21 de enero de 2020, 1:48:12
Opinion


Elecciones autonómicas en Cataluña (I) : balance de una legislatura

Jordi Canal


La legislatura ha terminado en Cataluña y el próximo 28 de noviembre van a celebrarse elecciones autonómicas. Tras siete años de gobiernos tripartitos, esto es, de la coalición formada por los socialistas del Partit Socialista de Catalunya (PSC), los independentistas de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) y los eco-socialistas-comunistas de Iniciativa per Catalunya (IC), primero bajo la presidencia de Pasqual Maragall y, más adelante, de José Montilla, la cita electoral es decisiva. Igualmente como lo fue, en su momento, la convocatoria de noviembre de 2003, que puso fin a un largo periodo de gobiernos encabezados por Jordi Pujol. Más de veinte años en el poder del nacionalismo convergente, culminado por un importante desgaste final, explicaban la relativa necesidad de cambio expresada entonces por los votantes catalanes. Convergencia i Unió (CiU) perdió, pese a ser el partido con más diputados, el control de la Generalitat. Hoy, solamente dos legislaturas después, el cambio se nos antoja tanto o más necesario que en las elecciones de 2003. Los gobiernos del denominado Tripartito han constituido un fiasco de dimensiones difícilmente imaginables tiempo atrás. Cataluña, tanto en su conjunto como en la mayoría de los aspectos más o menos puntuales, está en una situación muchísimo peor ahora que a finales del siglo pasado o a principios de esta nueva centuria.

Cataluña es, en la actualidad, una comunidad autónoma menos competitiva y dinámica que hace algún tiempo. La comparación con otras, como las de Madrid o el País Vasco, lo muestra con claridad. Una parte no pequeña de la responsabilidad debe ser atribuida a la virtual parálisis vivida en el territorio catalán en los últimos años como consecuencia, sobre todo, de la inversión de la mayor parte de los esfuerzos políticos en empresas inútiles y de gran desgaste, ya sea la innecesaria reforma del Estatuto o bien los incesantes y cansinos debates identitarios. La pérdida de peso de Cataluña en España y en Europa puede detectarse, con las inevitables excepciones de rigor, en múltiples terrenos, desde el económico al cultural. No se trata de sostener aquí que no se ha hecho nada durante los gobiernos tripartitos –kilómetros de carreteras, nuevas plazas de hospital o lujosas embajadas, solamente útiles para el exhibicionismo del señor Carod- Rovira-, ni mucho menos. Es lógico que se hayan hecho cosas y que se hayan invertido los recursos disponibles. Pero, en cualquier caso, los resultados no son ni los que podrían haber sido, teniendo en cuenta el tiempo pasado y los recursos humanos y materiales en juego, ni todos los que Cataluña necesitaba. La suma de lo realizado no se acerca ni de lejos a lo que debía haberse hecho. Y no compensa, tampoco, los niveles de descrédito y desafección que han provocado. La imagen de Cataluña se ha visto profundamente deteriorada. Los gobernantes del Tripartito han provocado el enfrentamiento entre catalanes y no catalanes, jaleados por los independentistas –irresponsabilidad, frivolidad y ausencia de programa siguen caracterizándolos, ayer como hoy- y ante la mirada complaciente de los socialistas. Las retóricas anticatalana y antiespañola, como sabemos desde hace tiempo, se alimentan una a otra. Encender el fuego es siempre una grave irresponsabilidad. En buen número de cuestiones y de situaciones ya no hay, por desgracia, vuelta atrás.

No sería justo culpar a los gobiernos tripartitos en Cataluña de todos los males. En algunos casos, los problemas eran anteriores, como ocurría con la escuela, el modelo lingüístico, el empobrecimiento cultural o el adoctrinamiento permanente a través de la prensa, la radio y la televisión. Las esperanzas puestas por algunos sectores de la sociedad catalana en un cambio de rumbo en estos terrenos han sido defraudadas. Y, en determinados aspectos, las cosas han ido a peor. El famoso editorial conjunto de la prensa catalana, pongamos por caso, fue un signo muy inquietante y una muestra clara de los avances del pensamiento único nacionalista. Para asegurarse el control de la Generalitat, el PSC ha estado dispuesto a regalar lo que fuera a sus socios independentistas e izquierdosos. Ceder la consejería de Interior a IC, con los resultados que conocemos –permisividad e irresponsabilidad, tanto en la gestión policial de Saura como en el tema de la memoria mal llamada “democrática”-, o ceder todo lo relacionado con la cultura y la comunicación a ERC constituyen un magnífico ejemplo del poco interés de los socialistas por los problemas reales de los ciudadanos y, por el contrario, del interés desmesurado por ocupar y seguir ocupando sus sillas en el poder. Los tres socios del Tripartito han mostrado, al fin y al cabo, su incapacidad para gobernar y merecen pasar, por méritos propios, unos años en la oposición. Las próximas elecciones autonómicas en Cataluña adquieren, en este sentido, una gran importancia. Muchas cosas están en juego. Los ciudadanos tienen, el próximo domingo 28 de noviembre, la palabra.
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