29 de enero de 2020, 16:37:42
Opinion


Incertidumbre en Túnez y suspicacias árabes

Víctor Morales Lezcano


Los acontecimientos que se desencadenaron en la localidad tunecina de Sidi Bouzid el 17 de diciembre de 2010, terminaron con el mandato del presidente Ben Ali en fecha 14 de enero del año en curso.

Se ha tratado de una eclosión popular colérica, protagonizada principalmente por la juventud del país (de la cual ¡el 72% está en paro!). Nadie pone en duda que el empecinamiento continuista de la Presidencia y de los ministros más torpes -y torvos- del gobierno Ben Ali (caso de Abdelaziz ben Dhia en Interior, sustituido -aunque en vano- por el liberal Ahmed Friaa), contribuyeron a la revuelta social multitudinaria que ahora está siendo denominada “la revolución tunecina”.

Tengo mis reservas al respecto, y las mantendré hasta que en el transcurso de los próximos meses se vea con transparencia si se logra descuajar la red funcionarial y depurar el tegumento civil de Túnez, de los más de tres millones de miembros y “simpatizantes” del partido constitucional democrático, justo el que ha sido el caballo de Troya del que desembarcó gradualmente la denostada oligarquía en el poder. Habrá que ver, además, si el proceso de saneamiento político sigue acompañado de fervor popular y es canalizado con inteligencia por los responsables de tal cometido. (Ya sabemos, por experiencia propia, que la tarea de un cambio es arriesgada y no siempre se remata con acierto).

Ahora bien, la revuelta social ha acabado en Túnez con un período político de su contemporaneidad lleno de luces y sombras al principio de su itinerario (1987-1995); y definitivamente, con un fin de “reinado” (1999-2010) indigno.

Sin necesidad de extrapolar el impacto del acontecimiento que se está comentando al mundo árabe-islámico en su totalidad, sí se impone hacer una consideración de conjunto relacionada con los países vecinos de Túnez; puesto que quien tenga conocimiento de los nuevos desequilibrios que están propagándose por el área del Mediterráneo -ayer Grecia, hoy Túnez, Israel en Gaza y el intento turco de desembarcar en la zona ocupada-, puede apercibirse fácilmente de los riesgos que supondría otro seísmo de consideración en el norte de África para el “statu quo” precario de nuestro “Mar entre tierras”.

En Argel, por ejemplo, la revuelta del barrio Bab el-Oued ha sido rápidamente ¿contenida?, ¿reprimida?, por los hombres fuertes del gabinete de Ahmed Ouyahi (general Amara Nadjib, incluido). Bouteflika consiguió mantener un perfil bajo durante la operación, y en cuarenta y ocho horas el poder impuso orden público en el turbulento barrio de la capital de Argelia.

De otra parte, el presidente Gadaffi ha vertido comentarios poco discretos -como es habitual en él- sobre la situación de cambio político que atraviesa Túnez, mientras que la opinión pública de Marruecos permanece subsumida en campañas oficiales, que se encaminan a la obtención de las “fronteras naturales” que viene añorando la dinastía alauí desde 1956 en adelante.

En cuanto a Egipto, topamos aquí con un bastión de la autocracia que parece complacer a Francia y a Estados Unidos, aunque no a millones de egipcios; y, mucho menos, si cabe, a la Liga de los Hermanos Musulmanes.

Es posible que el polvorín de Túnez encienda otras revueltas en el norte de África. No menos posible es la hipótesis de una prolongación “sine die” de los sistemas de poder presidencialistas o monárquicos en el Magreb, para tranquilidad de los países-miembro de la Eurozona, siempre recelosos de cualquier infiltración islamista en territorio norteafricano. Sin embargo, a la larga, no va a ser fácil en la era de la revolución informática en la que andan inmersos los medios de comunicación (“Wikileaks”, por ejemplo), poderse blindar contra las reclamaciones populares emanantes de la sociedad civil árabe-islámica actual. Éstas, o se encuentran ahora en su orto, o serán ahogadas en el nido.

Del éxito o fracaso de los acontecimientos que se están produciendo en Túnez, depende el futuro político-social del Mediterráneo. En particular, de su flanco occidental, tan próximo a las costas y a los intereses de Italia y España. Se impone seguir su curso en alguna que otra disquisición próxima.
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