27 de septiembre de 2021, 17:36:04
Opinión


El previsible futuro político de Túnez

Víctor Morales Lezcano


Entre el 17 de diciembre de 2010 y el 14 de enero de 2011, Túnez ha vivido un mes de efervescencia social insólito en el mundo árabe; al menos desde que el nacionalismo de inspiración panárabe se difundiera con vigor en el Magreb entre los años 50 y 70.

Los medios de comunicación no han faltado a la cita con un acontecimiento que ha dado al traste con la prolongada dictadura presidencialista (1987-2011) de Zine el-Abidine ben Ali. Normal -y necesaria- agitación mediática en la que, sin embargo, hay, con frecuencia, falta de perspectiva y exceso de “wishful thinking”.

Por ejemplo, los rotativos suelen olvidar que el presunto modelo político de Túnez, tuvo en Habib Bourguiba un predecesor, el pilar del poder, indistintamente de las camarillas que con el paso de los años terminaron por desvirtuar la República. República que, recordémoslo, se abrió paso contra viento y marea entre 1954 (proclamación de autonomía para el Protectorado francés de Túnez) y 1956 (obtención de la independencia), siempre de la mano del “Zaim” o conductor del pueblo, Habib Bourguiba.

El presidencialismo es, por tanto, coetáneo de la existencia soberana de la pequeña nación norteafricana, que sirve de engranaje territorial entre el Mashreq u oriente egipcio, y Marruecos, occidente por antonomasia del mundo árabe-islámico.

Que el general Ben Ali haya abusado del presidencialismo hasta la inverosimilitud, es un largo, lamentable, apéndice histórico del Túnez contemporáneo, del que los responsables no son sólo los miembros conyugales de la familia Trabelsi y otros clanes asociados al Palacio de Cartago, sino también la resignación del pueblo y la duplicidad política de las potencias occidentales, con la Francia de la Quinta República a la cabeza, al haber enarbolado subrepticiamente aquello de que los regímenes autocráticos en el Magreb constituyen un dique de contención frente al riesgo de agitaciones revolucionarias de inspiración islamista. (Véase el cuadro de Argelia a lo largo de los años 90 del siglo XX, siempre bajo la “amenaza” del FIS).

La aceleración de los últimos acontecimientos en Túnez, hasta que Ben Ali y la farándula palaciega que le rodeaba han recibido asilo en Arabia Saudí, ha sido una demostración del rigor de las protestas y levantamientos sociales, que causaron tanto la pasión por dominar infundiendo miedo, como por el ejercicio de la codicia ilimitada.

“¡El rey ha huido, viva el rey!”. Es a partir de ahora cuando toca a Túnez adecentar su sistema de gobierno y sanear su mentalidad cívica; manifestándose alto y claro cuando el futuro gobierno de la República logre abrirse paso en medio del desconcierto que ha generado el vacío de poder dejado por la farándula del presidencialismo clientelista y depredador que gravitó sobre aquél país y que amparó hasta el final Ben Ali.

Algunas preguntas cruciales podrían formularse como sigue: ¿se abrirá camino en Túnez un período
de transición (lo menos dramático posible) hacia una democracia equilibrada que recupere lo mejor del legado bourguibista, aunque ajustada a las condiciones y circunstancias internacionales predominantes en el siglo XXI?. ¿Sabrán conducir los protagonistas del período de transición constitucional recién abierto en aquella República hacia un sistema de equilibrio de poderes, sin que el peso residual del presidencialismo clientelista y depredador al que se aludía, lastre el horizonte de las libertades que empiezan a avizorarse?. ¿Podrán las opciones de la oposición política contribuir a colmar las necesidades y anhelos del pueblo tunecino?. ¿Predominará, en el juego de aspiraciones a la Sucesión política, el Partido Democrático Progresista?. ¿Cómo se situarán, y qué efecto de arrastre tendrán opciones minoritarias como son la de los islamistas del proscrito “En-nahda”, la del relegado Partido Comunista de los Trabajadores, o la del febril Congreso Tunecino por la República?. ¿Cómo encarrilará el sindicato único (UGTT) la ola de reivindicaciones que están ya cursando los batallones de descontentos y agraviados, que inundan las calles y bulevares urbanos de la milenaria Ifriquiya?. ¿Qué función estabilizadora y pedagógica tendrán los foros y plataformas que emanan con prodigalidad de las sociedades que atraviesan situaciones críticas como las que se están viviendo con pasión e incertidumbre en Túnez?. Finalmente: ¿con qué apoyos exteriores contará el pueblo de Túnez en esta hora delicada de protesta enérgica contra el abuso de poder y el latrocinio de -y desde- el Estado que ha sufrido durante veintitrés años?. ¿Provendrá ese apoyo exterior de la administración Obama?; ¿o bien, surgirá ese apoyo de las filas avanzadas del mundo árabe que, también, puede estar acariciando la hora de la insurgencia justiciera y depuradora?.

Algunas otras cuestiones podrían encadenarse a las anteriores, pero temiendo pecar de truculento, me detengo aquí, por ahora, alentando a las gentes de Túnez a proseguir, sin prisa -ni febrilidad cegadora- pero sin pausa, su marcha por la senda emprendida en el transcurso de un mes que figurará con letras de molde en los anales de su historia.

En “Diálogos ribereños. II. Conversaciones con miembros de la élite tunecina” (ed. UNED, 2005), logré reunir a una pequeña plana mayor del pensamiento anti-autoritario, anti-sistema de Ben Ali. Los testimonios del malogrado Mohamed Charfi; del concienzudo historiador que es Abdeljelil Temimi; del egregio profesor y azote del Régimen, Mohamed Talbi; de mi entrañable amigo, el embajador Néjib Bouziri, y de otras tantas voces críticas, fueron, desde hace sólo cinco años, un clarín que hizo sonar el toque de desafío a que estaba ya predispuesta buena parte de la sociedad tunecina actual. Ha bastado que quebrara la economía para que se viniera abajo la autocracia, y los mastines de la policía que la custodiaban.

A partir del 14 de enero, y que lo retengan los círculos del poder en el norte de África, desde El Cairo a Rabat, “little Tunisia is a clarion call for a regional awakening”, en frase de Roger Cohen, columnista del “New York Times”.
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