8 de diciembre de 2019, 4:59:24
Opinion


Lennon: cuando pasan los años sin que se note el transcurso del tiempo

Alicia Huerta


No existían los móviles ni jugábamos con consolas. Aún no sabíamos lo que eran los ordenadores y ni siquiera nuestra fértil imaginación preadolescente era capaz de elucubrar con algo parecido a Internet. Pero, incluso entonces, recién inaugurada la década de los 80, cuando una noticia era impactante, no podía tardar mucho en llegar a cualquier rincón del mundo. La trágica sorpresa de la muerte de John Lennon aquel lejano y frío 8 de diciembre de 1980 me alcanzó cuando jugaba con mis compañeros de colegio en el patio del recreo, en aquel que conocíamos como el grande, el de los mayores. Más difícil de recordar después de treinta años, es a quién pertenecía la voz que nos dejó a todos sin la nuestra, cuando nos contó las todavía confusas informaciones procedentes de Nueva York que sólo dejaban un dato cierto y brutal, Lennon ya no respiraba.

Demasiado lejos, no sólo físicamente, del edificio Dakota, encontramos sin buscar una esquina escondida en la que cambiar balones por guitarras y lágrimas por canciones. Un gastado banco de madera como improvisado escenario para desahogar la congoja por el triste e injusto final de quien había conseguido que tantos imaginaran “all the people living life in peace”, aunque sólo fuera durante los escasos 4 minutos que dura la que es una de las baladas más poéticas del pacifismo de verdad, ese que para combatir la guerra, no entra en guerra.

Lennon se acababa de marchar, pero en este país en el que nos tenían que traducir hasta el “THE END” de las películas, muchos habíamos aprendido inglés para no quedarnos sin poder cantar, bien o mal, sus geniales letras, para no limitarnos simplemente a tararear los soñadores mensajes de un espíritu profundamente romántico sin ápice de vulgaridad. “You may say I’m a dreamer, but I’m not the only one”.

Treinta años después de su asesinato por la espalda a manos de ese repetitivo y cinematográfico personaje del fan trastornado, sus canciones, en concreto aquellas que compuso durante su andadura en solitario, siguen recordando que la poesía es, la mayoría de las veces, el único y fugaz alivio del espíritu atormentado, aquel que sangra palabras y melodías como único medio posible para seguir respirando. John Lennon lo era y, ni siquiera la contestada figura de su amada compañera Yoko Ono, fue capaz de despejar las negras nubes por completo. El ex Beatle con más alma y, también el más rebelde, había pasado las semanas anteriores a su muerte sumido en uno de esos episodios de desesperación. Su último álbum no despegaba como era de esperar y Lennon se movía en la contradicción de los genios que buscan la paz interior, a pesar de saber que será ella quien asesine a su musa.

Y como ocurre con todos los genios a los que la temprana tragedia convierte en mitos, sin permitirles luchar con algo tan prosaico como el paso del tiempo, Lennon sigue cumpliendo años a pesar de estar muerto. De su rostro ha quedado el gesto de incomprensión; de su música y sus palabras, la eterna juventud de la perfecta composición y la ingenuidad de su mensaje. “After all, it is written in the stars. Now and forever.”
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