22 de septiembre de 2021, 19:15:22
Opinión


Telón de fondo de una efeméride trascendental

Víctor Morales Lezcano


La fascinación por celebrar una efeméride histórica, supuestamente cargada de intensidad distintiva, es una manifestación del estilo de los tiempos que corren.

En España, ha venido sucediendo así de manera ostensible desde la celebración de los fastos de 1492, hará pronto veinte años. Ahora se nos aproxima, con velocidad vertiginosa, el imperativo de otra celebración: la que remite al “desembarco” en 711 de algunos pueblos procedentes de la norteafricana Berbería en la Península Ibérica. (Desembarco, a propósito, fue el término que muy gráficamente utilizó Claudio Sánchez-Albornoz para subrayar un acontecimiento definitorio del perfil histórico que connota el mundo hispano a lo largo de la Edad Media).

En rigor, el año 711 fue un pistoletazo de salida audible en las cuatro esquinas del orbe mediterráneo del siglo VIII, particularmente en la cuenca occidental de ese mar entre tierras, tales como los actuales países integrantes del Magreb central (Túnez, Argelia, Marruecos) y del ámbito europeo de la latinidad (Península Ibérica, sur de Francia e Italia meridional, particularmente Sicilia).

Todo el transcurso de la Edad Media en España estuvo marcado por el Islam interior que se asentó y se proyectó secularmente en tierras peninsulares. Entre 1212 (Navas de Tolosa) y 1492 (conquista del reino “moro” de Granada) fue culminando el proceso lento de la Reconquista cristiana en los condados y reinos españoles. Secuelas del pulso enriquecedor que supuso la pugna cristiano-musulmana en las tierras de la Península Ibérica fueron el enfrentamiento hispano-turco en aguas de Lepanto (1571) y la expulsión final de las bolsas de población morisca (1609) que logró sobrevivir hasta los albores del siglo XVIII en reinos de España, como Granada, Aragón y Valencia.

Desde entonces, la civilización cristiana no ha dejado de pensar -con frecuencia, imaginarse- la civilización árabe-islámica. La reflexión visionada de ese Oriente (en España, muy interiorizado, aunque un tanto oculto hasta hace un par de decenios) ha oscilado entre el historicismo sesgado, a veces, la sublimación de género orientalista, y, con más frecuencia en nuestros días que con anterioridad, la percepción de una vecindad “amenazante” para el mantenimiento del statuo quo internacional concebido por el hemisferio occidental. A la etapa de la afirmación colonial europea en el orbe árabe-islámico -entre otros-, ha sucedido una fase de “revuelta árabe” recidiva a lo largo del siglo XX, que habría culminado -según algunos profetas del pasado- con el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001. Las prevenciones del orbe cristiano con respecto al Islam, árabe, turco-otomano, o persa, se han ido metamorfoseando en antagonismo, maquillado de “buenismo” aliancista. De otra parte, la exacerbación de los activistas -dichos guerrilleros de la fe musulmana- no hace sino contribuir al ahondamiento del abismo entre los referentes en juego.

En España, la difícil convivencia hispano-marroquí, en torno a las aguas del estrecho de Gibraltar, sería la ilustración local de tensiones poscoloniales, no exentas, empero, de paréntesis conciliadores entre los dos orbes. Tanto unas como otros son comprobables a lo largo del eje mediterráneo y en los retropaíses del Levante oriental, a la espalda del monte Líbano, en Mesopotamia y allende el mar Rojo.

La cuestión palpitante en este primer decenio del siglo XXI radica en saber qué tipo de convivencia es la mejor -y posible- para construir un horizonte animado por un diálogo entre culturas permanente, protagonizado por el mundo euro-americano y el Oriente musulmán, desde el cabo Espartel hasta alcanzar, al menos, las mesetas de Irán.

Saludemos, pues, la próxima efeméride de 2011; reconociendo la importancia histórica del Islam en la cuenca del Mediterráneo con aprecio fundamentado, pero sin concesiones a la galería de estereotipos que han proliferado con cierta desmesura de unos años a esta parte.

No es necesario enfatizar las glorias de la civilización árabe-islámica, ni ser presa fácil de lo que Menéndez Pidal calificó de maurofobia hispana. Se corre un riesgo infinito cuando una sociedad sopesa de modo tan bipolar el esplendor y la miseria de un referente histórico lejano, pero no ajeno.

El estudio y el análisis del Otro es tema arduo. Exige rigor intelectual y sensibilidad actual de ambos términos, supuestamente encontrados.

2011 es fecha-aniversario a la que el conocimiento y el saber de formación arábigo-orientalista en España debe de conferir su justa dedicación. Nobleza obliga.
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