10 de diciembre de 2019, 10:01:45
Cultura

ESCRITO AL RASO


La avenida de la ensoñación: Rubens en el Prado



El semiólogo Roland Barthes murió de forma irónica: mientras observaba distraído los significantes del mundo que lo rodeaba fue atropellado mortalmente por la camioneta de reparto de una lavandería a las puertas del Collége de France donde impartía clase. Uno de los fragmentos de realidad que con tanto placer examinó a la lupa de la semiología lo golpeó provocando su muerte. El mundo, dijo el autor de S/Z, es un texto y la delectación que se sigue de su lectura debe prevalecer sobre cualquier otra consideración a la hora de mantener un criterio ante las cosas. Seguramente, de haber vivido, Barthes hubiera explicado desde la cama del hospital, sobreponiéndose al dolor de los huesos rotos, los juegos retóricos que hubieran puesto en marcha el accidente: la máquina de transporte creada por el hombre con un montón de ropa sucia en su interior –o limpia– aplastando a un sabio no es un retrato inocente, no es de ninguna forma un signo vacío.

Estos días el Museo del Prado nos regala hasta el 23 de enero una extraordinaria exposición del maestro flamenco Pedro Pablo Rubens (1577-1640) que contiene los cerca de noventa lienzos que conserva la pinacoteca. De él se conservan actualmente en torno a 1.500 cuadros de dedos y manos que se alzan, bocas abiertas, remansos de dolor y tormentas de gozo, el torcimiento y espasmo del barroco; la torsión magnífica, en todo momento, de abatir la línea recta. “Mi naturaleza se adapta mejor a las grandes obras que a las pequeñas curiosidades. Que cada cual se ajuste a su talento; en mi caso, no hay proyecto, por grande o variado que sea, que supere mi coraje”, escribió Rubens en 1621. La referencia ovidiana o la bíblica estructura y establece nexos y sirve a modo de interpretación del mundo del XVII y un rey, Felipe IV, que dejó el Estado en manos de ambiciosos validos, se obsesiona con su arte, con una energía que permitió fabricar un lenguaje cuyas unidades se nos aparecen atravesadas de un relato mítico. El desvelo de la pintura de Rubens abre el metal de nuestra cotidianidad de regios pasmados y torna visibles los vientos, las fatigas y el fuego vivo de las almas de otros tiempos y del significado propio de cada lienzo. Barthes llamaría a esta revelación la acción del trazo, la ejecución de una forma, “un goce inmediato, el fantasma de un discurso, un bostezo de deseo”.

Rubens fue también dibujante, diseñador –de tapices, esculturas y obras de arquitectura–, diplomático, profundo conocedor de la cultura clásica, coleccionista –de cuadros, esculturas y libros– y fue, ciertamente, el pintor Favorito de Felipe IV. Francisco Pacheco, suegro de Velázquez, escribió de él durante su visita a Madrid en 1628 y 1629: “Con pintores comunicó poco, sólo mi yerno hizo amistad y favoreció mucho sus obras por su modestia, y juntos fueron a ver El Escorial”. Impresiona el desfile de la serie “El Apostolado”, la angustia y el espanto de El juicio de Salomón ante la orden de partir a un niño en dos o de El banquete de Tereo cuando el rey tracio cae en la cuenta de que ha devorado a su propio hijo, el estoicismo de La muerte de Séneca o La muerte del cónsul Decio, la deliciosa serie de Los Sentidos elaborada junto a Jan Brueghel, la ternura de Jesús con san Juanito y un cordero, la sensualidad exquisita de Ninfas con el cuerno de la abundancia o Las tres Gracias –verdadera respuesta al actual canon de belleza femenina–, el retrato de Tomás Moro casi fotográfico copiado de un grabado de Hans Holbein, etc. Y, como si de un fragmento de texto mundano se tratase, una declaración ética en colores y formas, se alza el imperio occidental, bíblico y sin embargo voluptuoso, de Adán y Eva, alfa de la significación preñado de connotaciones y asociaciones que el lector-visitante extrae en racimo cuando lo contempla, lo fija, lo representa con ayuda de la imaginación abriendo los ojos inmensamente, hasta que le duelen de placer.

Rubens seduce, pues sabía que la poesía y la pintura constituyen el oro de nuestra dicha. Ha redefinido al hombre y ha pintado su agitado seno con la rosa y el cielo, sus venas con los ríos y sus extremidades con los árboles: lo ha convertido en un dios de sí mismo, imponente e inmortal, habitante de un mundo dramático, feroz y, sobre todo, hermoso. Esa luminosidad es la misma que distrajo a Roland Barthes mientras el mecanicismo en forma de automóvil lo arrollaba. El arte de Rubens espera allí, en la planta baja del museo, bajo la especie de una dicha breve mas intensa; un goce sin límites que se aleja de la llanura de la actualidad para adentrarse en la luminosidad del pasado: muy cerca, en esa avenida de la ensoñación que es el Paseo del Prado. Seguro que después de ver “Rubens” habrá dado lectura y explicación a unos cuantos fragmentos de su mundo; pero, al salir…tenga cuidado al cruzar la calzada: la furgoneta que vuelve del Congreso de los Diputados llena de ropa sucia podría pasarles por encima.
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