19 de septiembre de 2021, 4:33:43
Opinión


Lo que significa el suicidio de Mohamed Buazizi

Juan José Laborda


Cuando una imprevista “revolución” está derrumbando los regímenes políticos del mundo árabe, conviene rebobinar la secuencia de los acontecimientos, y observar lo que significó el gesto trágico de Mohamed Buazizi, el joven tunecino que, con 26 años, se suicidó prendiéndose fuego delante del ayuntamiento de su pueblo.

¿Por qué su gesto trágico desencadenó un movimiento social que cambiará los regímenes árabes surgidos hacia la mitad del siglo veinte?

Veamos algunos hechos. Mohamed Buazizi vivía en Sidi Bouzid, una población de unos 40.000 habitantes, que está fuera de los circuitos de la economía turística de Túnez. Mohamed tenía un título de técnico informático. Pero como la mayoría de los jóvenes de su edad, no encontró trabajo para su profesión. Como, además, su madre y sus hermanas tenían apuros económicos, Mohamed vendía frutas en la calle para salir familiarmente adelante.

La economía tunecina no crea puestos de trabajo para técnicos como Mohamed, y sin embargo, el aparato administrativo y policial de su Estado ha sido siempre eficaz interviniendo todas las actividades comerciales y económicas. Las dictaduras políticas suponen también limitaciones en la economía de mercado, como sucedía con el franquismo. Lo que le sucedió el 17 de diciembre pasado al joven Mohamed Buazizi fue tan simbólico que se convirtió en la imagen misma de la desesperación para millones de personas, que se vieron reflejadas en él. Unos policías le pidieron la licencia para vender naranjas en su puesto callejero. No la tenía. Entonces los agentes le exigieron el consabido soborno de unos tristes euros, todo lo que Mohamed venía a ganar en una jornada. No quiso pagar la “mordida”. Se dirigió al ayuntamiento para pedir que le autorizasen a seguir con su puesto de venta. Nadie le hizo caso. Fue peor: una policía le abofeteó por eso. Humillado, Mohamed Buazizi se subió encima de su tenderete, se roció con gasolina, y se prendió fuego con su mechero.

La gente que vio lo sucedido protestó airadamente. Abrasado y malherido, Mohamed comenzó a agigantarse según su historia fue conociéndose. Como su gesto trascendió a los medios de comunicación nacionales, lo llevaron a un hospital de la capital para intentar salvarle la vida. Como era esperable, el presidente Ben Alí, y su esposa, Leila Trabelsi, fueron a visitarle al hospital. El paternalismo es una ley para cualquier tirano. La foto de esa visita dio la vuelta al mundo. El dictador observa atentamente el cuerpo agonizante de Mohamed, que es un amasijo de tubos y vendas, que recordaba las terribles imágenes de la película “Johnny cogió su fusil”, de Dalton Trumbo.

Ben Alí y Leila, muy serios ellos, lamentaron lo sucedido, pero esto indignó a cuantos lo vieron en la televisión. Un pobre chico se moría a causa de un sistema policiaco y económico que hacía obscena la presencia demagógica de sus dos máximos beneficiarios. La pareja presidencial, lustrosos y elegantes, quedaron retratados en su ignominia al pie de la cama, donde Mohamed aparecía como un símbolo de un Túnez dolorido y saqueado. Estaba muriéndose, no porque se hubiese intentado suicidar, sino porque el sistema de Ben Alí no le permitió vivir con dignidad. A las pocas horas, Mohamed moriría, y Ben Alí y Leila saldrían huyendo del país, llevándose una fortuna a Arabia Saudí, fruto de su dominio absoluto de la economía tunecina.

Mohamed Buazizi nunca pudo suponer que su pequeña historia de resistencia y de protesta en su localidad, abriese las puertas a una “revolución” en los países árabes. Pero esta “revolución” es distinta a las anteriores. No ha sido impulsada por las grandes ideas de la “independencia nacional”, o del “socialismo árabe” –como fue con Habib Bourguiba en Túnez-, sino que, en todo caso, es un movimiento que quiere pasar directamente a las reformas, ahorrándose las fases violentas de las anteriores revoluciones.

El movimiento que derrumbó el régimen de Ben Alí, y que está a punto de lograrlo con el de Mubarak en Egipto, tiene los rasgos de la gente que se emocionó con Mohamed Buazizi, aquéllos que sintieron que su mala suerte era la suya. No tenía unas convicciones políticas, aunque sintió profundamente que los Derechos que le otorgaba su constitución eran una farsa con el régimen de Ben Alí. Tampoco fue una persona religiosa, según su madre ha declarado. A diferencia de los suicidas del fundamentalismo islámico, Mohamed se prendió fuego sin hacer daño a los demás, ni siquiera a los policías corruptos que le humillaron. La violencia no entra en las actitudes de los millones de árabes que quieren reformas inmediatas que salvaguarden su dignidad como seres humanos…

Lo que los árabes están exigiendo en sus manifestaciones son los ideales que Europa lleva años defendiendo. Pero ahora, ¿dónde está la Unión Europea? La única voz de apoyo gubernamental que se ha oído es la del primer ministro turco, un islamista moderado, que sigue contando con el veto de países laicos como Francia, o gobernados por democristianos, como Alemania. En Israel, el primer ministro Netanyahu es incapaz de mirar objetivamente el fenómeno: le gusta Mubarak y seguir siendo el único país democrático en el Oriente Medio.

Si no hay apoyo, el movimiento puede caer en las manos de extremistas revolucionarios de signo religioso. Sería repetir los errores del pasado: cuando se abandonó a los demócratas de Irán en 1979, dejando que Jomeini se hiciera con todo el movimiento contra el shah Reza Pahlevi; lo mismo que con los demócratas argelinos en 1991: habían votado islamista en unas elecciones municipales que pretendieron cambiar la dictadura argelina… ¿Seguirá Europa moviéndose una vez más tan lenta y timorata como si fuese el Sacro Romano Imperio Cristiano(en unos tiempos de la comunicación instantánea con la que derrocaron los tunecinos a su dictador)?
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