12 de diciembre de 2019, 6:10:34
Opinion


New York. Oficina y denuncia

Concha D’Olhaberriague


Tiene que ser emocionante de veras ir en busca de ciertos documentos conocidos para completar un trabajo y toparse, por azar, con un manuscrito inédito o una versión primeriza, ribeteada de enmiendas, glosas y tachaduras. Un hallazgo así nos retrotrae, en cierto modo, al sinuoso y recurrente proceso de escritura, nos revela las vacilaciones del escritor, la línea de su ejercicio de depuración y pulimento; la postrera soba, que decía José Ortega y Gasset. Los libros publicados causan una sensación de quietud y fijeza ajena, a todas luces, al vaivén y la tensión inherentes a la creación poética.

Pues bien, eso fue, justamente, lo que le ocurrió, no hace mucho, a Christopher Maurer, profesor de la universidad de Boston y lorquista acreditado y serio, es decir, que se ocupa, ante todo, de estudiar la obra de Federico García Lorca, mejorar su edición y completar aspectos de su biografía interpretados, por lo general, a través de una lectura demasiado literal y restringida únicamente a los textos más difundidos.

Los pormenores del hallazgo del manuscrito original del poeta granadino los relató Blanca Berasátegui en el Cultural de El Mundo, donde se incluyó, además, una entrevista con el investigador americano. Luego, otros medios de prensa, españoles y extranjeros, se han hecho eco del suceso literario. The Guardian ha calificado la aparición de extraordinaria. No hemos de olvidar que hablamos del poeta español más leído de todos los tiempos.

Maurer está terminando un libro sobre la estancia de Federico García Lorca en Estados Unidos y Cuba. Debido a ello, emprendió un rastreo por internet, y, cuál no sería su sorpresa, cuando dio con la referencia de un manuscrito lorquiano inesperado en un archivo de música de la Biblioteca del Congreso, en Washington. Allá se fue con gran provecho. Lo que descubrió -afirma- le pareció fascinante y le encantó, por añadidura, hallar a Lorca, apreciable músico y pianista, en compañía de tantos compositores.

Se trataba, nada menos, del original a mano, con correcciones y tachaduras a lápiz que dejaban leer lo enmendado, del poema “New York. Oficina y denuncia”, perteneciente al poemario Poeta en Nueva York, que vio la luz póstumamente, en 1940.

El documento acabó en la magna biblioteca tras pasar por varias manos y una subasta y haber recorrido miles de kilómetros en un periplo desde las Canarias hasta los Estados Unidos.

Mas no piensen ustedes, amigos lectores, que escribo New York por capricho. El poema, en cuestión, no es póstumo. Fernando Vela, secretario de redacción de la Revista de Occidente por entonces, lo publicó en el Nº XCI, Tomo XXXI del primer trimestre de 1931 y a él está dedicado.

Junto a “New York. Oficina y denuncia”, hay otras tres composiciones, cada una con una dedicatoria diferente. El nombre de la ciudad está en inglés en el título y, en el interior, dos veces más; en lengua inglesa se lee, asimismo, en el original de la Biblioteca del Congreso y en cuantas ediciones -de México, Argentina y España- he cotejado.

No sé qué pensarán ustedes al respecto, pero yo no puedo dejar de ver una gran incoherencia en quienes eligen hablar en la prensa de una cuestión filológica y carecen, en cambio, de reparos para -o peor aún, no se percatan de lo improcedente que es- cambiar el nombre de una poesía. Haciéndolo, se perturba el ritmo de la composición, la medida, la sonoridad, la resonancia evocadora y la distancia.

Federico García Lorca se quejó con reiteración de las interpretaciones sesgadas y reductivas de su obra, culta, trabajada y rica. A Jorge Guillén le dice que le molesta que algunos lo tengan por poeta de los gitanos.

Y no le hubiera gustado, como es lógico, un descuido tal. Había puesto un gran empeño en este libro dedicado a la ciudad de los rascacielos, donde tuvo experiencias únicas, imponentes e indelebles; pero no las tenía todas consigo en cuanto a la recepción e interpretación de los futuros lectores. Vean ustedes cuáles son sus palabras y temores en una entrevista concedida de regreso a España, poco antes de marchar a Granada:

“Ya está puesto a máquina y creo que dentro de unos días lo entregaré. Llevará ilustraciones fotográficas y cinematográficas. Esos lectores que echan baba lujuriosa sobre La casada infiel, porque solo han visto en él la sensualidad, se encontrarán defraudados con Poeta en Nueva York, que es un libro sobrio, en el que la parte social tiene una gran importancia.”
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