14 de diciembre de 2019, 15:36:34
Opinion


El monasterio de San Juan, oriente en el Duero

Isabel Sagüés


EL Duero baja tranquilo desde los picos de Urbión en el Sistema Ibérico. Ha dejado ya la montaña y camina hacia el llano, hacia las secas tierras castellanas. A las puertas de Soria, bajo el monte de las Ánimas que Gustavo Adolfo Bécquer gloso en una de sus leyendas, poco antes de iniciarse la curva de ballesta que recreo Antonio Machado en el poemario Campos de Castilla, el río besa el tapial que protege el mágico conjunto que forma el claustro del antiguo monasterio de San Juan.

En los siglos XI y XII, Soria y su extenso y poco poblado territorio constituía un estratégico enclave en el extremo oriental del reino de Castilla que dominaba la frontera en perpetua lucha con aragoneses y navarros. Fue también la avanzadilla cristiana frente a los moros. Era la Extremadura, término que definía las zonas fronterizas de los reinos cristianos con el territorio musulmán. En su escudo aún figura hoy el lema “Cabeza Pura de Extremadura”. Fruto de su excepcional posición geográfica, la hermosa y recoleta ciudad de Soria alberga en poco espacio una extraordinaria herencia artística: santo Domingo, san Pedro, san Juan Rabanera, san Juan de Duero, un puñado de hermosas iglesias románicas.

En las afueras del casco urbano, en el camino que va hacía el norte, a la orilla izquierda del Duero, junto al puente medieval, en el silencio y la paz del campo, se levanta la joya más sobresaliente del rico patrimonio soriano: el claustro y la iglesia conocidos como san Juan de Duero, únicos restos que sobreviven del monasterio construido por la Orden de los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén. Ejemplar excepcional de la arquitectura medieval, espectacular y extraordinario monumento, único entre los edificios cristianos de la época.

El monasterio fue levantado gracias al rey aragonés Alfonso I el Batallador quien cedió a la Orden los terrenos donde se asentaron los Hospitalarios que por norma se instalaban fuera de las ciudades, en las vías de entrada, para cumplir con sus preceptos fundadores: protección y acogimiento de caminantes, peregrinos y desvalidos. En 1530, con Carlos I en el poder, el cenobio pasó a formar parte de la Orden de Malta. La activa vida monástica se alargó hasta el siglo XVIII en que fue abandonada. Consta como monumento nacional desde 1882.

Según el historiador soriano Gaya Nuño, San Juan de Duero fue construido entre los siglos XII y XIII. Del antiguo recinto amurallado, sólo queda en píe el muro de mampostería que corre paralelo al Duero. Dentro, se conservan en buen estado la iglesia y el claustro, aunque las arquerías han perdido la techumbre.

La verdadera joya del conjunto es el claustro que fue construido con cuatro tipos distintos de arcos aunque su data sea la misma: arcos de medio punto sobre parejas de columnas al estilo románico habitual con capiteles; arcos apuntados en herradura sobre dobles columnas; arcos cruzados y secantes sin capitel; y, los más sorprendentes, arcos que a partir de pilares acanalados se entrecruzan en el medio, dejando un pequeño hueco sobre el citado pilar. La mayoría de los capiteles lucen motivos vegetales aunque no faltan los animales fantásticos.

Frente a la riqueza artística del claustro, a su exquisita labra, al impresionante repertorio de hermoso capiteles que adornan las columnas, sorprende la sencillez, la simplicidad de la iglesia. Tiene una sola nave con presbiterio y ábside semicircular con bóveda de medio cañón apuntado. Nada tiene de llamativo a excepción de los dos templetes dispuestos uno a cada lado del presbiterio, adosados a los muros de arranque de la nave. Se trata de dos interesantes baldaquinos de cúpula esférica el uno y cónica el otro, pero en ambos casos montadas sobre columnas, ricamente adornadas, de cuádruple fuste y capitel y basa únicos. Los capiteles ostentas relieves figurativos de meritorio trabajo y escenifican pasajes evangélicos y alegorías.

Del antiguo y espectacular cenobio no queda nada más, pero el claustro románico es uno de los más bellos ejemplares del románico, y el más exótico de todos los conservados en España, en Europa incluso, dado su acusado estilo orientalizante. La maravillosa gama de combinaciones de columnas y capiteles hace difícil adivinar cuales fueron los patrones arquitectónicos que siguieron los canteros. Se intuyen influencias mudéjares, y algunos expertos señalan una recreación de la arquitectura árabe oriental aprendida en las cruzadas por la Orden de San Juan, o de una reinterpretación del arte musulmán español, y hasta se quiere ver una similitud con el románico normando típico de Sicilia dado su parentesco con el claustro de la catedral de Amalfi en la Costiera del mismo nombre en la Campania italiana.

Para el visitante actual, para el lego en la materia, poca importancia tiene la procedencia estilística. El conjunto del monasterio compone una imagen mágica, máxime cuando el sol ilumina sus doradas columnas. Casi siempre azotadas por el cierzo que trae el cercano Moncayo, las hermosas piedras centenarias impactan y la soledad y el sosiego del entorno añaden paz a tan desbordante belleza hecha piedra.
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