9 de diciembre de 2019, 12:57:11
Los Lunes de El Imparcial

reseña


Dylan Thomas: La Navidad para un niño en Gales


Dylan Thomas: La Navidad para un niño en Gales. Ilustraciones de Pep Monserrat. Traducción de María José Chuliá García. Edición bilingüe. Nórdica. Madrid, 2010. 80 páginas. 15 €


El mundo del que Dylan Thomas habla en La Navidad para un niño en Gales era muy distinto al actual. A comienzos del siglo XX todo resultaba más sencillo, se vivía con menos agobios, con menos prisas, con gran unión familiar; pero en el fondo, esa vida y la de ahora siguen siendo idénticas en lo fundamental, ya que los sentimientos humanos y las experiencias de infancia y adolescencia son similares y resurgen año tras año, bajo la nieve, al calor de la Navidad. Puede cambiar la forma: entonces no había ni ordenadores, ni Internet, ni avances tecnológicos (“Antes del motor de explosión, antes de la rueda (…) cuando montábamos a caballo sin silla”), apenas asomaba la sociedad de consumo, pero estas fiestas se vivían con el mismo fondo humano que subyace en la actualidad. Leyendo esta obrita de Dylan Thomas descubrimos que entonces todo sucedía con mucha pureza y naturalidad, pero con sentimientos idénticos a los que planean tras cualquier celebración navideña actual: familias que se reúnen, que se intercambian regalos, que comen y beben, que cantan y que son felices unidas al calor de la chimenea, mientras que los niños contemplan todo eso con su mirada todavía inocente, pensando en escapar a la calle para jugar en la nieve con sus amigos, fantasear y divertirse gastando bromas a los vecinos.

Lo que caracteriza este relato es la emoción lírica. Por un lado, Dylan Thomas recuerda, con la nostalgia inherente a cualquier pasado infantil, unos años felices, cargados de episodios entrañables, de anécdotas, de vivencias determinantes en la formación de cualquier niño. Y por otro, su prosa está dominada por el lenguaje poético: cuando un autor es poeta de verdad, no puede evitar demostrarlo escriba lo que escriba, aunque la obra sea tan menor como un relato en prosa destinado al público juvenil. Su descripción inicial de la Navidad irrumpe como una explosión de lirismo: “Las Navidades fluyen como una luna fría e inquietante que avanzara por el cielo que aboveda nuestra calle de camino al traicionero mar”. Y a continuación narra un curioso episodio que sucedió en Nochebuena, mientras nevaba –como siempre– y los niños esperaban pacientes la aparición de los gatos para tirarles bolas de nieve. Tras relatar el extraño incendio en casa de la Señora Prothero, cuyo final se omite, Thomas entra de lleno en el recuerdo de la auténtica Navidad de su infancia a través de un diálogo con otro personaje. Nieve, mucha nieve que dificultaba andar por las calles; carteros ateridos de frío, y regalos tanto útiles como inútiles. A su casa siempre iban sus tíos a cenar, a tomar el té y a cantar. Dylan salía algunas veces con sus amigos y gastaban ingenuas bromas infantiles, cantaban villancicos o fantaseaban con hipopótamos.

Las ilustraciones de Pep Montserrat están a la altura del lirismo del relato: con unos sobrios tonos marrones, ocres, grises, negros y blancos pinta los momentos claves de esa Navidad con mirada de adulto que recuerda su niñez, de ahí que le otorgaran el Premio Junceda 2008.

Sin duda, la lectura de este libro es muy recomendable para estas fechas porque genera una nostálgica sensación de entrañable felicidad: ese sentimiento auténtico que nos invade a muchos por Navidad.

Por Julia María Labrador Ben
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