25 de septiembre de 2021, 10:22:26
Opinión


¿Tornan, señor, los tiempos de Don Opas?

Juan Velarde Fuertes


En el siglo XVIII, el esfuerzo de los hijos de los novatores, los Ilustrados, mejoró la situación de nuestra economía, El estancamiento del siglo XVII –tuvo un crecimiento el PIB, según Angus Maddison, en todo ese siglo, únicamente del 6’4% , se transforma bastante radicalmente. De 1700 a 1820 –y téngase en cuenta que en 1820 aun se experimentaba el impacto de la Guerra de la Independencia , el PIB aumento, según la misma fuente, en un 64’4%. Pero un poco antes de esa fecha, ya se adivinaba el freno al desarrollo económico y a la significación de España en los ámbitos internacional, científico, y de extensión de sus dominios. Y pronto sería todo muchísimo peor aún. Fue Jovellanos quien en su Oda, como “Manifestación del estado de España, bajo la influencia de Bonaparte en el Gobierno de Godoy”, recién concluida la Guerra de las Naranjas en 1802, se ve obligado a escribir:
“Los talleres desiertos, del arado
Arrumbado el oficio,
El saber sin estima, en trono el vicio,
La belleza a la puja, Marte airado,
Sin caudillo las tropas...
¿Tornan, Seños, los tiempos de Don Opas?”

¿Por qué es preciso volver a pensar ahora de un modo parecido? Dejemos a un lado cuestiones políticas y sociológicas. Ciñémonos a la economía, a esos, efectivamente, “talleres desiertos”. ¿Qué es lo que ha sucedido para que ahora mismo sea posible contemplar como posible la portada de “El Economista” de 27 de noviembre de 2010, centrada en este titular a cuatro columnas: “El temor a una quita en la deuda prolonga el ataque a España”?.

Comencemos con otra interrogación: ¿es posible que las deudas nos agobien tanto que la única solución sea pactar el pago de sólo una parte de ellas? ¿Cómo puede haberse producido esto? Tengamos en cuenta que el Sector Público español, efectivamente, en la etapa de la Casa de Austria, o tras los traspiés derivados de la I Guerra Carlista, se había obligado a quitas, a suspensiones de pagos. Pero su correcta conducta a partir de la reforma fiscal de los moderados Mon-Santillán y de la energía de Bravo Murillo, fue admirable. No hubo nada parecido tras la Guerra de Cuba, gracias a la reforma de Fernández Villaverde y Silvela, ni tampoco, tras la Guerra Civil se observó eso, a causa del orden puesto por Larraz. Además, desde 1959 hasta 2007 el crecimiento de nuestra economía había sido espectacular. España se había convertido, por primera vez desde la Revolución Industrial, en una potencia económica de primer categoría. “The Economist” mostraba una cierta extrañeza ante el hecho de que no se sentase en el club de los países más opulentos, convirtiendo el G-7 en G-8, porque tenía un PIB por habitante superior a uno de los miembros del G-7 –Italia y mayor PIB global que otro, Canadá.

La pregunta ha de continuar: ¿por qué esa brusca caída, y con ella volver a plantearse la posibilidad de volver en relación con la deuda a tiempos de los siglos XVI-XVII, o los de inicios del XIX? El riesgo procede de un conjunto de causas. Para crecer con fuerza, España comprendió que debía abrir su economía, y enmarcarla en áreas cada vez más amplias. Todo comenzó en 1959 y nuestro acceso a la OECE, y fue culminado en buena medida por Felipe González al conseguir que España ingresase en la entonces denominada Comunidad Económica Europea, hoy Unión Europea, y por Aznar en 1998, al convertirnos en país fundador de la Zona de Euro. Pero tener una economía muy abierta, condición necesaria para crecer, no es suficiente si el crecimiento se logra con financiación de deuda, algo obligado a causa de no tener una producción competitiva, y haber orientado las actividades propias hacia sectores protegidos de la competencia exterior, como son el de la construcción y el de los servicios. Pero esto es cabalmente lo que se impulsó con fuerza desde 2004. En 2003, la construcción significaba el 9’57% del PIB; y en 2009, a pesar de la crisis, aun era el 10’0%. Los servicios de mercado, que como han señalado Beatriz Pérez Raposo y Javier Muñoz Carabias en su artículo “Repercusión del Sector exterior en la economía española” publicado en “Boletín Económico de ICE”, 16 a 31 de octubre de 2010, tienen una tendencia creciente en su desarrollo, a precisar importaciones, pasaron de significar el 47’8% en 2003 al 51’55% en 2009. La financiación de nuestro avance, esencialmente se basó no en la competitividad, sino en el endeudamiento. Como consecuencia la deuda exterior total española en el segundo trimestre de 2010 alcanzaba la suma ya más que billonaria de 1.765.093 millones de euros en 2010, con un incremento del 3’2% sobre el mismo trimestre de 2009. Esto se explica por un creciente déficit de la balanza por cuenta corriente, que del 0’2% del PIB en 1996. había llegado al 4’0% en 2003 y saltó al 10’0% en 2007 y que en 2009, aún se situaba, a pesar de la fuerte caída del PIB, en un 5’4%. Y si a esto se añade que el sector público ha pasado de tener un déficit del 0’2% del PIB en 2003, a uno del 11’1% en 2009, el máximo de nuestra economía, al menos desde 1850 se completa un panorama creciente de endeudamiento que motiva dudas sobre si España va a poder hacerle frente. De ahí rumores continuos que, al desvalorizar la deuda pública, empujan hacia arriba los tipos de interés. En los once meses que van del 27 de diciembre de 2009 al 26 de noviembre de 2010, los intereses que paga la Deuda pública española, medidos por los que rinde el bono a 10 años, subieron un 33%, movimiento que, al generalizarse en el mercado del crédito, porque el Estado es más seguro que muchas empresas, supone un tremendo freno a la actividad.

El que esto pueda continuar agravándose se deriva de la inacción que se observa en relación con los cambios precisos para nuestra economía. Si se llegase a la catástrofe de una quita, por supuesto que los tiempos de don Opas los de Fernando VII, o Felipe III habrían retornado para España.
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