19 de enero de 2020, 1:19:43
Opinion


Las revueltas sociales en Túnez y Argelia

Víctor Morales Lezcano


Los últimos acontecimientos callejeros en el Magreb -la revuelta de los jóvenes tunecinos y argelinos durante la primera semana de enero de este año nuevo (2011)-, plantean de inmediato una serie de cuestiones-clave.

La primera y principal de ellas puede enunciarse como sigue: ¿cuáles son las “otras” causas de las revueltas que han sacudido las calles de Túnez (capital), Sousse, y Sidi-Bouzib en la vieja Ifriquiya (República de Túnez) de una parte; y de otra, las de Argel (sobre todo en Bab al-Oued o “barrio de las revueltas”), Constantina y Orán en la joven República de Argelia?.

“Otras”, decimos, porque la “causa económica” parece demasiado evidente en cuanto desencadenante de las protestas juveniles y del enfrentamiento con la policía urbana en cada una de las ciudades que se acaban de relacionar. Causa económica que está dañando con saña el bolsillo de las cohortes de población que se hacinan frente a la puerta del mercado de trabajo, hoy poco receptivo. Paro laboral y encarecimiento del coste de los artículos de primera necesidad son mecanismos que se retroalimentan en el Magreb peligrosamente.

Ahora bien, la memoria histórica de quien firma esta páginas le impulsa a recordar que en el Magreb central vienen repitiéndose cíclicamente revueltas urbanas por motivos de naturaleza “subsistencial”. O sea, crisis de subsistencias que disparan el precio de ciertos víveres imprescindibles al alza.

La falta de control sobre el mecanismo mercantil destaca con notoriedad en calidad de causa concomitante del encarecimiento de los artículos y bienes a que nos venimos refiriendo. El aparato ministerial, el procedimiento redistribuidor, la variable -implacable- de la oferta y la demanda y su reflejo en los precios, más la tendencia a la especulación desaprensiva por parte de los grandes -y pequeños- bazares, han debido concitarse en Túnez y Argelia desde hace unos meses para terminar por poner al descubierto la cólera popular, en tanto en cuanto el bolsillo de los desfavorecidos está siendo el barómetro que acusa el efecto de la presión del mercado sobre el común.

Sería, sin embargo, desorientador limitarse, constreñirse, a la clásica argumentación economicista, que tanto tranquiliza a sus devotos.

Sabemos que los Estados magrebíes que nacieron a finales de los años 50, y que se configuraron a lo largo de los decenios posteriores (1970’s-1980’s) empezaron a colidir crónicamente con sectores nacionales de la ciudadanía local descontenta; y no sólo cuando se les vaciaba la despensa, sino también cuando la arcas estaban vacías. De ahí que el aparato del orden público en el Magreb pasara a contener -e, incluso, a reprimir desconsideradamente- a los opositores más señalados contra el poder. En ocasiones excesivas, el ejército y la justicia actúan como si fueran cadenas de transmisión del espíritu “patriótico” de que blasonaron los herederos de la resistencia colonial “versus” las metrópolis europeas. En la picota más visible del exhibicionismo de la legitimación histórica de los regímenes poscoloniales estuvieron siempre aupados el Frente de Liberación en Argelia, el Palacio de Cartago (sede de la presidencia) en Túnez, y el tándem istiqlalí-socialista en el Reino de Marruecos.

No obstante la constatación del atrincheramiento de los Estados magrebíes ante el desafío de los retos sociales, étnicos (bereberes de Tizi-Uzu) y políticos (disidencias comunistas, si acaso las hubo), que se encadenaron durante treinta años, ello no impidió que dieran nacimiento, al aterrizar en los años 90, a organizaciones religiosas de inclinación islamista -como la Asociación “Justicia y Caridad” que todavía preside el cheikh Yasin en Marruecos; el Frente Islámico de Salvación (FIS), que tuvo en los líderes Benhach y Madani sus cabezas visibles; y “En-Nahda”, retoño tunecino del “revival” musulmán en el Magreb-. Estas organizaciones que nacieron al socaire de un Islam de base redentorista al tiempo que justiciero, estuvieron a punto de dar jaque mate al FLN argelino; alarmaron al establecimiento posburguibista en Túnez; y, por el contrario, se canalizaron hacia cauces más institucionales en el Marruecos que ha estado a horcajadas entre el conservadurismo rancio y la timidez del reformismo a partir de los últimos años del difunto Hassan II.

La amenaza que supuso el “revival” islamista en el Magreb de los años 90, no sólo alarmó a las oligarquías norteafricanas y las nacientes clases medias; sino que ha alarmado también a la Europa de Schengen; de la Conferencia de Barcelona (1995); del espacio monetario del euro (2002) y de la Unión para el Mediterráneo (2005). El espectro de una oleada inmigratoria norteafricana -reforzada con bolsas de trashumantes subsaharianos- deseando volar supersónicamente de la miseria al bienestar, se configuró con su peor fisonomía en el horizonte de una Unión europea que iniciaba entonces su fatídica carrera hacia la crisis de finales de 2007.

A la luz del bosquejo apresurado que acabo de trazar, la cuestión palpitante para las gentes de la calle y de los barrios populares reside en dilucidar si, una vez más, el Magreb está atravesando una mera etapa de protesta callejera puntual, o si, tras esas manifestaciones coléricas de descontento, no se oculta un sentimiento de hastío hacia las cúpulas políticas y militares, policiales y judiciales, económicas y energéticas (“fosfateras” en Túnez y Marruecos, “gasistas” y del combustible en Argelia).

La cuestión es, por tanto, compleja. No es nada fácil trascender del análisis de una situación dada -por muy en perspectiva que se la contemple- a prever el curso que tomarán los acontecimientos en presencia y las secuelas de signo múltiple que generarán -en este caso- unas revueltas callejeras protagonizadas por una juventud maltratada y por las fuerzas del orden magrebí.

Queda aquí esta reflexión -que no advertencia- sobre los sucesos norteafricanos que acaban de iniciar su desarrollo encadenado -desde el Cap Bon hasta ¿el cabo Espartel?. Por el momento, la contaminación no ha traspasado la frontera del río Muluya que señala fluvialmente la frontera argelo-marroquí. Pero todos hemos oído decir que “cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar”.
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