20 de enero de 2021, 5:26:08
Opinión


La triste navidad de Haití



Ha sido un año muy duro para la de por sí asolada y convulsionada Haití. No sólo le tocó estrenar este 2010 que está a punto de culminar con un sismo que dejó la capital de Puerto Príncipe sepultada entre los escombros, sino que ha tenido que sobreponerse a las lluvias y a una epidemia de cólera que en cuestión de dos meses se ha cobrado la vida de más de 2.500 personas.

Los millones de haitianos que perdieron sus hogares en el terremoto del 12-E difícilmente probarán la Navidad este año y mucho menos las familias de quienes ha muerto o se encuentran infectados de una enfermedad perfectamente curable y controlable como el cólera, si se dispone de los medicamentos y las condiciones sanitarias mínimas para su prevención.

En los últimos meses, este golpeado país del Caribe no ha conocido otra cosa que el caos, como si el destino o la naturaleza se hubiese ensañado con él; sin embargo, las causas reales de la tragedia haitiana no proviene de la voluntad divina si no de la humana, y eso ha quedado constatado en el fantoche electoral del 28-N, en donde el fraude y la corrupción volvieron a pisotear la moral de una sociedad que necesita un liderazgo político serio y responsable que sea capaz de reconstruir la tierra de los olvidados e invisibles de América.

Las múltiples tragedias de Haití no han sido suficientes para que su cúpula política tome conciencia de las necesidades de un país que ni siquiera dispone de los servicios básicos necesarios para subsistir. Muchas de las ayudas humanitarias quedan en promesas o si por fortuna llegan, terminan cayendo en otras manos y no en aquellas que más las necesitan. De esas millones de personas que este año no celebrarán la Navidad bajo el techo de un hogar con la mesa repleta de deliciosos platos y un hermoso árbol bañado de luces, sino en una carpa improvisada con la tristeza a cuestas, a la espera de que un día ocurra el milagro de que Haití deje de ser el país de los invisibles.
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