24 de septiembre de 2021, 8:47:32
Opinión


De Túnez al Cairo: se extiende la revuelta árabe

Víctor Morales Lezcano


“Little Tunisia is a clarion call for a regional awakening”: así sonaba la advertencia del periodista neoyorquino con que se cerró mi última columna de opinión en este digital.

El estado de rebelión espontánea en Túnez, ha sido motivado por la necesidad, de una parte, y por la indignación justiciera, de otra. Hora era ya de que un pueblo norteafricano se revolviera contra el autoritarismo sistémico. Por ejemplo, forzando a que el ministro de Justicia haya tenido que cursar a Interpol orden de detención de Ben Ali a causa de las decenas de millones de dólares depositados en la banca suiza.

Recuérdese, además, que desde hace tres semanas, el vacío de poder provocado por la fuga del clan Ben Ali ha generado un estado civil de desconcierto normal, al no haber sino un gabinete ministerial de emergencia, con un hombre de confianza del ex-presidente de la República a la cabeza, Mohamed Ghannouchi, y un jefe de Estado “ad interim”.

Esta provisionalidad pone en entredicho las relaciones sociales, cívicas, e, incluso, las exteriores, de Túnez en este memorable enero de 2011 -al menos en las calendas norteafricanas-.

La disyuntiva actual que prevalece en el país es aproximadamente como sigue: o “continuismo del antiguo régimen”, bautizado por las enseñanzas de Lampedusa (que todo cambie en apariencia, para que no cambie nada de lo esencial), o “formación de un gobierno de unidad nacional” que aglutine a los partidos políticos, foros y plataformas que lograron sobrevivir durante la larga travesía del desierto que caracterizó la vida de Túnez desde el último período del “reinado” de Bourguiba (1980-1987) y, a partir de entonces, a lo largo de la llamada “revolución no sangrienta” de Ben Ali (1987-2011).

Esta “alternativa integradora” de las diferentes opciones democráticas parece obedecer a la ley de la división por esporas, lo que acaece frecuentemente cuando se desploma un régimen autoritario. La necesidad de respirar en atmósfera de libertad -ese gran móvil de la revolución francesa, según Tocqueville- ha desencadenado aquella división, que si no se logra contrarrestar sabiamente, y a tiempo, puede tentar a algún grupo orgánico para orientar a su conveniencia y según sus perspectivas la rebelión (con visos revolucionarios) que se está desencadenando en Túnez un día tras otro.

He aquí, una vez más, la quintaesencia del toque de alerta que ha sonado en la milenaria Ifriquiya y para toda la región norteafricana.

Las reacciones europeas ante estos acontecimientos, tienen por común denominador (París, Bruselas, Madrid…) la inhibición diplomática, cuando no se han caracterizado por “resbalones” lamentables, como el que ha sufrido el gabinete Sarkozy en Francia al no apercibirse de que la caída de Ben Ali era muy probable desde hacía casi una semana antes de que el ex-presidente de Túnez emprendiera su fuga hacia Arabia Saudí.

En el Magreb, por su parte, la cautela y el “ars” simulatorio vienen inspirando el comportamiento del aparato gubernamental argelino y del “majzen” marroquí. Aunque haya cundido la alarma oficial, la población del tándem argelo-marroquí sólo da muestras de esporádicas señales -con frecuencia sólo individuales- del malestar público que arrastró a las gentes del Túnez urbano (Sfax, Kasserine, Gabès y la capital) hacia la situación interna que se ha descrito al principio de estas cuartillas.

Ahora bien, la liebre también ha saltado con manifestaciones callejeras muy visibles en todo Egipto. El Cairo y Alejandría, Ismailía y el entorno estratégico de Suez-Sinaí, parece que han entrado en estado de ebullición popular “contra” el longevo y casi omnímodo Hosni Mubarak. ¡Basta ya de presidentes vitalicios y de candidatos consanguíneos a la sucesión al trono!. ¡Basta ya del empobrecimiento paulatino que agota la resignación de las clases peor paradas que se multiplican en el gigante norteafricano!.

Diversos colectivos como la Asociación Nacional para el Cambio emergen a la luz del espacio público, mientras que los Hermanos Musulmanes, siempre represaliados (tanto por Nasser y Al-Sadat, como por Mubarak), devienen canalizadores de la rebelión egipcia, desafiando la Ley de emergencia de 1981, tras la que se parapeta el gobierno, y desde la que puede desencadenar una temible operación represiva. Que “little Tunisia” aparece para los egipcios como el referente de la insurrección actualmente en curso, en nada puede extrañar. Se ha venido hablando de Egipto, inmemorialmente, como si de una olla a presión se tratara. Es probable que ese estallido se produzca en el transcurso de los próximos meses. Veremos. Con lo cual, al haber triunfado en Líbano el candidato de Hezbollah (Nejib Miqati), o partido político chií sobre el adversario sunní, Saad al-Hariri, se está produciendo en Oriente Próximo una fractura interna más añadida a las fracturas abiertas hace tiempo (Israel-Palestina).

Si en el tándem formado por Argelia y Marruecos surgiera otro foco activo del volcán árabe, este referente mediterráneo estaría iniciando una suerte de revuelta (o revolución) como la que durante el período de entreguerras (1918-1939) sacudió a todos los países -cristianos o musulmanes- del sufrido “Mare Nostrum”.

Procede dejar al azar la evolución de los acontecimientos que viene haciendo del norte de África, desde hace un par de meses, un vivero de posibilidades renovadoras de sus sociedades, asfixiadas por los gobiernos de factura presidencialista autoritaria y, encima, hereditarios.

Estados Unidos, sin embargo, pretende favorecer, a partir de los acontecimientos en Túnez, una “transición controlada” en el ámbito del Gran Oriente Medio -Magreb, Egipto, Líbano, Yemen del Sur-. Jeffrey Feldman, su enviado especial, acaba de afirmar con una asepsia que no disipa sospechas: “No intentamos inmiscuirnos. Pretendemos jugar un papel complementario… para proporcionar asistencia adecuada”.
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