19 de noviembre de 2019, 19:37:42
Nacional

Desde otra orilla


En fila india, con las armas en el suelo y los brazos en alto



Así, y de ninguna otra manera, quieren los españoles que acaben los belcebúes de ETA. No hay, no hubo ni habrá otra manera que se compadezca con nuestra dignidad, con la memoria de las víctimas y con las exigencias de la ley y de la justicia. Ahora que hasta los terroristas han aprendido a manejar el ruido mediático, y seguramente de acuerdo con sus cómplices irlandeses y sudafricanos incluso traducen sus despropósitos al inglés, una vez más, sin matices ni circunloquios, sin mediciones sobre los adelantos o los retrasos o las comas o los puntos del más reciente de los vomitivos comunicados, la ciudadanía de este sacrificado país solo exige una cosa: rendición sin condiciones.

¿Cuántas veces tendremos que soportar todavía la casposa escenografía de los encapuchados con txapela profiriendo estupideces que solo en las enfermizas mentes de los que las escriben pueden aparecer como discursos políticos? ¿Hasta cuando estos descerebrados de la metralleta pretenderán que nos creamos las logomaquias de la autodeterminación, la territorialidad, el derecho a decidir y la superación del conflicto? ¿Cómo es posible que se crean autorizados a convertirse en los tuteladores del futuro del País Vasco y, en el fondo, de toda España? ¿Cómo es posible que unos asesinos borrachos de sangre e intoxicados con las fórmulas mas deleznables del recetario nacional-socialista pretendan perdonarnos la vida con la oferta de la enésima tregua, precisamente ahora, cuando las fuerzas de orden público les arrebatan pistolas y pistoleros y la ciudadanía solo les pide que desaparezcan por el escotillón de la mala historia?

Todo sin embargo es muy transparente. Los “hombres de paz” del batasunismo etarra han comprobado lo gélida que resulta la atmosfera bajo la influencia de la Ley de Partidos y a la intemperie resultante, sin subvenciones del parlamento vasco, sin concejalías, en la cárcel, y están dispuestos a retorcer los sucios morritos abertzales con pucheros de cocodrilo, y pretender que ellos siempre han querido la paz, y que abominan de la violencia, y que los malos son los de ETA, que no les hacen caso, y que ellos están dispuestos a seguir trabajando, por métodos pacíficos, en la solución del conflicto. A ver si cuela. Y por si acaso ya tienen preparados a los palmeros habituales, al tal Currin, a quien le falta tiempo para saludar con gozo como ETA cumple el guión que él mismo, teólogo de la declaración de Bruselas, había diseñado, a Gerry Adams, piadosamente ocupado de que Otegui, hermano en la sangre derramada, sea liberado de las obligaciones que la justicia le impone y salga de la cárcel, y los falsos inocentes que solo aventuran la insuficiencia del gesto pero no resisten la tentación de calificarlo como “paso importante debido a la política del gobierno” o como noticia esperanzadora “a la que el gobierno debe responder con generosidad y esperanza”. ¿Para volver a Loyola? ¿Para constituir la mesa de partidos que quiere ETA? ¿Para que los representantes del gobierno español vuelvan a hablar con los terroristas de Navarra, y de la autodeterminación, y de las excarcelaciones? ¿Para que alguien pueda pensar que esto del final del terrorismo es un proceso en el que solo los conocedores de las cloacas del estado pueden llevar a término, cueste lo que cueste, para que coincida, ¡oh milagro!, con las elecciones generales de 2012? Por no hablar de los que revestidos con clámide episcopal aseguran que “la sociedad española sabrá ser generosa”. ¿Con los asesinos, con los extorsionadores, con los secuestradores, con los matones, con la fea hez del vasquismo post peneuvista?

Lo que el infame comunicado de la tregua demuestra es que los pistoleros están derrotados, digan lo que le digan los bobos bien intencionados o los listos interesados, y su contexto recuerda una gran verdad: ha sido la solidez democrática del pueblo español y la contundencia de las fuerzas de seguridad las que, con errores y vacilaciones, cierto es, pero sin respiro a lo largo de casi cinco décadas les ha puesto de rodillas. Nadie comprendería que les dejáramos levantarse. Nadie comprendería que la Batasuna etarra, porque no es ni puede ser otra cosa, se presentara a las elecciones municipales. Nadie comprendería que los de la siniestra escenografía pseudo euskaldún se fueran de rositas. Nadie ya comprenderá que hagamos tanto caso a las declaraciones de los delincuentes. Rubalcaba –que tanta inquietud genera- ha tenido el acierto de expresar con pocas palabras la única que necesitamos: el fin. Tiene una traducción inglesa, muy cinematográfica, por cierto: The End. Seguro que hasta Currin y Adams la entienden. Y si no la pronuncian ellos la pronunciaremos nosotros. L a abrumadora mayoría de los que en España toda y en particular en el País Vasco estamos del lado de la libertad.
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