22 de septiembre de 2019, 14:01:17
Opinion


De fronteras y sinvergüenzas

Álvaro Ballesteros


Empiezo mi primera columna de 2011 escribiéndoles desde los Emiratos Arabes Unidos y citando al maestro Pérez-Reverte con la idea de que cada vez es más dificil saber (viendo lo que hacen nuestros gobernantes) “cuál es la frontera que separa a un analfabeto de un sinvergüenza”.

Quedan aún en el aire, para los que nos dedicamos a este campo tan complejo e interesante de las relaciones internacionales, los restos del oleaje levantado por las declaraciones de la Ministra Trinidad Jiménez en sendas entrevistas publicadas el 26 de diciembre en los diarios ABC y Público, en las que la valedora de Zapatero volvía a dejarnos boquiabiertos al reincidir en los parámetros principales de su visión del mundo que nos rodea.

Así, la Ministra Jiménez nos regalaba una serie de perlas referidas a Oriente Medio, Cuba y el norte de Africa que no hacen sino reforzar la convicción de muchos de que esta señora tan sonriente no está en absoluto capacitada para afrontar los exigentes desafíos que España tiene ante sí en materia de política exterior en este 2011 que acabamos de iniciar. Algo extremadamente relevante para nuestro país en la durísima coyuntura en la que nos encontramos, ya que del tipo de Política Exterior (ahora con mayúsculas) que despliegue nuestro gobierno depende en gran parte nuestra capacidad nacional para recuperar una posición internacional de peso, que haga que España sea un actor internacional a tener en cuenta, y que facilite al mismo tiempo nuestra recuperación económica. Parece cada vez más claro pues que el actual gobierno ha dejado esta cuestión pendiente para el próximo Ejecutivo que salga de las urnas en 2012.

Como les comentaba, en sendas entrevistas, la Ministra Jiménez dice que “cree que en 2011 se darán las condiciones necesarias para que se pueda reconocer el Estado palestino, si no en el conjunto de la UE, en un buen número de países”. Da a entender nuestra Ministra de Exteriores que España sería uno de esos países que reconocerían la independencia palestina en 2011, sin importarle mucho que este nuevo caso de reconocimiento parcial dentro de la UE suponga otro claro ejemplo de la incapacidad europea para ponerse de acuerdo entre los 27 a la hora de desarrollar una acción exterior conjunta. No estaría del todo mal si nuestros líderes en la UE pudieran echar por un momento el freno de mano y recapacitar antes de seguir metiéndose (y metiéndonos) en semejantes berenjenales, que nos hacen quedar a la altura del betún de cara al mundo.

Dice también nuestra Ministra de Exteriores que en el tema del Sáhara Occidental, una vez más, el gobierno español “desde el principio ha estado al lado de las partes para ayudarlas a encontrar una solución en el marco de las Naciones Unidas, pero España no es parte del conflicto y no puede tomar una decisión”.

Coincidirán conmigo en que es fascinante la capacidad de este gobierno para decidir en qué asuntos es y no es parte, para emitir comunicados contradictorios sin sonrojarse, para hacer referencia a la ONU según les convenga, y para eludir responsabilidades históricas innegables hasta hoy. Parece que los miembros de la administración Zapatero se dirijen a la opinión pública española como si estuviesen en un mítin político eterno, en el que los que lanzan consignas al auditorio pueden decir lo que les salga de los mismísimos sin miedo alguno a que nadie les contradiga, los deje en evidencia o les asalte con una andanada de preguntas a las que nuestros gobernantes difícilmente podrían responder sin antes caerse del burro de su arrogancia por el peso de su vergonzante y vergonzosa incoherencia.

O sea, que según Jiménez, en el tema del Sáhara Occidental (donde según la ONU, la historia y el sentido común) España es parte como antigua potencia colonial con la obligación de proteger los intereses del pueblo saharaui hasta que éste decida libremente su estatus en un referéndum de independencia que se demora ya más de 30 años, nosotros no somos parte. Sin embargo, en el tema de Palestina, donde España no tiene ninguna responsabilidad histórica ni legal ni política (más allá de pretender ser un miembro coherente y responsable de la Comunidad Internacional con interes en que palestinos e israelíes alcancen la paz, a pesar de llevar decadas donando millones de pesetas y euros del contribuyente a la Autoridad Nacional Palestina sin que sepamos bien para qué han servido), ahí sí que nos mojamos públicamente hasta el punto de que nos atrevemos a erijirnos en en abanderados de la independencia palestina, incluso a pesar de volver a romper la unidad de criterio en política exterior en el seno de esa UE que decimos querer consolidar. Alucina, vecina.

Y yo, tan pesado como siempre, me pregunto si no sería infinitamente más coherente que nuestro gobierno se mojase en el tema del Sáhara Occidental y dejase las diatribas sobre Palestina hasta que solucionasemos lo que tenemos en nuestro plato por ahora, que ya es bastante. ¿O es que ni interesa el tema del Sáhara Occidental ni la cuestión palestina, y todo esto no es más que otro montaje público “al estilo ZP” buscando efecto y queriendo polarizar aun más a la opinión pública española? O sea, que abandonar al pueblo saharaui a un presente y futuro de ocupación y violaciones de los derechos humanos por parte de Marruecos es aceptable y progresista; pero sin embargo, nuestro gobierno no puede tolerar ni aguantar ni un día más que Palestina no sea un Estado, por lo que España ha de ser uno de los primeros miembros de la UE que hipotéticamente la reconozca como Estado en 2011, con la que está cayendo. ¿O será que detrás de todo esto no hay más que la intención de volver a polarizar a los españoles, intentando separarlos entre pro-israelíes de derechas (malos) y pro-palestinos de izquierdas (buenos)? Una dicotomía tan falsa, mezquina y analfabeta como todas las propuestas por Zapatero desde 2004. Una dicotomía que solo busca fracturar aun más al cuerpo político de la Nación y arañar votos entre un electorado confuso con consignas tan irresponsables que deberían estar por completo fuera de la política española desde hace ya mucho.

A mí, personalmente, me deja boquiabierto lo de que la Ministra Jiménez salga ahora con lo del tema de Palestina. No tanto por lo del apoyo al Estado palestino (que muchos llevamos años defendiendo como algo justo y necesario), sino por todo lo que implica lo que la Ministra dice, cómo lo dice, y sobre todo cuándo lo dice. Tal vez ignora doña Trinidad que desde que Ismail Haniye y Hamás se hicieron con el control absoluto de la franja de Gaza, imponiendo un régimen de terror político para los no-partidarios de Hamás y provocando una ruptura intra-palestina casi irreconciliable dentro de los territorios que englobaría ese Estado palestino al que se refiere la señora Ministra, el proyecto de conseguir un Estado palestino está en una de sus horas más bajas y complicadas. Y todo ello a pesar del apoyo de la administración Obama a dicho Estado palestino y a pesar de los esfuerzos internacionales por apuntalar tanto a la administración palestina en Cisjordania como al exhausto Presidente de la ANP y líder de Fatah, Mahmoud Abbas. En fin, vecina, para seguir alucinando con las salidas de doña Trinidad y con los posicionamientos (y las cortinas de humo) del gabinete Zapatero.

También lo flipo (con perdón) con la constante mención que hace este gobierno del término “diálogo”, que tanto manosea el dúo Zapatero-Jiménez. No vendría mal que alguien les explicase en la Moncloa que el “diálogo” por sí solo no va a cambiar la realidad sobre el terreno en el conflicto israelo-palestino, ni en la Cuba sometida a la dictadura castrista desde 1959, ni en el antiguo Sáhara español (para que digan que no somos parte) ocupado y expoliado por Rabat. Y no lo hará porque el tan traído y llevado “diálogo” aun siendo instrumento esencial para que las partes acuerden cuáles son los puntos que los unen y cuáles los que los separan, no es suficiente de por sí para coser rotos de este calibre. Para ello hace falta mucho más que “diálogo”: hace falta valor político, credibilidad, liderazgo, capacidad de compromiso y de perdón, visión de futuro y deseo de convivencia. A ver si se enteran por fin en el PSOE de que el “diálogo” como tal no implica que todos esos factores esenciales mencionados existan, y ni mucho menos puede cubrir su ausencia si todos estos faltan. Que se lo digan al pueblo español y especialmente a las víctimas del terrorismo, enfrentados a ese mundo de ETA con el que no hay nada que negociar. Que se lo digan a tantos y tantos actores en mil conflictos en cada rincón del mundo. Multitud de conflictos enquistados por generaciones, esperando a que llegue un Zapatero cualquiera a remediar la situación con su “diálogo”, y en solo seis meses. ¿No era eso lo que nos contaban en 2004?

Lo más dramatico en nuestro caso, una vez más, es que desde el día en que Zapatero tomo posesión de su cargo, nuestro (des)gobierno y muchos conciudadanos confunden la parte con el todo: el diálogo, la foto y el titular de prensa con la solución a los conflictos; el sentarse en la misma mesa con el coser rotos históricos que afectan a generaciones y que requieren mucho más que eslóganes para ser superados. En fin, es la diferencia existente entre el legado de hombres de Estado como George C. Marshall (por poner un ejemplo esencial en la historia europea), y el legado de personajes como Moratinos, Jiménez o el mismo Zapatero. ¿A que no hay color?

Y ya nos podemos imaginar lo que nos va a regalar Trinidad Jiménez en los próximos 18 meses que nos restan de esta legislatura en la que la frontera entre analfabetos y sinvergüenzas parece tan difícil de discernir. Humildemente, espero que al margen de siglas partidistas, un nuevo modo de hacer política y de ver el mundo se asiente pronto en la Moncloa para que políticos de tres al cuarto como los que nos gobiernan hoy dejen de darnos la bara con diatríbas y titulares de este tipo, y para que quien aquí les escribe hoy pueda dejar de darles a ustedes la lata con sus escritos semanales. En este 2011 que acaba de comenzar, no debemos perder la esperanza de perder de vista pronto tanto a los primeros como a los segundos. Felíz año nuevo, de corazón.
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