24 de agosto de 2019, 5:38:27
Opinion


Navega o revienta: la brecha digital en el primer mundo

José María Zavala


Casi al estilo de aquella muchacha que prueba a estar veintiún días bajo algún tipo de circunstancia adversa, me resisto de forma semivoluntaria a contratar un servicio de conexión a Internet, solo que en mi caso ya viene a ser un año y medio.

Lo que no me cabe duda es que se trata de un experimento harto interesante. Muchos aún recordamos aquella época no tan lejana en la que tener móvil era casi una excentricidad. Ahora, tratar de renunciar a nuestros dispositivos de localización puede costarnos caro tanto social como económicamente. En los últimos cinco o seis años, el uso de Internet se ha extendido de una manera increíble, y se está anclando sin demora en los terminales celulares.

Las ventajas comparativas no radican solamente en el hecho de estar conectado, sino especialmente en el hecho de saber aprovechar los recursos que proporciona ser un nodo activo. Que se vendan más teléfonos de última generación no es más que un falso éxito atribuible a los departamentos de marketing de irresponsables empresas de telecomunicaciones que, en connivencia con las de tecnología, nos incitan a dejarnos llevar por la obsolescencia subjetiva. O sea, que nos engañan para que cambiemos de móvil cada dos meses y nos encasquetan un aparato más pequeño y frágil, con un montón de funciones que no necesitamos. ¿Quién no recuerda el “agujero comercial” de los primeros móviles con navegación por Internet, que sólo nos hacía temer darle al botón equivocado?

Que Internet es “imprescindible” no es ninguna novedad. El problema, si queremos llamarlo así ? yo sí quiero ? , es que la inercia social espera que contemos con una conectividad total, veinticuatro horas, de lunes a viernes, desde Año Nuevo hasta Nochevieja. Los e-mails se están empezando a acostumbrar a no esperar en el buzón ni siquiera un par de días: primero, porque la exponencial digitalización de la comunicación hace que este sistema se utilice cada vez para más fines y con más intensidad, de tal forma que, al llegar tantos mensajes, si no comprobamos la bandeja de entrada con cierta frecuencia acabemos saturados; segundo porque, los remitentes olvidamos cómo eran las cosas hace diez años, y tendemos a pensar que el correo electrónico comunica en tiempo (casi) real, lo cual es erróneo y puede llegar a destrozarnos unas vacaciones. Y las redes sociales digitales no van a mejorar las cosas. Internet en el móvil no es un invento positivo. Ya he escuchado comentarios de gente que no puede dejar ni un momento de comprobar si existe alguna actualización en Twitter. Nos convertiremos ? si es que no lo somos ya ? en sufridos esclavos de la inmediatez. La espera, si es llevada con paciencia, siempre se podía ver recompensada con la llegada. Sin duda todas estas tecnologías son potenciadores de la comunicación, pero cantidad no es, ni mucho menos, calidad.

¡Ay de quien se quede descolgado! Mi motivación para llevar a cabo la actual experiencia, que supongo pondré fin próximamente, es una nostálgica resistencia a que las tendencias me digan cómo tengo que vivir. Creí, inocente de mi, que las necesidades de comunicación digital de un ser humano pueden ser satisfechas mediante visitas regulares a la biblioteca y en caso de emergencia a un locutorio. Mi primer batacazo fue al ver que las bibliotecas municipales de la capital han esperado hasta la segunda mitad del presente año para ofrecer conexión por Wi-Fi (el segundo me lo llevé cuando vi que el sistema de censura tiene tan poca lógica que me veta el acceso a convocatorias de becas, Journals, y múltiples páginas web básicas para un investigador social, teniendo en cuenta que de hecho, cualquiera puede llegar a ser sociológicamente interesante).

Otro hecho que me incomoda es pensar que en mi humilde y desconectado habitáculo se detectan unas veintitrés conexiones inalámbricas con buena calidad de señal, y que varias de ellas no estarán siendo aprovechadas ni siquiera al veinte por ciento de su capacidad operativa, estoy seguro.

En fin, es posible que en breve le ponga solución a mi automarginación telemática, lo que me permitirá pasar el día delante de una pantalla viendo estúpidos vídeos, leyendo chorradas, y comprobando cada cuatro minutos si tengo algún e-mail nuevo. Comunicarse con quienes están lejos es la mejor vía para no tener que comunicarse con quienes están a nuestro lado.
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