14 de diciembre de 2019, 18:25:34
Los Lunes de El Imparcial

crítica


Jeff Kinney: Diario de Greg. 4: Días de perros


Jeff Kinney: Diario de Greg 4: Días de perros. Traducción de Esteban Morán. Molino. Barcelona, 2010. 218 páginas. 15 €


Cuesta mucho hacer reír. A lo largo de mi vida literaria he vivido toda clase de emociones con los libros, pero la de la risa espontánea, a carcajadas e incontenible, es algo que se da muy de cuando en cuando. Una cosa es una sonrisilla cómplice o un ligero regocijo interno. Pero lo que es mondarme de la risa, me cuesta. Pues bien, lo primero que voy a decir en esta reseña es que con Diario de Greg. 4: Días de perros, me he reído mucho. Algunos de los pasajes de esta “novela bastante ilustrada” –genial advertencia– son auténticas gemas del humor. Y aseguro a quien lea esta crítica y tema encontrarse ante un adulto con regresiones infantiles, de esos que han encumbrado a Bob Esponja como personaje clave de la posmodernidad, que se equivoca. En general, huyo de lo infantil con guiños al público maduro. No siento ninguna nostalgia de Disney y el último gran largometraje de la factoría de Mickey que me tragué en el cine fue El Rey León, así que echen cuentas.

Pues bien, una vez puestas las cartas sobre la mesa, puedo decir sin levantar sospechas que las historietas de Greg no son falsa literatura infantil con ínfulas adultas. Es simplemente un conjunto de libros desternillantes, originales y con mucha retranca, que, si bien tienen como claro target al público infantil, también están hechos para hacer pasar un buen rato a sus tíos o hermanos mayores.

Al fin y al cabo, algo tiene que tener Greg para que sus aventuras hayan conquistado, desde su primigenia versión on-line, a millones de personas en todo el mundo. Para que su creador, Jeff Kinney (Maryland, 1971), entrara el año pasado en la lista de personas más influyentes de la revista Time. Y para que el todopoderoso Hollywood se haya decidido a llevar sus historias a la gran pantalla, en un film que llegará a nuestro país el próximo mes de marzo. Y la verdad es que, después de leer la cuarta y hasta ahora última entrega impresa de su diario, Diario de Greg 4: Días de perros, uno entiende mejor a qué viene tanto revuelo. La literatura infantil siempre se mueve en un terreno pantanoso. O bien nos encontramos con personajes insoportablemente cursis –especialmente los destinados al consumo femenino–, resabiados o simplemente inaguantables, o con otros que se van al extremo opuesto, es decir, que pecan de un excesivo afán de escandalizar y de romper con las supuestas ñoñerías infantiles; todo lo cual acaba teniendo, como frecuente resultado, historias repulsivas en el sentido más literal de la palabra.

La gracia de Greg reside, lisa y llanamente, en que se acerca mucho a un niño de verdad, de los que existen hoy en día, perdiendo el tiempo en videojuegos y divagaciones acerca de lo absurdo del mundo que les rodea. Un niño bastante espabilado y con una retranca muy divertida, pero niño al fin y al cabo. Con esa lógica aplastante que, acompañada con unos esquemáticos y geniales dibujos, provoca carcajadas reales –siento insistir tanto en ello, pero al fin y al cabo, la risa es un argumento de lo más tentador–.

Los padres de Greg son el ejemplo perfecto de esos progenitores tan bienintencionados como confundidos, incapaces de entender que su hijo de doce años prefiera pasarse el verano jugando con la playstation en el salón de casa que en la piscina municipal. Su hermano Rodrick, un salvaje de 19 años, líder de la banda heavy Cerebros Retorcidos, no deja de hacerle la vida imposible, como toca a todo hermano mayor. El mejor de la familia, el que, no obstante de pasar casi desapercibido, provoca las mejores reflexiones de Greg, es el pequeño Manny, un bebé que sabe sacar todo el partido a su tierna condición, engañando a todos menos, por supuesto, a su hermano mediano. Pero mi personaje favorito es, sin duda, el inocente Rowley, el mejor amigo de Greg, quien genera las escenas más desternillantes del libro. Mientras Greg aspira a llegar a ser algún día un personaje cool y admirado –de hecho, escribe el diario pensando en el día en que llegue a ser famoso y éste sea, quizá, una pieza imprescindible para sus admiradores–, Rowley no puede –ni quiere– soltar lastre de su condición de adorable pringao. Greg mantiene una relación de amor-odio con este alma cándida que aguanta y participa estoicamente de cuantos planes disparatados salen del maquiavélico cerebro de su gran amigo.

De veras, si no sabe qué regalar estas Navidades a su hijo, sobrino, nieto u otro ser o familiar semejante, para apartarle del ordenador, le recomiendo las aventuras de este cínico preadolescente que se define como una “persona de interior” (indoor), mujeriego y futura estrella. Educar no educa mucho, pero al menos pasarán un buen rato. Y leyendo, ¡que no es poco!

Por Regina Martínez Idarreta
El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2019   |  www.elimparcial.es