22 de octubre de 2019, 17:00:13
Opinion


Promoción social de la salud

José María Zavala


Ahora que el Gobierno parece haber mostrado cierta sensibilidad y, por qué no decirlo, valor ante la cuestión de la salud pública, cabe preguntarse acerca del panorama general de esta cuestión: ¿Qué iniciativas públicas existen en favor de una vida saludable? «Prácticamente ninguna», podría ser la respuesta.

Y es que una vez más el Mercado nos aplasta con sus inapelables preceptos. No sólo los hábitos más saludables no cuentan con un apoyo suficiente, sino que además parecen promocionarse las alternativas más nocivas.

En materia de alimentación no hay por dónde coger el tema. La distribución de alimentos naturales, ya sean crudos o cocinados está totalmente desamparada. El comercio de comida industrializada y fast food compite de forma agresiva y desproporcionada: es significativamente mucho más económico tragarse una hamburguesa de alguna multinacional de la comida rápida que recurrir a un menú sano. Las grasas “trans” y el colesterol dominan dictatorialmente las opciones alimentarias de estaciones, universidades y cafeterías. ¿Alguien ha visto por ahí algún puesto donde vendan fruta para tomar sobre la marcha? Comer entre horas es un verdadero peligro teniendo en cuenta la oferta que nos rodea. Además, la venta de alimentos con garantías ecológicas, libres de pesticidas, hormonas, medicamentos, químicos varios y transgénesis no tiene nada que hacer ante la producción en serie de comida cuya ingesta conlleva a largo plazo dudosas consecuencias.

Otra cuestión es el alcohol. Por un lado, las alternativas a la cañita, el vinito, o el cubata dejan mucho que desear, ya que normalmente están monopolizadas por las grandes empresas de turno, que lo único que ofrecen es ingentes cantidades de azúcar y aditivos en diferentes formatos. Ante esta situación, la cebada o la uva serán siempre opciones más atractivas a pesar de su contenido etílico. Por otro lado, cuando la escala de precios favorece la ingesta de alcohol, las bebidas menos agresivas están en desventaja. En Alemania, los establecimientos siempre han de ofrecer una alternativa libre de alcohol más asequible que la bebida alcohólica más barata de la carta. Por no hablar de todas esas discotecas, cuya entrada oscila entre diez y quince euros, pero en compensación incluyen una consumición, que en la mayoría de los casos, por aquello de rentabilizar el gasto, consistirá en un combinado alcohólico. En general los modelos dominantes de ocio son insalubres hasta decir basta.

El deporte y el ejercicio tampoco es que estén suficientemente presentes a pesar de la evidente demanda social que existe. Ir a un polideportivo público no es suficientemente asequible y no es de extrañar que estén masificados por la falta de recursos. Las cajas tontas (en plural) son siempre una tentación ante las dificultades de saciar los deseos de evitar la atrofia muscular. Qué decir de los impedimentos a la hora de moverse en bicicleta, lo cual no sólo es un buen ejercicio, sino que además ayuda a disminuir el castigo al que someten a nuestros pulmones los vehículos motorizados.

Evidentemente todo esto no se reduce solamente a una cuestión institucional, sino que depende de la actitud social, cuya presión es la única que puede ayudar a cambiar la costumbre de curar por la de prevenir. El contexto urbano en el que nos movemos es increíblemente nocivo, tanto a nivel físico como psicológico. Y para combatir esta situación es necesario tener una perspectiva integral que abarque múltiples aspectos de nuestro día a día.
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