25 de septiembre de 2021, 12:31:50
Sociedad

CON OTROS OJOS


Hartazgo de la política



Permítanme que, por una ocasión, empiece con un tono deliberadamente ingenuo, derivado de una confesión personal: creo que somos muchos (me refiero a los historiadores, filósofos, sociólogos y demás fauna del mismo pelaje) los que hemos experimentado desde que teníamos uso de razón un sincero interés por la res publica, los asuntos políticos entendidos como cuestiones de todos, que a todos nos afectaban y que, de un modo u otro, a todos nos comprometían. Dicho desde otro ángulo, desvincularse de esa preocupación por los temas colectivos constituía, a partir de esos principios, una frivolidad inaceptable para una persona consciente del tiempo y lugar que le había tocado vivir. Si a eso se le añadía la dimensión nacional, sobre todo para los que vivimos intensamente el tránsito de un sistema dictatorial a la democracia y el paso de una España más o menos “diferente” a un país plenamente integrado en el concierto europeo de los países más avanzados, la vocación política -no necesariamente práctica o militante- venía a ser un imperativo moral. Algunos dirían, aunque el término está muy desprestigiado por su uso torticero, una forma de patriotismo: en el fondo, por decirlo de una manera aceptable para todos, una suerte de compromiso ciudadano que se traducía en una voluntad de contribuir de alguna manera al progreso del país del que formamos parte.

Ya lo he dicho al principio y no me duelen prendas por reconocerlo ahora nuevamente e incluso enfatizarlo: en efecto, no cabe más ingenuidad en menos espacio. Pero aunque hoy en día se estila la pose contraria, considero que fuimos muchos los que pecamos por ingenuidad, pecado del que sería absurdo a estas alturas arrepentirse. Creímos en efecto en las ideas y hasta en las ideologías y, por extensión, creímos en los grupos, partidos y personas que decían representar y defender dichos principios. Eso no quería decir necesariamente que fuéramos tontos: no desconocíamos que la política -por muy altas miras que se proyecten- la terminan haciendo los seres humanos de carne y hueso, y que la carne -ya que la hemos mencionado- es uno de los elementos que más rápido se corrompen. Contábamos con eso, claro. Nadie pretendía que estuviéramos en un mundo perfecto, ni siquiera en el mejor de los mundos posibles, pero confiábamos precisamente por ello en que funcionarían los mecanismos correctores, los contrapesos institucionales, la división efectiva de poderes: ¡no en vano éramos demócratas y pretendíamos contribuir a la instauración en nuestra tierra de un auténtico sistema democrático!

¡Qué equivocados estábamos! Por lo pronto, vimos que conforme nos íbamos retrayendo ante un panorama cada vez más sospechoso, otros iban dando codazos a ocupar rápidamente las primeras filas. El asunto no pasaría de ser simple ley de vida (todo vacío, al fin y al cabo, termina por llenarse con algo) si no fuera por la particularidad de que el proceso adquiría todos los visos de ser una escrupulosa selección al revés: uno veía primero con cierto asombro y luego con resignación que los más preparados, los más templados, los mejores -por decirlo en una palabra- se iban retirando, más o menos decepcionados, y sus lugares los ocupaban los más arribistas, los más sectarios, los peores, para decirlo lisa y llanamente. Y esto sucedía no sólo en las altas esferas políticas, sino en todos los ámbitos en los que había que tomar decisiones o, para confesarlo sin ambages, donde se disponía de prebendas y de poder: en la universidad, en el sistema educativo en general, en la justicia, en la administración sanitaria, en los ayuntamientos y en todo cargo susceptible de manejar ese dinero de todos que, como “no es dinero de nadie”, quedaba al libre arbitrio del gestor. Y ya se sabe lo que pasa con el que parte y reparte: para él, la familia, los amiguetes y el partido.

Aunque sea una tautología o una verdad de perogrullo, no debe obviarse que, como decía por entonces un viejo amigo mío, el que dispone de poder antes o después lo usa y... ¡termina teniendo mucho poder! Me refiero a ese poder que en nuestros lares tiene un alto componente de arbitrariedad y que en la calle se expresa en unos términos genitales que aquí no voy a reproducir. En esas circunstancias, no digo atacar, ni siquiera criticar, sino simplemente discrepar del poder puede tener un alto coste para quien ose ejercerlo. Como no estoy hablando de oídas, sino de un proceso del que tuve múltiples experiencias personales, he de admitir que los que nos retirábamos lo hicimos en silencio, algo cohibidos por nuestra incapacidad para participar en esa peculiar versión de la “lucha por la vida” y, sobre todo, temerosos de que nuestra posible protesta fuera tildada de una forma de resentimiento por no haber alcanzado o mantenido el puesto del que ahora otros disfrutaban. Lo que contaba, a la postre, era que éstos tenían todos los resortes del poder y nosotros poco más que nuestra palabra, pero ni siquiera una tribuna pública desde la que argumentar nuestro particular “no es eso, no es eso”.

Como los procesos, por su propia índole, no son estáticos, esas tendencias han ido evolucionando o, mejor dicho, involucionando. Y así estamos hoy. Para los que dicen aquello de “¿cómo hemos podido llegar a esto?” la respuesta es muy simple: abra usted los ojos, señor mío, y mire como las cosas se han ido deteriorando día a día sin que se le haya querido poner remedio y a menudo sin que ni siquiera se haya querido reconocer el quebranto cotidiano. El caso de la enseñanza -el que mejor conozco por haberlo vivido desde dentro- es paradigmático a este respecto. ¡Y se habla ahora de salir de la crisis mejorando nuestra formación! Pero... ¡por todos los demonios!, si lo que se viene haciendo desde hace dos o tres décadas, día a día, es precisamente ¡todo lo contrario! ¿Cómo diantres quieren ahora de golpe y porrazo revertir una situación que ha ido generando de consuno la pereza y la ineptitud, por no decirlo en otros términos más gruesos, ante la abstención o la abierta complicidad de los teóricamente responsables?

Volviendo al principio, me reconocerán ustedes que el título de estas líneas está más que justificado para aquéllos que entendíamos la política, un poco al modo orteguiano, como el gobierno de los mejores. A estas alturas, miren por dónde, creo que podemos sentirnos orgullosos los que no podemos confesar en este aspecto otro pecado que nuestra ingenuidad. Pensábamos, sí, que nuestros representantes -por poner un ejemplo al alcance de todos- debían tener una mínima talla, intelectual, profesional o, si me apuran, personal. Cuando uno ve el plantel del consejo de ministros -con pequeñas excepciones- siente un poco de vergüenza de que su país se vea representado por esos políticos. No estoy hablando ya de ideologías, partidos o políticas concretas, sino de la indispensable capacidad que se le debe exigir a una persona que ocupa altas responsabilidades. ¿De verdad que no los hay mejores? ¿Cómo es posible que en el seno de las agrupaciones políticas no haya voces disconformes? Ni voces disconformes ni voces propias, porque la fidelidad perruna al líder parece ser la única forma de medrar. Y, así, en la cúspide, representando a España, ese líder que se distingue porque un día hace bandera de un proyecto y al siguiente del contrario sin que se sienta impelido, no digo que a la dimisión, sino a una reflexión o justificación de un calado superior a la mera adecuación coyuntural. El gran problema es que, si miramos al mundo y a la historia, nos encontraremos múltiples ejemplos de grandes naciones asfixiadas por una clase dirigente endogámica, inepta o venal. ¿Vamos camino de ser una de ellas?
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