23 de octubre de 2019, 2:48:39
Opinion


Fallas. Un gentleman aristocrático en chaqué, de chistera a babuchas.

Pedro J. Cáceres


Simón Casas borda la letra grande, quizá, por desgracia, lo único que importa a los espectadores, los llamados aficionados e incluso a los profesionales del sector.

Por ello se le felicitó al conocer el cartel fallero por haber conseguido reunir a todas las figuras del G-10, misión no fácil.

Pero yerra en la letra pequeña, o no tan pequeña; más bien cursiva y subrayada como es la corrida de rejones que tanto reclamo provoca en el público valenciano. Al socaire de la necesidad de hacer caja con festejos de tirón pero baratos de costo, el abonado y muchos no aficionados al rejoneo pero sí a los grandes espectáculos se ven mermados en sus derechos de disfrutar de un ciclo de figuras en su totalidad: a pie y a caballo.

La variada corrida de 6 rejoneadores es un recurso para lo expuesto y cumplir compromisos con mucha gente del toro pero no con el abono.
Se acartela un festejo de perfil muy bajo, como de costumbre en una época en que el arte del rejoneo se ha ganado un respeto por ser cada vez más los espectadores que recluta y una bomba de oxigeno en el arqueo general de taquilla. Merecen un respeto: el arte ecuestre, los caballeros y los abonados.
En un momento, quizá el mejor de su historia, en que el rejoneo está en el candelero con dos figuras máximas y rivalidad a flor de piel, en el ruedo y en la calle, que es la mejor competencia que puede haber, cuando los contendientes ni se hablan, o algo más.

Cierto que es AS en la bocamanga para ilustrar la Feria de Julio. La ley de la compensación.

Compensación con el novillero Víctor Barrio, con sitio en Fallas, desplazado al mini ciclo de mayo.

Compensación como el alivio de dos corridas de toros, de relleno, en las fechas menos taurinas del ciclo. Son los festejos “valle” consustanciales a todo ciclo de medio metraje. Y el tino en estos carteles es el matiz que afina hasta el 10 de calificación de una feria.

Aunque no es negociado, sin saber bien por qué, de la prensa especializada reparar en la bondad o la rutina de estos carteles eclipsados, lógico, por una feria que en conjunto podría ofrecer media docena de titulares distintos pero elocuentes y llamativos, gran feria, que avala la autoproclamación de “productor de arte” de Simón Casas, orillando la de empresario, el aficionado de “a pie” hila muy fino y sí se pregunta y reclama respuesta del porqué de la ausencia de César Jiménez con un currículo en los últimos largos años inigualable, incluso por Ponce, relativo a sus comparecencias en el coso de la calle de Xátiva cuando su situación absoluta en el escalafón no le empuja a ambicionar condiciones mayores de contratación que los compañeros anunciados.

Preguntado Casas por dicha ausencia gambeteó con la respuesta. No hay. O sí. Los toreros anunciados responden al perfil coyuntural para que Casas, en su faceta de apoderado, encuentre caldo de cultivo para satisfacer su segunda ocupación y dar toros a Daniel Luque, Alberto Aguilar y otros próximos o apoderados por asociados en el empresariado valenciano. Una serie de festejos de suma y sigue, que como estas dos corridas “valle” de Fallas da igual un roto que un descosido.

No es una contradicción del discurso idealista, a veces tremendista, del empresario francés. Si no un mal necesario en tiempos de sobrevivir como los que corren. Pero es militar, mejor o peor, en la “globalización” taurina con sus miserias, servidumbres e hipotecas.
Comulgar del pecado original de la Fiesta: el magnicidio taurino del Montesquieu torero: la separación e incompatibilidad, nítida de poderes, empresario o apoderado.
Eso les iguala a todos y sólo se distinguen en su brillantez o en su mediocridad. Mucha teoría y poca práctica, no cambia nada en la obsolencia de esta tauromaquia y termina por desgastar la credibilidad de los predicadores.

Lo cortés no quita lo valiente. Ni baza mayor quita menor. A tal señor tal honor, y repetimos felicidades: una gran feria, “ grandes Fallas”, sí señor.
Pero la letra pequeña, o empequeñecida por los intereses creados, el cambio de cromos, es similar al dandi impecablemente vestido pero con los zapatos sin lustrar, un tomate en las medias o las uñas de alivio de luto aunque su porte le abra las puertas del Palacio de Liria. La Moncloa o La Zarzuela.

¡Al loro!
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