21 de noviembre de 2019, 12:14:42
Cultura

ENTRE ADOQUINES


Felicidades a Plácido. Y que cumpla muchos más



Ahora que está tan de moda eso de la fuerza del pensamiento positivo, que aconseja a sus acólitos creerse un auténtico triunfador mucho antes de llegar a serlo, si es que al final lo consigue, llama poderosamente la atención que aún haya ilustres personajes, de más que demostradas capacidades artísticas y culturales, que hagan de la humildad la bandera con la que les gusta ser recibidos en cualquier lugar del mundo. Este es, sin lugar a dudas, el caso de Plácido Domingo, de quien siempre se habla de su inigualable voz y de sus más que probadas dotes de interpretación, pero bastante menos de la grandiosa calidad humana que parece brotar naturalmente de él y que irradia, mirando a los ojos y escuchando con profundo interés, a su interlocutor. Sea este quien sea. Y después de horas en el escenario, Plácido siempre tiene tiempo y energía para saludar a todos los que hacen cola a la puerta de su camerino esperando a que el tenor les firme un programa o se haga una foto con ellos. Uno a uno hasta que no queda nadie.

Resulta inútil y, además demasiado largo para una columna, volver a repasar todos sus logros, sus cifras de record o los premios y distinciones que se le han otorgado durante sus 50 años de carrera a lo largo del todo el planeta. Plácido se ha ganado todos y cada uno de ellos, y a estas alturas, por fin, callaron las voces que, durante la década de los ochenta y principios de los noventa, auguraban al maestro una corta carrera. Alegaban con pomposas y dogmáticas declaraciones que de tanto utilizar su prodigioso instrumento vocal, malgastándolo fuera de la ópera con tangos, rancheras o coplas, y de tanto ir y venir con el fenómeno de Los Tres Tenores, que cambió el mundo lírico hasta entonces asequible a unos pocos, su voz comenzaría a apagarse demasiado temprano. Hoy ha quedado felizmente claro que aquellos puristas que se llevaban las manos a la cabeza y criticaban el enfoque de su carrera, no podían estar más equivocados.

Plácido sigue a los 70 años subido a un escenario, pero no sólo se trata de eso. El profundo amor que siente por su profesión y la curiosidad innata que le mueve cada día, hacen que nunca se haya quedado confortablemente apalancado en un papel y que continuamente acepte nuevos retos para seguir creciendo personal y profesionalmente. También por esto se le ha criticado, porque cada nueva parte que se compromete en representar supone intensas semanas de ensayo que, además, ha de combinar con las obligaciones promocionales y sus otras ocupaciones, como la de dirigir la Ópera de Washington, meterse en un foso batuta en mano o seguir impulsando sus concursos para apoyar a las nuevas generaciones de cantantes y las causas humanitarias que nunca abandona. Por eso, vuelven las voces para clamar, ahora, que el maestro trabaja demasiado. Y él se defiende como lo hizo entonces, a su manera, sin molestarse, alegando que quienes de verdad trabajaban mucho eran sus padres, capaces de cantar cada día dos zarzuelas y después ponerse a ensayar las dos del día siguiente. Y en ese ambiente de sacrificio fue donde él creció, donde se forjaron los poderosos cimientos para construir al artista y a la persona que ha llegado a ser.

Mañana, el Teatro Real le dará un homenaje para festejar su 70 cumpleaños, una gala que pretende sorprender al tenor madrileño, que confiesa no tener ni idea de quien va a intervenir en la especial velada. Su familia en pleno ya está en Madrid para acompañarle en un acontecimiento que se retransmitirá en directo a distintos países de todo el mundo, con la capital como telón de fondo. Por algo, Plácido Domingo sigue siendo nuestro mejor embajador.
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