14 de junio de 2021, 3:55:39
Opinión


La cuesta de la soledad

Pepa Echanove


La cuesta de enero se haría más llevadera si además de las tediosas facturas llevásemos en la bolsa algún buen propósito y el anhelo de algo mejor para el año que acaba de comenzar. Entre tantos buenos deseos, me quedo con el de nuestros vecinos galos. El gobierno francés ha declarado la lucha contra la soledad gran causa nacional en el 2011. Alguien dijo que las contradicciones son lo que dan sentido a la vida. Pues aquí va una, y bien gorda: al mismo tiempo que se designa como ‘hombre del año’ al creador de Facebook _máximo representante de la aldea global virtualmente conectada_, los franceses vienen a reconocer pública e institucionalmente que la soledad, la indiferencia y el aislamiento afectan la vida de millones de personas independiente de que tengan una conexión a internet en su domicilio o en su oficina, y de que los Reyes Magos les hayan o no regalado el último modelo de teléfono inteligente. Todas las causas justas merecen apoyarse: la erradicación de la pobreza y del hambre, el SIDA o el Alzehimer, los desastres climáticos, la explotación de los niños, los malostratos…¡tantas batallas!. La soledad y la indiferencia que ésta conlleva existe de una manera dramática en el día a día de los enfermos, los marginalizados y los que son ‘diferentes’. Hay otras soledades que pasan inadvertidas, no menos importantes. La que pienso oportuno recordar y creo conocer un poco por haber vivido varios años en el extranjero, es la de los expatriados. En el que se marcha, en el que se va a vivir a otro país ya sea por voluntad propia o ajena existe siempre un pozo de soledad más o menos profundo. Otras lenguas, otras culturas, otras formas de vivir… El experimento de la adaptación es interesante y enriquecedor en todos los sentidos, pero siempre quedará un residuo de soledad, un precio que hay que pagar.

“Padece usted una de las dolencias más normales en el género humano: la necesidad de comunicarse con sus semejantes. Desde que comenzó a hablar, el hombre no ha encontrado nada más grato que una amistad capaz de escucharlo con interés, ya sea para el dolor como para la dicha. Ni aun el amor se iguala a este sentimiento.”… le dice un personaje a otro en un cuento del guatemalteco Augusto Monterroso. Quizá por ese deseo de buscar a nuestros semejantes es común que surjan grupos espontáneos de españoles en el extranjero. Ya sea en Helsinki, en Berna o en Estambul siempre acabamos juntándonos. En los últimos años algunos de estos grupos se han ido organizando de una manera más profesional, en gran parte gracias a internet, para desarrollar una verdadera misión de ayuda a la integración en el nuevo destino y de combate contra la soledad que muchas veces sentimos los que vivimos fuera de nuestro país. Me parece especialmente interesante el papel de numerosos ‘cónyuges a remolque’ (‘trailing spouses’, como ya nos han bautizado los sociólogos anglosajones expertos en temas de expatriación laboral), quienes en la sombra y desde la pura y simple empatía contribuyen con su dinamismo y su presencia a atenuar el malestar de la soledad. Lo importante es tener a alguien con quien hablar, aunque sea un dinosaurio mudo, plácido y minimalista como el de Monterroso: que siga estando allí cuando despertemos.
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