23 de enero de 2020, 4:18:48
Opinion


Mas ya es presidente



Después de la investidura fallida de la pasada semana, Artur Mas por fin fue elegido ayer Presidente de la Generalitat con 62 votos a favor, 45 en contra y las 28 abstenciones, del PSC, tras el acuerdo alcanzado entre los dos partidos. Aunque ya se habla de una “sociovergencia” de cara a los cuatro próximos años, las dos formaciones han insistido en que pacto alcanzado con los socialistas catalanes es puntual y su única función ha sido garantizar a CiU una investidura tranquila. Al partido nacionalista le faltan cinco escaños para alcanzar la mayoría absoluta por lo que durante las siguiente legislatura tendrá que ir arreglando apoyos puntuales con todas las formaciones de la Cámara para sacar adelante su gobierno.

A priori no parece que este hecho vaya a suponer un perjuicio para Cataluña. Al contrario, la búsqueda de un consenso cabal siempre es un ingrediente positivo para cualquier gobierno y, por lo pronto, la elegante actitud del PSC –permitiendo la continuidad institucional y evitando que el proceso de investidura del nuevo presidente de la Generalitat se alargue ad infinitum-, el segundo partido en escaños, absteniéndose en la votación de ayer permite vislumbrar un horizonte tranquilo. El mismo Mas ha asegurado que durante la legislatura el PSC tendrá un gran protagonismo y, además, ha mostrado su voluntad de diálogo y negociación con el resto de las fuerzas del parlamento catalán.

Después de los convulsos e irracionales años del tripartito, lo que Cataluña necesita es un gobierno tranquilo que sea capaz de sacarla de la crisis económica, primero, y de la social después. Paradójicamente, todos aquellos que han acabado profundamente hastiados del catalanismo mal entendido y sectario del tripartito, liderado por una formación supuestamente no nacionalista, tienen puestas ahora sus esperanzas en un partido nacionalista del que se espera que, entre otras cosas, se ocupe de gobernar Cataluña sin centrar la agenda en la construcción de un supuesto estado. En este sentido, los socialistas deben hilar muy fino: su gesto pragmático y razonable en relación a CiU no debe impedir ir tomando distancias en relación a una política ultra-nacionalista, llena de obsesiones identitarias, que les ha llevado a perder pié electoral, primero en Galicia y ahora en Cataluña, en un segmento de la ciudadanía muy alejada de esos supuestos y que, desde luego, no entendería un pacto sectario con los nacionalistas en relación a temas de enseñanza, en general, y lingüísticos, en particular.
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