26 de septiembre de 2021, 21:23:21
Opinión


El peso del pesimismo

Rafael Núñez Florencio


Se atribuye a distintos autores, entre ellos Mingote, la acuñación de que “un pesimista es un optimista bien informado”. Hay muchas variaciones de esa sentencia, como la de que el pesimista es un optimista con experiencia o un realista bien informado. Decía Unamuno con su rudeza habitual que estos calificativos “con frecuencia nos dicen lo contrario que quien lo emplea quiso decirnos”, pues no es extraño que la insatisfacción constituya un acicate para la vida, mientras que la mera complacencia corre el peligro de conducirnos a una pasividad letal. Hace poco se ha publicado un libro -“Usos del pesimismo”, de Roger Scruton- cuyo subtítulo es toda una declaración de intenciones en el mismo sentido, dado que alerta sobre “el peligro de la falsa esperanza”. Es verdad que hay en nuestra cultura una cierta imagen del pesimista como un ser siniestro (un “tío cenizo”, para decirlo en plan castizo) del que todo el mundo huye, aunque nada más sea para que no le afecte su mal agüero. Pero no es menos cierto que, junto a ella, se mantiene y hasta se superpone otra consideración del pesimista como persona ilustrada y lúcida. Es lo que yo llamaría el prestigio del pesimismo, una actitud intelectual que valora la crítica acerba tanto como se muestra condescendiente con el optimista, tildado con más o menos fundamento de crédulo o inocente.

Quiere decir con todo ello que en estas cuestiones resbaladizas cada cual hace de su capa un sayo pero, más allá de las estimaciones personales, resulta indubitable que hay unas valoraciones sociales y hasta unas convenciones culturales que establecen una consideración del pesimismo en términos objetivables. Esto significa por lo menos dos cosas: una, que cada cual tendrá en su fuero interno un talante más o menos negativo (y, en este sentido, el pesimismo sería intemporal, como las pasiones humanas), pero hay épocas y ámbitos más propicios que otros para que arraigue y se desarrolle la planta del negativismo; dos, para ir directamente al grano, que entre nosotros (quiero decir, en nuestro país, en nuestra historia y en nuestra cultura) existe desde el Barroco o incluso antes una poderosa corriente que no sólo ve el mundo de color negro sino que parece regodearse en ello y hacer de esa óptica una interpretación de la “historia patria” y una metafísica de la España doliente. De Quevedo y Valdés Leal a Jovellanos y la melancolía de los ilustrados, luego las imprecaciones de Blanco White, el lamento de Larra y la punzada agónica de los liberales, hasta llegar al poso de la decadencia en Cánovas y el grito de alarma regeneracionista, casi todas las disquisiciones intelectuales de los últimos siglos aparecen impregnadas de frustración, amargura y fatalismo. Es lo que un prestigioso historiador, Ricardo García Cárcel, ha llamado en una reciente reflexión “la España de los desengañados”, dictaminando que “el guadiana del desengaño ha recorrido toda la historia de España”.

Me apresuro a reconocer explícitamente, adelantándome a las posibles objeciones, que no trato de defender, ni siquiera sugerir, ningún tipo de especificidad hispana en este aspecto. Y no lo hago sólo porque el paradigma de la excepcionalidad haya quedado arrumbado por obsoleto, sino por la más sencilla y contundente razón de que pretender que tengamos el monopolio del pesimismo sería una soberana estupidez, contraria a la más elemental evidencia. Otras muchas naciones y no pocas trayectorias históricas compiten en esta carrera por obtener el dudoso galardón del desaliento y la melancolía. En El Danubio, por ejemplo, el famoso ensayista Claudio Magris establece con el sugestivo título de “Tristemente magiar” que toda la literatura húngara se distingue por la complacencia con la que se lame las heridas -siempre abiertas- que ha dejado una infausta historia de derrotas sucesivas. Sin ir más lejos, podríamos acudir hasta esos lugares comunes tan enraizados -aunque no por ello carentes de un poso de verdad- que nos dibujan la cultura rusa (el alma rusa, para apurar el tópico) como la apoteosis del silencio sombrío, el patetismo y la desazón. No se trata pues de mantener la tesis de una anomalía, sino simplemente de constatar algo más incontrovertible: la presencia, con razón o sin ella, de unas actitudes que oscilan entre la displicencia y el catastrofismo, con todas sus etapas intermedias, como una de las características más relevantes -ideológica, cultural o intelectualmente hablando- de nuestra historia contemporánea.

Como es sabido, el papel irrenunciable del intelectual -tal como se entiende esta figura desde fines del XIX- estriba en ejercer una labor crítica del poder y la sociedad en la que se inserta. Desde entonces no ya sólo el intelectual, sino el novelista, el poeta, el pintor, el músico, el creador en definitiva, hacen del inconformismo su razón de ser. El artista y el pensador aparecen así como los rebeldes por antonomasia, con o sin causa. Es fácil que tal disposición derive en mera pose. En el caso español, mucho antes del 98, existía un caldo de cultivo que propiciaba todas esas tendencias, tanto por la situación objetiva del país como por la relativa marginalidad e impotencia del crítico. Por un lado, existía una fuerte tradición cultural que juzgaba todo lo relativo a la nación en términos de camino errado, aflicción y decadencia. Por otro, el intelectual de estos lares se siente más inerme que su homólogo de las naciones vecinas y por eso mismo entiende que debe chillar más y cargar más las tintas. La convergencia de esas dos vías da como resultado la crítica desabrida, la lamentación machacona y la perspectiva agorera de la literatura regeneracionista, que no se limita tan sólo, como a menudo se dice, a la pesadumbre lacia de un Macías Picavea o al arrebato masoquista de un Joaquín Costa, sino que se prolonga en el profundo escepticismo existencial de la estética noventaiochista (de Azorín a Baroja, pasando por Unamuno y Machado), llega al pesimismo intelectual de la generación siguiente (Ortega) y aún se prolonga en el tenebrismo de un resurgimiento pictórico entendido siempre en clave negativa, de España negra (Regoyos, Zuloaga, Solana).

Es como si el unamuniano “sentimiento trágico de la vida” hubiera impregnado percepciones, actitudes e iniciativas diversas, hasta el punto de que la realidad española sólo pudiera ser contemplada desde el prisma del esperpento, porque ella misma es, como dirá Valle-Inclán, una deformación grotesca de la civilización occidental. España negra, España cainita, España madrastra: todos los hilos que se han ido desenrollando en los decenios anteriores se anudan en la explosión sangrienta de la guerra civil, el epítome del fracaso colectivo de la convivencia española, la sima de una trayectoria secularmente fallida, la apoteosis de una nación desgraciada condenada a no aprender nunca de sus propios errores. Tal es el tono de la crítica, no ya en los decenios que siguen a la contienda fratricida, sino prácticamente hasta la muerte de Franco. Cuando, con la llegada de la democracia, se abre la ansiada puerta de la “normalidad” -entendida sobre todo como integración en Europa y equiparación en todos los órdenes con nuestros vecinos europeos- la sombra ominosa de la insatisfacción sigue presente, primero en forma de desencanto y luego como enésimo intento de revisar -reescribir- un pasado reciente que no terminamos de asumir (la transición como “pacto de silencio”, el uso sectario de la “memoria histórica”, etc.)

Así, en definitiva, constatamos que desde el siglo XVII, como mínimo, el pesimismo ha sido históricamente más determinante que las posiciones contrarias en la cultura española. Sea por el substrato católico -valle de lágrimas-, la trayectoria histórica -el temprano esplendor-, nuestra excentricidad respecto al núcleo europeo o por otras causas (o todas ellas juntas), los efectos han sido -y siguen siendo- una concepción doliente de la vida, una desengañada visión del mundo y una negativa consideración de nuestra convivencia como sociedad y nuestras posibilidades como nación.
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