20 de noviembre de 2019, 5:31:31
Opinion


Lo tuyo es puro teatro

Mariana Urquijo Reguera


Lo tuyo es puro teatro es una frase que se suele usar para decirle a alguien que no es de verdad, que finge, que exagera, en fin, que actúa premeditadamente en vez de ser espontáneo. Pero hoy es la realidad la que se ha vuelto teatrera y por eso, el público huye de esa realidad: abstención, desencanto con la política, pérdida de la esperanza.... son sólo algunos de sus síntomas. Y sin embargo, la Ministra de cultura el miércoles pasado, en vísperas de cantar por bulerías que la UNESCO nos reconoce ricos en tradiciones de cante popular y religioso, gastronómico y físico, hablando de la crisis y de sus cánones digitales, no podía dejar de llenarse la boca hablando sobre las crecientes cifras de público que frecuentan las salas de teatro de todo el país.

Y hay teatro para todos. Hace diez años era impensable ver musicales tipo Broadway abarrotados: ahora se programan para todo un año en las antiguas salas de los cines. Hace diez años, hacer dos funciones por noche era impensable: no había ni público ni tanta casta de actores. Hoy sin embargo, hay teatro para todos los gustos. Últimamente hay un tipo de teatro que me llama la atención: la improvisación rescatada de los anales de la historia del teatro.

Si alguno se acuerda de la comedia dell'arte, seguro que le vienen a la imaginación Arlequín, Pulicinella, Pantaleón o Colombina. Personajes estereotipados que reflejaban cierta versión de la sociedad y cuyo juego teatral consistía en que tanto el público como los actores conocían perfectamente esos clichés y esa visión social. Una vez dentro del estereotipo, los actores se limitaban a combinar diferentes tramas sencillas y graciosas para la relajación y risa del público. Nada muy sofisticado, una risa siempre muy parecida para un público humilde que se rie de sí mismo y de los que lo rodean.

Pues hoy, los espectáculos de improvisación rescatan esas mismas herramientas: estereotipos y tramas sencillas y familiares en un contexto escénico y social común a todos los asistentes. La innovación hoy es que el público es el que va guiando la trama, pero la pericia de los actores, en diálogo sincero, lo van recondiciendo a su buen hacer el arte. Homosexuales encubiertos en escenas sociales picantes, padres e hijos que se pelean por las cosas de la vida, dibujantes gráficos, economistas, gimnastas, periodistas, políticos y profesores pueblan sus argumentos plagados de lugares comunes y chistes mil veces oídos.

Y te ries. El público se rie, se olvida de todo y se rie. Pero ¿de qué se rie? No es muy agudo decir que se ríen de ellos mismos y del reflejo cóncavo que devuelve la escena, en la que al haber participado, uno se identifica todavía más, con todos sus esperpentos. Cada noche la obra cambia, pero hay algo que se repite: las ganas de reir y el reflejo de una misma sociedad que evita mirarse para no llorar y que agradece cuando le abren la puerta de la auto-risa.

Así las cosas, cayeron en mi mano unas escenas teatrales escritas por unos alumnos de bachillerato. La trama les obligaba a crear dos personajes, uno muriendo y un fantasma que toma su cuerpo. El resultado es variado como las personalidades de los “escritores por un día”, pero hay algo que se repite: el fantasma que vuelve esá siempre localizado en un pasado histórico, el que está muriendo está en su época y cuando el fantasma encarna el cuerpo del contemporáneo, se extraña de su estética, de sus modales, de su ciudad, de su ropa, de sus gestos, de su hablar. ¿Será que esta nueva generación antes de salir de la escuela ya se extraña de sí misma y de su mundo sin casi haberlo vivido? Quizá llendo al teatro encuentren realidades alternativas más fuertes y sinceras que la que les rodea cotidianamente y a la que pertenecen sin remedio, pero no necesariamente por propia voluntad.

El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2019   |  www.elimparcial.es