11 de diciembre de 2019, 10:25:28
Opinion


Artur Mas necesita un Gobierno débil en España

José Antonio Sentís


La educación es un bien tan discretamente extendido que cuando se percibe entre los atributos de una persona, ésta causa simpatía. Aunque se sepa que esa misma educación puede servir como cortina de humo para actitudes o sentimientos que producirían rechazo.

Puede ser éste, según los primeros indicios, el caso de Artur Mas, el actual Muy Honorable titular de la Generalitat catalana. Pasa, doy fe, por ser una persona amable, trabajadora y confiable. Y, por ello, cualquier interlocutor puede pensar que cuando muestra simpatía por la independencia de Cataluña, en realidad no se lo cree, a menos en el corto plazo de las próximas generaciones. Que cuando habla de “plenitud nacional” catalana sólo se refiere a un Estatuto más o menos agrandado en sus competencias. Que sus referencias al derecho a decidir son retóricas y dirigidas a su clientela más arriscada.

Pero hay una posibilidad algo más inquietante. Que Mas se crea realmente lo de la independencia y quiera verla por sus ojos. Que haya planificado la forma de llegar a ella con el poderoso instrumento largamente trabajado de la separación cultural y lingüística de Cataluña y el resto de España; que ponga las bases de una independencia fiscal vía concierto económico; que logre quebrar la unidad simbólica en lo emocional, empezando por lo deportivo y las selecciones de fútbol…

Si el presidente de la Generalitat va por esa línea, que no es imposible de acuerdo con sus primeras manifestaciones desde el Palacio de Sant Jordi, el asunto puede adquirir tintes de gravedad que no ocultaría una infinita cortesía y unos modales de colegio británico. Porque no se conoce que sea un eximente en las violaciones (en este caso del orden constitucional) la buena educación de los violadores.

Artur Mas puede querer lo que sea, aunque quede algo raro en un momento en el que la gente suele desear trabajo, dinero y salud que él anteponga como prioridad el troceamiento de España. Pero la pelota no está en su tejado, porque ni él puede lograr unilatralmente ese objetivo de máximos ni los demás podemos evadirnos del pago de impuestos, porque ambas deseos están sometidos a la ley. Otra cosa es que Mas triunfe en el empeño compartido con el resto de los políticos de la tribu nacionalista catalana, que es llevar al límite la desafección entre los ciudadanos de esa Comunidad con el resto de españoles. Pero, para independencias hace falta más que Mas. Hace falta que España sea menos.

Y ahí viene el quid de la cuestión. La estrategia nacionalista siempre ha sido la exageración de sus capacidades frente a la impotencia de sus interlocutores estatales. Quien más y quien menos de ese grupo lo ha dicho, y, desde luego, el hoy Honorable no lo ha ocultado.
Mas necesita capacidad de negociación para arañar pedazos de Estado. Y lo que más teme en el mundo es un Gobierno sólido en La Moncloa. Por eso se ha quedado encantado con el actual gesto de sumisión de Montilla, al jalear a su debelador. Con la peculiaridad de que los compañeros socialistas del defenestrado Muy Honorable (¿dejan de tener honor cuando pierden la Presidencia, por cierto?) se han quedado encantados por apoyar al nuevo gobernante, por si éste les ayuda en su agonía.

Mas y Zapatero no se podían ver. El primero desconfiaba tan radicalmente del segundo que daba por imposible todo pacto. Pero a ambos les unen intereses comunes, y eso es la política, la administración de los intereses. A Mas le tienta auxiliar al zapaterismo por si mitiga su derrota ante el PP, aunque pueda pensar que el PP es más fiable que Zapatero. Y éste aún sueña en una remontada que le permita organizar otro Gobierno en minoría con la alianza con los nacionalistas de CiU y del PNV. Y Montilla ya ha entregado la espada, luego sólo quedaría que la rindiera Pachi López, pero eso sería pan comido, teniendo en cuenta que el camino de la traición ya ha sido trazado.

Mas está aterrado por una mayoría absoluta del PP. Y si él lo teme, es posiblemente porque sea buena para España, en plena crisis política, económica e institucional. Porque cada Gobierno en precario, y el caso de Zapatero ha sido paradigmático, abre más la caja de Pandora del desmoronamiento nacional. No por confrontación directa, sino por muerte dulce. Y ahí se puso el educado Mas con su “¡Dios no quiera que gane el PP por mayoría absoluta!”.

En fin, no se sabe si Dios es nacionalista, pero sí se sabe que Mas quiere adversarios drogados en el ring, por si le ponen un ojo morado pese a sus exquisitos modales, a su enorme cortesía.

No sé si sería pedirle demasiado, pero la buena educación no es incompatible con la Constitución. Y no tanto en su sentido coercitivo, sino moral, como proyecto de convivencia colectiva de los españoles.

No hay que desesperar aún, sin embargo. Tal vez el contacto con la moqueta presidencial haga de Mas un político menos en campaña, pues parece que sigue en ella, y más posibilista. No para perder sus sueños, pero sí para dejarlos para un futuro indeterminado, cuando el problema no sea la separación de Cataluña y España, sino la independencia económica de Europa respecto a China, por un suponer.

Al educado Mas se le puede decir educadamente que no. Eso lo entiende cualquiera con buenos modales.
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