16 de septiembre de 2021, 14:08:55
Opinión


La satisfacción del trabajo bien hecho

Rafael Núñez Florencio


Mirar algo “con otros ojos” es una frase hecha con la que solemos expresar una voluntad de comprensión y empatía que nos ayude a interpretar e incluso admitir lo que en un primer impulso tendemos simplemente a ignorar o repeler. Significa también, complementaria e incluso más primariamente, observar las cosas desde otro ángulo. La columna que está usted leyendo se acoge al antetítulo genérico de “Con otros ojos”, una expresión que simboliza en este caso la aspiración del autor -pero también la invitación a usted como lector- de contemplar la realidad desde una óptica, si no plenamente original, por lo menos un poco a trasmano de las vías más trilladas.

Preludio con esta consideración, bien pedestre por lo demás, porque nunca me había sentido tan al margen de lo establecido -entiéndase: de los vientos imperantes en el debate público- como a la hora de escribir esto que hoy me gustaría transmitirles.

El punto de partida de mi reflexión empieza con un tema de actualidad y unos titulares periodísticos: “La juventud española, condenada a jubilarse a los 67 años”. “Aumentan hasta los 38,5 los años de cotización para cesar la actividad laboral a los 65 años”. “La mayoría no podrá acceder al soñado retiro hasta los 67”. Todos ustedes lo habrán leído y probablemente habrán escuchado también múltiples análisis y evaluaciones variopintas acerca de la necesidad de reformar nuestro actual sistema de pensiones. Yo no soy experto en el tema y, por eso, no les quiero hablar de pensiones sino de trabajo. Podría decirse que, más que entrar al trapo del debate, me gustaría penetrar en el substrato del mismo.

Fíjense, no ya en el contenido, sino en el tono y hasta los términos concretos de esas noticias y comentarios, pues no son anecdóticos sino, por el contrario, sumamente expresivos, por lo menos para lo que me interesa señalar. Con esas formulaciones lo que se trasluce o reconoce abiertamente es que la actividad laboral se asemeja mucho a una condena, quizás a una penosa, interminable sentencia carcelaria, hasta el punto de que no me extrañaría gran cosa que se terminara hablando de cotizar cuarenta años y un día para acceder finalmente a... la libertad (¡perdón!, quise decir a... la jubilación). Ahora más que nunca, por cierto, habría que subrayar que ese “soñado retiro” -cito palabras textuales- se llama jubilación porque es el momento del júbilo (porque hemos cumplido ¡al fin! la larga penitencia que se nos impuso).

Pensaba, nada más releer estas últimas líneas, que me había excedido en el tono cuando, ya a punto de rectificar, veo la portada de uno de los grandes diarios nacionales con este inmenso titular: “Cotización perpetua”. En un país en el que habíamos quedado que uno de sus insondables problemas -no sólo de índole económica, sino política, sociológica y hasta moralmente- era y es la lacra atroz del desempleo (que, en el caso de los jóvenes, no está lejos de la vertiginosa cifra del cincuenta por ciento), resulta ahora que alargar un par de años el período laboral... ¡se presenta y se vive como una hecatombe! ¡Ahí es nada! ¡Ampliar hasta algo más de 38 años el período de actividad! Eso significa ni más ni menos que casi la mitad de nuestra existencia -contando grosso modo y por lo bajo la esperanza de vida en los ochenta- nos la vamos a pasar trabajando. ¿Adónde vamos a llegar? ¿Es que se puede llamar a esto “Estado del bienestar”?

¡Tanto hablar de “la crisis” y parece que no hemos entendido nada! ¡Tanto especular sobre el diferencial alemán para recaer ahora en la vieja noción bíblica del trabajo como maldición! ¡Tanta lamentación sobre la situación española en el contexto europeo para que resulte que nuestra aspiración auténtica sea trabajar lo menos posible y contar cuanto antes con la máxima pensión! ¿Y quién nos va a pagar ésta? ¿Los alemanes, el resto de los europeos? ¿Quien nos va a financiar este Estado del bienestar, este papá-Estado que nos ofrece generosamente educación, sanidad y pensiones, si nosotros mismos sólo pensamos en extender la palma de la mano para recibir, cada vez más y cada vez más pronto? Es curioso y sintomático que se haya instalado en España un estado de opinión tan frívolo.

Y congruente con todo ello es que uno de los máximos responsables políticos reconozca en un alarde de sinceridad que “no es agradable decir a los ciudadanos que trabajen más tiempo”. Claro, claro, ¿quien osa contrariar la opinión dominante? De ahí también que se acojan con fruición todas las medidas paliativas posibles: “cuidar hijos y ser becarios sumará hasta dos años de cotización”. ¡Por supuesto, bienvenidos sean todos los analgésicos! Uno querría creer que esto es cosa de unos pocos que hacen mucho ruido pero por desgracia las encuestas de urgencia no dejan lugar a dudas. Ante la pregunta de si “cree usted necesaria retrasar la edad de jubilación para mantener el sistema de pensiones” la inmensa mayoría contesta que no, ¡faltaría más...!

No puedo ignorar que hay trabajos insalubres, peligrosos, extenuantes, ingratos o que, por su propia esencia -el caso habitualmente argüido de policías o bomberos- requieren un retiro relativamente temprano. Pero la modernización en todos los órdenes y, en especial, la mecanización y la tecnología han ido reduciendo porcentualmente el peso de esas labores en el conjunto de las actividades de un país desarrollado. Para la inmensa mayoría de la población de un país que quiere ser moderno y puntero, la cuestión no es ésa, sino otra muy distinta. Asumir que sólo con trabajo, seriedad, dedicación y productividad se puede ocupar un puesto de relieve en el mundo que vivimos. Que nadie nos va a regalar nada porque nadie, ni siquiera nosotros mismos, podemos regalarnos nada si no estamos dispuestos a contribuir. El supuesto regalo -del Estado del bienestar- sólo puede ser el fruto de nuestro esfuerzo previo. ¿Cuesta tanto comprender esto? ¿Por qué nadie se atreve públicamente a sostenerlo y argumentarlo?

Decía Salvador de Madariaga que el español, en contraposición a sus vecinos europeos, piensa en la cosa pública en términos grandilocuentes: el ibero -como don Quijote- tiene grandes horizontes, ambiciona remediar los males del país en su conjunto; lo cotidiano se le antoja siempre de una pequeñez indigna de sus afanes y aspiraciones. En un sentido muy parecido se pronunció muchas veces Ramón y Cajal, contraponiendo a las típicas lamentaciones hispanas y a los alardes de grandeza, el patriotismo menudo del trabajo bien hecho. ¡Díos mío...!, ¿quién habla hoy en día de vocación, de esfuerzo, de sacrificio y perseverancia? Y sin embargo... No se trata tan sólo de retomar estas virtudes como elementos actuales y necesarios, sino de algo más primario y al tiempo más profundo, pues no se saldrá de la crisis actual con medidas simplemente técnicas. En pocas palabras, hace falta un profundo cambio de mentalidad: pensar más en lo que vamos a aportar y menos en lo que queremos recibir. Sin lamentaciones, arrumbando esos viejos estereotipos del hidalgo ocioso o del rentista como ideales de vida que hoy perviven en forma de picaresca, absentismo o simple pasividad. Tal y como están las cosas, se trata de una hercúlea tarea de educación, de ética y de pedagogía política. Si me permiten sugerir una directriz para todo ello, no dudaría en su formulación: buscar la satisfacción del trabajo bien hecho.
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