19 de septiembre de 2021, 21:26:04
Opinión


Senadores, báilenla

José Antonio Ruiz


A riesgo de que se le atragante el percebe a Salvador de Madariaga, tío abuelo de Javier Solana, nuestro Senado lleva camino de degenerar en aquello en lo que el Senatum acabó convirtiéndose durante el Bajo Imperio: una asamblea de venerables ancianos diagnosticados de artrosis reumatoide en el espinazo, donde el estrés sólo es concebible en términos de ralentización de la motilidad intestinal.

Dicho sea en sentido metafórico, sin necesidad de recurrir al argot tabernario y poligonero, la bicha se asemeja cada vez más a un obsceno baño turco (como el cuadro de Ingres que cuelga en el Louvre), donde revolotean cual ninfas retozonas unas Señorías deslomadas entregadas a la desocupación y a la holganza, pues por voluntariosas que sean, carecen de cometido, ante la clamorosa falta de razón de existir del chiringuito playero.

Si al menos el invento guardara alguna semejanza con el Consejo de Cien Ancianos (Centumviri) de la Antigua Roma, hasta podría tener una manoletina mantenerlo abierto. Pero me temo que no es el caso. Qué tiempos aquellos en los que para aspirar a una trona como Subalterno había que presentar como aval para que prosperara la candidatura, bien una muestra acreditada de valor, bien la prueba fehaciente de haber dado muerte a un jefe enemigo, o bien el testimonio irrefutable de haber salvado a un ciudadano romano de una muerte segura.

Si en algo anduvo acertada la Constitución republicana de 1931, tan denostada por Lerroux, Alcalá Zamora, Ortega y Gasset y Unamuno, fue en la abolición del Senado. Pero fue expirar el Generalísimo, y volvieron a joderla los becarios a quienes algún insensato buscó entretenimiento encargándole la redacción de la Ley para la Reforma Política, que vino a revivir un cadáver moribundo que estaba mucho mejor muerto.

Dos años después del óbito, la Constitución del 78 (tan sobrevalorada y mitificada como una paloma), optó por aliñar unas Cortes Generales de tipo bicameral, no fuera a ser que los trabucaires de siempre rompieran la baraja. Desde entonces, la institución vive del cuento de la matraca: el mantra insostenible de la cámara alta de representación territorial, donde acuden a vomitar la bilis por los higadillos las hordas de frenopáticos que abjuran de España por miedo a contraer la erisipela ibérica.

Hoy, el Senado es un burdo pretexto para el sobresueldo de damiselas como la señorita Pajín o la señora de Cospedal (que por cierto, debería urgir a que le actualizaran su ficha, pues sigue constando “Soltera. Un hijo”). En total, 263 Excelencias vitalicias, entre electos y designados, que aún hablando, no sin trastabillarse, el mismo idioma que Cervantes, a menudo utilizan otro lenguaje que requiere de un intérprete para su entendimiento. ¿Inmersión lingüística? Surrealismo totalitario en grado superlativo. ¡Pobre Tribunal Supremo!

En una ocasión que no viene al caso exclamó con sorna el senador Anasagasti que algunos no son más tontos porque no entrenan, pues semejante gilipollez no se le ocurre ni a los “malos tontos” que Carmen Posadas pide a Dios que los ponga a buen recaudo para no tener que encontrárselos de frente, porque le dan grima. Claro que, dicho sea al paso, todavía está por ver cuáles son los logros de don Iñaki Mirena desde su condición de vocal del denominado Grupo de amistad con la Cámara de consejeros del Reino de Marruecos.

Sí, ya sé que a estas alturas del funicular debiéramos estar todos vacunados contra el escorbuto. Pero me confieso un pardillo indignado y jodido como una puta virgen de las novelas de Cela, al constatar el rostro pétreo que tiene la clase política para proveerse sueldos y pensiones que pagamos los asalariados de nómina con nuestros impuestos a sabiendas de que para cuando nos jubilemos se lo habrán embuchado todo ellos, pues los balnearios estarán llenos a rebosar de efigies embalsamadas como momias egipcias y no habrá para los parias ni una tumba libre donde caerse muerto.

El lunes trece, el Senado tumbó los últimos Presupuestos de Zapatero, como ya sucediera con anterioridad en otras tres ocasiones durante nuestra “democracia absoluta”. Pero ni entonces ni ahora, el veto ha servido para nada, más allá del revés simbólico que el “no” mayoritario supone para el partido en el Gobierno, que los ha publicado en el BOE 10 días después con el regocijo indescriptible de Calamity Salgado.

Tres décadas de vida. Teatro del absurdo. Siempre a la contra de la lógica y del sentido común. El órgano crea la necesidad y no al revés.

Demostrado queda hasta la extenuación que el tinglado es inútil, inoperante y, por lo tanto, prescindible. Pero sigue abierto. País delirante.

Cincuenta y cinco millones de euros nos cuesta al año un capricho cuya única utilidad es la de servir de cementerio de mamuts a los partidos políticos, que envían a sus jubilados (como si fueran pensionistas alto standing del IMSERSO) a un retiro dorado envidiable, bien para recompensarles por los servicios prestados, o bien para encontrarle acomodo porque no había hueco en las listas del Congreso.

La tomadura de pelo da para una peluca de Jack Sparrow: si la mayoría del Senado coincide con la del Congreso, la Cámara Alta se limita a bendecir lo que viene de la Baja; y si la oposición tiene mayoría, cual es el caso, se dedica a enredar todo lo que puede hasta demorar la aprobación final. Lo extraño es que no se les caiga a unos y a otros la quijada al suelo. ¡Más morro que un oso hormiguero!

Dando por hecho que don Javier Rojo, nuestro Joe Biden de Pamplona, no va a auto inmolarse promoviendo el cierre del kiosco mientras se come un polvorón deletreando el nombre de su pueblo, me permito sugerirle una idea para justificar la paga extra de Navidad: que asuma, de verdad, la encomienda expresa que hace al Senado el artículo 155 de la Constitución, conminándole a tomar medidas contra la Comunidad Autónoma que no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras Leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España.

Hemos pasado de la voluntariosa “Administración única” fraguista, a las Cuatro Administraciones Púbicas impúdicas de Vivaldi: la local, la autonómica, la central y la comunitaria. ¡Buena nos la hizo Cánovas! regalando al partido conservador vasco la bicoca de los conciertos económicos, que vienen a ser una vuelta encubierta a los privilegios forales, pero con el nombre cambiado para trampear el atropello a ojos trotones de todos aquellos que acudieron prestos a la bacanal y salieron de la saturnal sin probar bocado carnal y trasquilados como borregos lanudos.

También pienso que el estado catatónico de las autonomías, además de un despilfarro indecente, es un fraude que no tiene ni media verónica, aunque durante la primera parte de la transición balbuciente, reabierta ahora por Artur Más Ibarretxe (con la impagable ayuda del Pesece-Pesoe), sirviera para que los “padres”, hoy abuelos, de la Constitución, pactaran un apaño remendón para ahuyentar el fantasma del guerra civilismo postfranquista.

Aprovechando por lo tanto que el Senado sólo tiene definida esta función de facto, se me ocurre encargarle que proceda con la inaplazable reconversión de un estado de las autonomías insostenible en términos de derroche y despilfarro. No se trata de desmontarlo (pues lo mismo la duplicidad que sobra es Moncloa). O sí. Sino de que funcione.

Y eso pasa por seguir el guión de Los inmortales: «sólo puede quedar uno». Un debate sin careta sobre el estado confederal, lo que viene a ser lo mismo que someter a revisión la estructura misma del Estado, y apechugar con decisiones inaplazables como la supresión de 16 tarjetas sanitarias, el precinto para los restos de las televisiones públicas autonómicas y de paso la estatal, el cerrojazo de empresas públicas imbebibles y, en suma, el control del gasto, incuantificable si se suma a la deuda pública la deuda privada y la deuda de las entidades financieras.

Ongi etorri, benvinguts, benvidos. Welcome to the Senate of Spain. España entera es una casa de empeño. Si con la que está cayendo (todo, menos el gordo de Navidad), además nos privan del jamón, no nos va a quedar otra salida que ahogar las penas en el brindis de Nochevieja con un buen lingotazo de aero-red.
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