7 de diciembre de 2019, 11:25:40
Opinion


Las cebollas de Pierre-Auguste Renoir

Concha D’Olhaberriague


Tan antigua como la agricultura, oculta esta hortaliza su condición silvestre y ya no brota si no es por impulso de la mano del hombre.
Se cree que su origen se halla en los países asiáticos costeros del Mediterráneo aunque otros lo sitúan en el interior del continente. Son muchas las variantes y diverso el colorido de esta cepa presente, hoy, en la dieta de todos los lugares y grupos sociales, pese a su fama de plebeya.

En forma de sarta u horca, colgada junto a la campana del fogón de las cocinas populares, resulta un elemento cálido y decorativo.

Sus propiedades sanadoras y preventivas son conocidas desde tiempo inmemorial, y de ellas nacieron otras atribuidas por la fantasía de las gentes. Se le asignó, así, la capacidad para curar la impotencia y ahuyentar, como su pariente el ajo, a los vampiros. Los efluvios sulfúricos que desprende la carne del bulbo si la cortamos, suscitan nuestras lágrimas y le sirven de protección frente a los depredadores.

Me llevó a tales meditaciones un cuadro singular y hermoso: Las cebollas, del maestro impresionista francés. La harmonía interna, la luz satinada y el ritmo medido y dinámico de la composición me hicieron preguntarme, a la manera orteguiana, qué sería la cebolla rosácea en la concreta realidad de la vida de Auguste Renoir en el momento preciso de la elección de este motivo, en 1881, tiempo de madurez artística y época dichosa, fecunda y ascendente.

En este año viaja a Argelia, conoce a la costurera Aline Charigot, su modelo de El almuerzo de los barqueros, y más tarde su mujer, y recorre Italia, desde Venecia a Nápoles, Pompeya y Sicilia, pasando por Florencia y Roma. Como resultado de la experiencia, da un giro a su estilo y se torna más clásico.

Puede contemplarse la magnífica pintura de Las cebollas en la exposición temporal del Prado titulada Pasión por Renoir. Se exhiben en ella una treintena de obras pertenecientes a la colección particular reunida por Robert Sterling Clark y conservada en el museo de Williamstown, en Massachussets, que lleva su nombre y el de su esposa: Sterling and Francine Clark Art Institute.

Comparándola con los famosos retratos, las mujeres, los niños o las conocidas y admiradas escenas populares, parecería ésta una pieza menor. Pero sólo hay que demorarse un poco en ella para descubrir la fuerza sugerente de las tonalidades, el movimiento vivaz y animado de las ambiguas cebollas, el acotamiento espacial, y la poesía, en fin, que desprende la danza del grupo y la solista, distanciada, señera, avanzando al primer plano en sesgo. La modesta hortaliza queda enaltecida y transmutada en objeto vivaz y bello por obra y voluntad del artista.

Descubrí después, para mi alegría, que se trataba del Renoir preferido por Clark. No era de extrañar.

Acto seguido, me imaginé los ratos que pasaría el propietario de esta pequeña obra maestra intentando desentrañar su misterio o al menos captar los ecos y la resonancia del conciliábulo de las cebollas.

Oignons, su nombre original, no procede de la raíz latina más extendida, cepulla –diminutivo de cepa, ya oscurecido para la conciencia del hablante medio - sino de una forma dialectal, unionem, alusiva a una característica de la hoja.

En nuestra lengua, está presente en diversos modismos de todos conocidos, y otro tanto ocurre en francés, pese a que las acepciones sean dispares; se usa, por ejemplo, para aludir a los asuntos de cada uno, a lo propio y reservado, que no es de incumbencia ajena. A quien se mete en donde no debe se le podría espetar: occupe-toi de tes oignons¡

Pues bien, el lumínico y tenaz Pierre-Auguste Renoir pasó sus últimos años en este mundo aquejado de una enfermedad, la artritis reumatoide, para la cual se aconsejan el ajo y la cebolla, debido a su poder bactericida y profiláctico.

Artista vocacional, su tensión creadora no cejó, y, para darle cauce pidió que le ataran el instrumento de trabajo a su mano cuando ya no podía sostenerlo y él mismo se movía en silla de ruedas.

De esta manera, con la ayuda de Ricardo Guinó, discípulo de Aristide Maillol, modeló sus postreros y hermosos bajorrelieves y varias esculturas, ya viudo y tras haber sido heridos en la Gran Guerra dos de sus hijos.


El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2019   |  www.elimparcial.es