12 de mayo de 2021, 6:23:57
Opinión


Piruchofas y pistachulines



El éxito de Adrià es uno de los logros culturales españoles más sólidos de los comienzos del siglo XX. Su camino, desde los inicios de El Bulli hasta la apertura del curso académico en Harvard en 2010, no ha sido igualado, por el momento, por ningún científico, político o artista de este país. Y no solo eso, sino que su conferencia despertó unas grandes expectativas en aquella universidad en gente sobre todo joven que venía desde lejos para hacer cola e intentar asistir al acto. La cocina, de repente, es elevada al nivel de la ciencia o el arte; el cocinero, al de gurú de la modernidad.

El Bulli, tiene un origen plenamente contemporáneo: nace como un minigolf en un lugar en el que una pareja checo-germana organizaba parrilladas; es bautizado “El Bulli” por la raza de los perros --bulldog franceses, no muy comunes en la España de la época-- de sus primeros dueños. “Bullebulle”, una palabra definida en el diccionario de la academia como “persona inquieta, entremetida y de viveza excesiva” podía también haber apadrinado a la criatura; es posible que le sirva ahora de ancestro espiritual. Quizá por su localización en el golfo de Roses, el restaurante recoge las esencias de la época: el origen turista y algo hippie con sabor a 2CV y a tarde en la playa en bikini; el olor del recluta recién licenciado de la mili que ve al elemento extranjero como una forma de ganarse la vida; los pinos de verano, los bocadillos indefinidos, el eco del destape y de la psicodelia. Por los años ochenta, Adrià hace su aparición y de su nueva forma de ver la comida nace un restaurante de temporada con carrocería de Citroen Mehari y motor de Apollo XII. El astronauta viste una bata blanca con lamparones, no lleva casco ni escafandra, y tras su silla hay un póster de una sueca chupando un Chupa-Chups.

A Adrià se le ha preguntado muchas veces por las razones de su éxito. Él --extraño cocktail, “morphing”, de Picasso y Dalí-- responde de forma sobre todo incoherente, y alega razones de lo más variadas. Nada claro y razones nada claras. Y quizá deba ser así, quizá todo éxito tenga un componente racional, explicable, y otro totalmente inexplicable, irracional, regido por el misterio. A Juan Benet le gustaba aplicar el concepto de misterio a la literatura, y quizá se pueda aplicar a otras cosas, incluidas las aceitunas y sus metáforas.

El contenido, el producto, la experimentación, el respeto y la irreverencia hacia la tradición, son todos conceptos que “bullebullen” alrededor de Adrià y sus entrevistas. Sin embargo, hay más y ese más son las puertas del misterio que acompañan a los nombres. El éxito exige siempre la creación previa de algo, pero esa creación no se completa hasta que lo creado es bautizado. El nombre, con su carga arbitraria y en consecuencia misteriosa, hará desde ese momento de tractor de un remolque que es el objeto en sí. La genialidad de Adrià reside en su capacidad de creación objetual pero también en su capacidad de bautismo. Solo hay que echar una mirada a la carta de su restaurante a través de la historia para descubrir “petit-fours”, “pequeñas locuras”, “morphings” (pequeñas tapas entreplatos para lavar sabores), piruchofas y pistachulines. Comer una “piruchofa” en El Bulli, no es tomarse un trozo de alcahofa pinchada en un palo en un restaurante de postín. Es algo más: una experiencia gustativa pero también conceptual que remite a la magia del lenguaje, a los ecos connotativos, en este caso alegres, locos, divertidamente infantiles. Y a la vez, de la mano de la “emulsificación”, de la “esferificación” gelificamos nuestro paladar en un laboratorio de la NASA de una película de humor. “Sé niño y come feliz”, parecen decirnos las palabras de El Bulli. Así hacemos, y lo reconocemos y pagamos por ello.

Antes de entrar por la boca, los oídos o los ojos, antes de “experiencializarse” y objetuarse, todo es lengua. Y el éxito de la cosa depende de la elección del bautismo. Teniendo esto en cuenta, ahora que estamos en una época en general de “des-éxitos” españoles, quizá convenga echar mano del diccionario y la creatividad y comenzar a cambiar de nombre las cosas. Quizá debamos empezar a bautizar y rebautizar. A “chupa-chupizarnos”, a “piruchofizarnos”, a convertirnos en “morphings” apetitosos, nosotros y los que nos rodea. A ver si nos convertimos en objetos suculentos de atracción. A ver si nos devoran. Y a ver si pagan mucho por ello y podemos salvar nuestas cajas de ahorro de la fosilización “anti-bulliana” en la que viven.
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