6 de mayo de 2021, 20:13:37
Opinión


Un año nuevo sin tregua

Enrique Aguilar


Vistas desde Buenos Aires, da pena pensar que estas fiestas de fin de año se haya vivido en un clima social tan exasperante. Cortes de rutas y avenidas, falta de energía eléctrica y combustible, congestiones de tránsito que convirtieron a la ciudad en un pandemonio, cajeros automáticos “momentáneamente inhabilitados para extraer dinero”, predios públicos y privados ocupados por familias indigentes, impresión generalizada de un Estado ausente, precios por las nubes…

El gobierno insiste en que se quiere crear una “sensación” de caos. Todo, a su juicio, parece reducirse a “sensaciones”: la inseguridad, la inflación rayana en el 30 %, la pobreza estructural, el déficit alimentario, la corrupción ilimitada…, flagelos ninguno de los cuales serían reales mirados desde la óptica oficial.

Así está la Argentina de hoy. Ciertamente, tampoco resultan ser una “sensación” las imágenes de los centros comerciales atestados de gente, ni las plazas turísticas colmadas en su capacidad, ni el record de ventas de automóviles o el crecimiento mayor al 8 % gracias principalmente a la explosión de la soja. La Navidad, entendida como tiempo de recogimiento destinado a hacer nacer en nosotros algo nuevo, pasó en este sentido inadvertida: por el afán consumista de muchos y, en el otro extremo, por las condiciones de marginalidad que impidieron a otros tantos salir al encuentro de una interioridad literalmente desnutrida y desmoralizada.

Un mínimo de orden y concordia, un bienestar más extendido, una tregua al menos. Fantasías de verano que algunos alentamos para este 2011 que seguramente no nos encontrará mejores ni renacidos sino arrastrando los mismos vicios que hacen que nuestra política sea en gran medida reflejo de nuestra normalidad. Como la ocasión, en cualquier caso (como ocurre con todo año que despunta) resulta propicia para la expresión de buenos augurios, es de desear que esas ilusiones se materialicen siquiera en parte. Al fin de cuentas, como escribió Santiago Kovadloff, no debemos dejar de soñar con un país mejor. A no ser que queramos “que la decadencia administre la historia”.
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