralda engalanan tanto el escudo de Navarra como el de España. Para que luego anden mareando la perdiz con pajarracos de mal agüero.
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