14 de noviembre de 2019, 7:47:23
Opinion


La agresión de Nicaragua a una democracia desarmada

Fernando Zamora Castellanos


Por ser Costa Rica una democracia desarmada, los últimos acontecimientos relacionados con la invasión nicaragüense a Isla Calero nos aleccionan que nuestro futuro depende de dos elementos vitales. Por una parte, de la coherencia de nuestros argumentos morales, y por otra, que el concierto de las naciones coincida en defender nuestras tesis. Ahora bien, si sabemos que la naturaleza esencial de ese fundamento parte de la tradición que ha sustentado a las naciones libres de nuestro hemisferio, entonces el bienestar de las futuras generaciones de costarricenses va a estar indisolublemente ligado a la suerte que corran los valores occidentales. Devaluados éstos, el futuro de nuestro desarme se encontrará seriamente comprometido.

En interés de nuestra propia supervivencia, nos es indispensable entender el contexto en el que estamos actuando. Las sociedades abiertas de Occidente hoy nos encontramos ante el desafío que nos imponen dos cosmovisiones totalitarias que nos son antagónicas. Por una parte, el avance hacia el dominio mundial del materialismo oriental, de los cuales los regímenes de China o Corea del Norte son importantes exponentes, y por otra, el progresivo avance del totalitarismo religioso y cultural islámico. Así, en el Siglo XXI, las sociedades libres nos encontramos en un dilema similar al del Siglo XX, cuando debimos enfrentar tanto el totalitarismo stalinista, como el fascista. Y no nos llevemos a engaño, en la historia, este ha sido un escenario cíclico, recurrente. En el Siglo VIII los musulmanes llevaron tan lejos su “guerra santa” que, -tomando España-, estuvieron a las puertas de lo que hoy es Francia. Los historiadores serios reconocen que si la cristiandad, -dirigida entonces por el rey carolingio Carlos Martel-, no los hubiese confrontado con la determinación moral y militar que lo hizo, hoy Europa sería musulmana. Y sin el fundamento de la cultura cristiana, la historia de la libertad indudablemente hubiese sido otra. Igual en el Siglo XX, tres sociedades libres, -Canadá, Inglaterra y los Estados Unidos-, debieron actuar con heroica determinación para enfrentar la amenaza del militarismo japonés y el totalitarismo fascista que dominaba Europa.

La convicción es que si la libertad es la piedra angular sobre el que está construido Occidente, la pérdida de ese consenso se convierte en el grave problema de nuestra comunidad de naciones. Porque es el fundamento moral más eficaz con el que se pueden enfrentar los totalitarismos de hoy, y de siempre. De ahí que las resistencias sustentadas en el principio de la no violencia, solo son efectivas si el régimen que combaten está interesado en preservar su reconocimiento moral. En caso contrario, es una estrategia inviable. Así la cuestión esencial a responder es ¿cuáles son los fundamentos de la libertad que escogeremos proteger? Seleccionar adecuadamente las convicciones que dan fundamento a nuestra libertad, es algo tan grave como lo es escoger en qué creer y porqué luchar. Tal y como al momento de capacitarnos no se trata solamente de tener información, sino que ésta sea correcta, igual de importante es delimitar los fundamentos filosóficos y aún las fronteras adecuadas de la libertad. Optar por la “libertad correcta”. Así un reto sustancial que están enfrentando las sociedades libres es la de resolver la difusa imprecisión de los conceptos. ¿Cuál es el fundamento filosófico de la libertad que Occidente debe defender? Alternativas que pretenden imponerse son muchas. ¿Será la “libertad” sustentada en la mera satisfacción de los apetitos que pregonan el cúmulo de filosofías materialistas? ¿Es la “libertad” que pregonó Kim Il Sung, la de Allen Ginsberg y su “flower power”, o la de Fidel? ¿O la fanática “libertad del paraíso” que ofrece al musulmán su propio totalitarismo religioso? De una adecuada determinación por defender lo que en Occidente hemos entendido por libertad, -o de su decadencia-, dependerá que Costa Rica, -como democracia desarmada-, se logre mantener segura en el devenir de los tiempos.

Fray Luis de Granada sostenía que, en el peregrinaje de la vida, los mayores enemigos que un hombre debe vencer están en su interior. Igual sucede con las sociedades abiertas, en donde parte de su adecuada dinámica consiste en que fuerzas internas tengan la posibilidad de combatir incluso los consensos morales históricamente propuestos. Así, en una comunidad libre, la eterna paradoja siempre será la lucha que ésta tiene consigo misma y además con los enemigos externos. El problema del liderazgo occidental de hoy es que, -aún a lo interno de sus naciones-, parecen estarse perdiendo batallas por ese valioso consenso moral. Veamos un ejemplo. Después que Roma cayó, Occidente se levantó de sus cenizas sobre las alas de la libertad sustentadas en la ética cristiana. Sin embargo, el paroxismo del disenso ha llegado al extremo de prohibir en las Escuelas occidentales la enseñanza de los valores espirituales que dieron sustento a la cristiandad occidental.

Como en la historia del flautista de Hamelin, -encantados por hermosas consignas aparentemente inofensivas-, nos llevan a una trampa. Es un anzuelo conceptual muy similar al de creer que las convicciones pacíficas deben ser siempre necesariamente indefensión. Y en este punto señalo un tema sobre el que parece que en Costa Rica hay confusión. Sabemos que el problema de la agresión nicaragüense se resolverá favorablemente en los estrados judiciales internacionales y que ese hecho jamás ameritará una guerra entre dos pueblos hermanos. Pero esto no significa que el costarricense deba abrazar la idea absoluta de que la guerra siempre sea necesariamente el mayor mal. Detrás de un pacifismo extremo se esconde una ética materialista: la creencia de que los mayores males de la existencia humana son necesariamente el dolor o la muerte. Hay males superiores a esos. Vivir en perenne opresión, suprimir una cultura elevada y sustituirla por una baja y opresora, es un mal mayor que la guerra. La cuestión no es definir si la guerra es un gran mal. Eso es obvio.

Pero eso no omite la conciencia de que existen guerras que no necesariamente representan el mayor mal, y la inconveniencia de caer en el absurdo de que, por evitarlas, prefiramos perder nuestra cultura de libertades. Al fin y al cabo recordemos que, si llevamos a un extremo inconveniente nuestra aversión contra la guerra justa, tenemos en nuestra contra a Juan Rafael Mora, a Juan Santamaría, a Lincoln o a Martí. [email protected]
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