18 de septiembre de 2019, 12:07:01
Opinion


La vida de las O(s)tras

William Chislett


La vida privada es sacrosanta en las democracias, pero en los sistemas comunistas, como dijo Lenin, “nada es privado”. Al final de la República Democrática de Alemania (RDA), después de la caída del muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989, la Stasi, la policía secreta y el “escudo y la espada” del SED, el partido oficial, habían acumulado 180 kilómetros de archivos sobre la vida de los ciudadanos, un millón de fotos y 200.000 cintas con conversaciones grabadas. Tenían seis millones de informes para un país de 17 millones de habitantes, el equivalente de todos los archivos producidos en Alemania desde la Edad Media.

Aún más espectacular es que la Stasi empleara más personas que cualquier sector de la economía y 1,5 veces más que el ejercito permanente. Fue la única industria que creció – el número de sus empleados aumentó de unos 70.000 en 1977 hasta 91.000 en 1989 (uno por cada 180 ciudadanos en comparación con un policía secreta por cada 500 habitantes del URSS en 1939, 7.000 empleados del Gestapo del Tercer Reich para una población de 66 millones en 1939 y un medico en el RDA por cada 400 habitantes). Y esta cifra para la Stasi excluye sus colaboradores e informantes. Se estima que unas 800.000 personas trabajaron para la Stasi durante los 41años de la RDA.

La Stasi era como un pulpo; sus tentáculos llegaban a todos los rincones. Ningún otro servicio secreto ha sido tan penetrante: hasta el olor corporal de la gente bajo sospecha fue captado y guardado en un envase de vidrio y usado por perros para poder detectar su presencia en actos “ilegales”. Un escena impactante de la película “La Vida de los Otros” de Florián von Donnersmarck, que ganó el Oscar en 2006 a la mejor película de habla no inglesa, muestra el interrogatorio de alguien que tiene que sentarse sobre sus manos. Cuando termina la sesión, el agente de la Stasi quita el trozo de tela de la silla y la mete en un envase.

En este entorno agobiante, como explica Paul Betts en su instructivo e original libro, Within Walls: Private Life in the German Democratic Republic (“Intramuro: La Vida Privada en la República Democrática de Alemania”), publicado por Oxford University Press, cualquier cosa que no tuviera nada que ver con el estado –la esfera privada – ganaba importancia y una creciente firmeza política. Adoptando un dicho inglés, para los habitantes del RDA su casa era su castillo y su vida privada, en múltiples formas y hasta donde pudieron, su refugio. Nadie podía confiar en nadie que no fuera de su absoluta confianza (ni los maridos en sus esposas o viceversa, como se reveló después de la caída de la RDA cuando el gobierno alemán abrió los archivos de la Stasi al público). La gente vivía como ostras, encerrada en su propio mundo.

Es muy llamativo que la palabra en alemán para la intimidad no aparece en el diccionario político oficial del SED. La única palabra relacionada con ella que si se contempla es propiedad privada, rasgo que definió y justifico la propia existencia de la RDA. Muy pocas personas mantuvieron diarios privados donde contaban su vida cotidiana. Una notable excepción fue Victor Klemperer y su tercer y conmovedor volumen de diarios, The Lesser Evil: 1945-59 (El Mal Menor).

El libro de Betts cubre un espectro de la vida privada muy amplio: la subcultura cristiana; el matrimonio y el divorcio; los interiores de las casas; la propiedad y el ruido; los derechos de los ciudadanos de quejarse y la fotografía. En las relaciones personales, el sexo era un “espacio libre crucial”.

Particularmente interesante es el capítulo sobre la religión. La gran mayoría, al menos nominalmente, eran luteranos y, en menor grado, católicos, y formaron “una sociedad aparte” (niche society). Los interiores de las casas de gente religiosa no eran reconocidos por crucifijos u otros símbolos, sino por un estilo particular de muebles (muchas veces hechos por ellos) y una decoración más individualista que los objetos estandarizados y la decoración uniforme. Muchas de estas personas llevaban una doble vida, defendiendo el estado de boquilla a la vez que mantenían una oposición privada, el llamado Ketman en las sociedades islámicas, un concepto aplicado también a los regimenes comunistas y estudiado en The Captive Mind (El Pensamiento Cautivo), el libro clásico de escritor polaco Czes?aw Mi?osz publicado en 1951.

La proliferación de esferas privadas y la importancia de las redes personales ayudaron a muchas personas en la RDA capear la difícil transición del comunismo al capitalismo después de 1989. Es probable que también jugaran un papel en la transición española, pero ésta es otra historia.

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