20 de octubre de 2019, 5:06:40
Opinion


El disidente y el terrorista

José Lasaga


El pasado 12 de noviembre tuvo lugar finalmente la liberación de la líder política birmana Suu Kyi. En las primeras declaraciones que hizo subrayó la importancia de la libertad de expresión para la política. Bien lo debe saber ella, sometida a arresto domiciliario por la dictadura militar durante más de quince años porque tuvo la osadía de ganarle unas elecciones. También la semana pasada hemos tenido la confirmación de que el flamante Nobel de la Paz, el disidente chino Liu Xiaobo no podrá recoger su premio. Era previsible, habida cuenta de cómo recibieron las autoridades comunistas que mandan en la China hipercapitalista, la noticia, arrestando en su domicilio a la esposa de Liu, para impedirle que viaje a Oslo a recibir el premio. Y siguen llegando a España, ahora más discretamente, los disidentes cubanos liberados que han padecido largos años de prisión por haber criticado al régimen de los hermanos Castro. Esta coincidencia de hechos merece alguna reflexión sobre la extraña condición política del disidente.

Resulta que la disidencia es la única forma de hacer política frente a las formas totalitarias del poder que parece tener cierto éxito. Dicha forma de oposición política se basa en la resistencia no-violenta y en la decisión de declarar públicamente la verdad de la situación en que vive la sociedad. Lo curioso es que dicha acción tiene la virtud de reabrir un espacio público, aunque sea mínimo, cuando éste había sido cerrado por la violencia y el miedo del sistema represivo.

Y si el disidente reinventa la política, el terrorista la liquida, la asesina. Entiéndase bien: no mata sólo a este o a aquel político enemigo o a aquella figura, juez, policía, empresario, que representa o simboliza al Estado, sino que destruye como tal la cosa que llamamos política en Occidente, en su sentido más claro y elemental: la mediación del terror destruye la libertad y espontaneidad del hombre medio, anulando su iniciativa para intervenir en las decisiones de la comunidad, aunque sea bajo la forma mínima de ir a votar cada cierto tiempo.

En general, las políticas terroristas terminan generando sistemas totalitarios donde el terror como lenguaje exclusivo sustituye a las palabras de ciudadanos, partidos, instituciones y medios de comunicación plurales. El campo político se transmuta, por la alquimia del terror, monopolio de la violencia no sometida al control de la ley, en “campo de concentración”, en sentido literal y figurado: en la polis amedrentada por la policía o por la paliza o el asesinato político de la banda terrorista, el campo de concentración se interioriza. Miedo a destacarse. La ley de oro de la supervivencia en las sociedades donde actúa el terror –desde el Estado o desde la facción de banda armada—es pasar desapercibido.

Pero cuando el principio terrorista está más seguro de sí, cuando parece que ha ganado la batalla del “orden” o cree que va a apoderarse de los resortes del poder para seguir haciendo lo único que sabe hacer, aterrorizar, aparece el disidente. El disidente es el aguafiestas con el que nadie cuenta, el loco o el idiota que se presenta en la escena pública dañada –que no existe pero que él crea de la nada con su gesto de desafío a la lógica del terror, eso sí, al precio de arruinar su propia vida y casi siempre la de su familia y amigos. Y aparece cuando nadie le espera. Su gesto es un gesto de desafío pacífico y tranquilo, vinculado a la palabra veraz que se niega a reproducir los tópicos de la propaganda, ideología que se genera desde el Estado o desde “el entorno” de la banda terrorista. No tiene más arma que la de convertirse en foco de los medios de comunicación que buenamente quieran prestarle atención, acaso porque se sienten conmovidos o sorprendidos por el espectáculo absurdo, imprevisto, heroico de alguien que se hace detener –o se pone en el centro de la diana de una nueve milímetros parabellum- sin ofrecer resistencia ni huir por declarar su verdad.

Lo previsible es que el disidente pierda la batalla. Y pierde muchas. Pero a veces lo imprevisto tiene la gracia de ocurrir. Y el disidente gana finalmente la guerra. Resulta que el disidente encuentra fuerzas en la ruina de su propia vida y resiste más de lo que nadie había esperado. Y esa resistencia le convierte entonces en un segundo foco de atención: a través del sacrificio del disidente se empieza a ver –y a ver claro—el funcionamiento del “principio terrorista” del Estado o de la banda: se puede observar en su desnudez: puro matonismo impolítico, incapaz de construir convivencia.

Valgan estas reflexiones como vago homenaje a la figura del disidente, que se ha convertido, después de los ejemplos de Mandela, Liu Jiaobo, fundador de la Carta 08, en guiño y reconocimiento a Havel y a los checos que crearan la Carta 77, Orlando Zapata de Cuba y la birmana Suu Kyi en una figura verdaderamente universal.

Y también como aviso a navegantes para cualquier actor político, personal o institucional, que tenga la tentación de negociar con los asesinos de la banda terrorista ETA. Terror político y negociación política son términos incomposibles –que es más que incompatible. Para no hablar de la abyección moral implícita en la partida.
El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2019   |  www.elimparcial.es