11 de abril de 2021, 14:39:57
Opinión


Presente y futuro

Francisco Jose Llera Ramo


Inauguro esta columna en un momento lleno de incertidumbres y zozobras sobre el presente, pero cargado de expectativas y oportunidades para el futuro o, al menos, eso quiero creer y me esforzaré en escudriñar. La conjugación de esas dos orillas de nuestro tiempo colectivo es la tarea que me gustaría realizar, surcando periódicamente el cauce por donde fluye el caudal de nuestro devenir cotidiano. Son muchos, quizás demasiados, los asuntos colectivos que condicionan, como nunca, nuestro bienestar y nuestras oportunidades vitales. Y tal condicionamiento resulta doblemente agobiante, después de habernos acostumbrado a privatizar la satisfacción de la mayor parte de nuestras necesidades y expectativas en un mundo, que creíamos definitivamente estable y de escaso riesgo colectivo. Con aquel presente de bienestar creciente el futuro no resultaba incierto e instituciones y actores definían un paisaje, que empezaba a resultarnos aburrido por estable. Creíamos que el riesgo de hipertrofia era para lo público, para el Estado y todo lo que desde él se gestionaba, y que el mercado era la garantía de eficiencia, innovación, oportunidades crecientes y, en definitiva, progreso continuado. Si los ilustrados habían entronizado a la diosa razón, sustituyendo a la creencia religiosa por nuevas creencias ideológicas, tenidas por más racionales y que han ido, poco a poco, secularizando nuestras maneras de pensar y de relacionarnos, los postmodernos, borrachos de racionalismo secular, hemos oscilado entre la entronización de dos superpoderes contrapuestos: el Estado y el mercado. Dos poderes cuya relación o balance se ha visto desequilibrada con el tiempo, por efecto de la globalización creciente. El predominio del Estado, de factura europea, se había ido imponiendo a lo largo del siglo XX y desde la gran depresión de los años 30, sobre todo, en Europa con su forma de Estado de Bienestar. Sin embargo y de forma larvada, el mercado ha ido ganando terreno a medida que el modelo norteamericano se imponía y los estados europeos se debilitaban por efecto de la titubeante y descompensada Unión Europea. Socialdemócratas y conservadores se han alternado en la gestión de este binomio de la mano de los neoliberales de una y otra orilla, sea en su versión social-liberal, sea en la liberal-conservadora. Por utilizar el símil futbolístico, si los segundos han jugado el partido en casa, los primeros han tenido que hacerlo fuera. El desenlace es bien conocido. Unos han impuesto sus políticas y los otros se han quedado sin política.

La gran paradoja de nuestro presente es que la voracidad especulativa que nos ha llevado a la crisis financiera global desde el corazón del capitalismo más neoliberal ha tenido que recurrir al salvavidas estatal para tratar de salir del agujero. Los Estados han tenido que endeudarse hasta las cejas para poder hacer frente al riesgo de quiebra de sus sistemas bancarios. La gobernanza atolondrada de este círculo vicioso se está saldando con una crisis fiscal que obliga a dietas drásticas de adelgazamiento de los Estados, sobre todo, en su componente de protección social y servicios públicos. Entre tanto, por un lado, los mercados siguen especulando con el endeudamiento público y ahogando a los Estados, especialmente en la zona euro, y, por otro, la política va vaciándose de contenido y el descrédito y el malestar democráticos crecen de forma preocupante. La crisis social está servida, amortiguándose hasta donde lleguen los precarios sistemas de protección social que puedan subsidiar a quienes se han quedado sin empleo o no pueden llegar a fin de mes. Hoy el sistema bancario situado en el epicentro del terremoto bate record de beneficios, mientras que la onda expansiva del mismo está dejando vacías de recursos y de políticas a los Estados salvadores.

La otra gran paradoja del momento es que, mientras las democracias más estables y consolidadas sufren, casi impotentes y sin alternativas políticas, las consecuencias del terremoto financiero y fiscal, la gran beneficiaria es la dictadura más grande del planeta, o mejor, su mastodóntico capitalismo de Estado. Y tal es nuestra indigencia material e ideológica, que no tenemos más remedio que rendirle pleitesía, tragándonos buena parte de nuestros principios éticos cuando pasamos por alto sus injusticias, la falta de libertades elementales y la violación sistemática de los derechos humanos. Son Son éstos, tiempos de hiperpragmatismo y real politics. Está por escribirse, por tanto, el desenlace futuro de esta auténtica revolución silenciosa.
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