17 de noviembre de 2019, 8:38:48
Los Lunes de El Imparcial

crítica


Una mirada a la cultura política


Michael Walzer: Pensar políticamente. Selección, edición e introducción de David Miller. Traducción de Albino Santos Mosquera. Paidós. Barcelona, 2010. 528 páginas. 35 €


Por cultura política se puede entender tanto aquella que permite que los políticos y funcionarios ejerzan sus cometidos, como la que permite que los ciudadanos en general participen en la vida de una democracia. Los ensayos que recoge esta obra muestran hasta qué punto la segunda y más extensa forma de entender el término requiere no sólo de nociones de filosofía sino que, inevitablemente, da pie a un debate permanente en el mundo académico. Michael Walzer, acertadamente, distingue entre el papel del político y el papel del intelectual, y se muestra contrario a que éste último pretenda traducir su saber en poder directo. Pero es muy importante que una sociedad atienda y entienda lo que los políticos están haciendo o dejando de hacer. En última instancia, el funcionamiento de una democracia remite a la opinión pública y cuanto más informada y sobre todo cuanto más sofisticada sea ésta desde el punto de vista teórico, más se podrá esperar de los políticos en ejercicio.

Los ensayos incluidos en esta colección no son trabajos de circunstancias, o comentarios de actualidad. Todos ellos tienen una envergadura académica por la que complementan obras más extensas como Spheres of Justice y Just and Unjust Wars. En todo momento resplandece en ellos la claridad y precisión de un gran conocedor de la ciencia política. Pertenecen al contexto de la vida académica abierta al funcionamiento de la democracia en distintas sociedades contemporáneas, fundamentalmente en Estados Unidos, aunque sobre todo se escriben pendientes de las distintas aportaciones que se estaban haciendo cuando fueron redactados. El resultado es un comentario agudo de algunas de las ideas más importantes del ámbito de la reflexión política. Nos restringiremos a tres cuestiones. En todas ellas, la posición de Walzer nunca es extrema sino matizada, bien que aporta a la discusión consideraciones que pueden resultar decisivas.

Dos interlocutores importantes que han sido capaces de aglutinar con sus obras el pensamiento político de los últimos 35 años son Habermas y, en el mundo anglosajón, Rawls. Los dos coinciden en encontrar formas de legitimar la organización política con el uso de la razón. En el caso de Habermas se trataría de concebir la sociedad como ámbito de un diálogo que permite que se consolide una opinión pública que se ajusta a la razón, abriéndose camino en el dialogo entre iguales. En el caso de Rawls la pretensión es reconstruir el marco legislativo de una sociedad de acuerdo con unas exigencias racionales. Para ello, se coloca en la situación ficticia de tener que determinar a priori los grandes principios, sin tener conocimiento de la situación real que los interlocutores ocuparían en esa sociedad imaginaria. Aquí también, la autonomía del discurso racional conduciría a unos resultados equitativos.

Los comentarios de Walzer se distinguen por glosar y mostrar que sólo se pueden aplicar las ideas de conversación o contrato de una forma relativa a procesos políticos. Por ejemplo, indica que la política activa es mucho más que deliberación: educación, organización, movilización, manifestación pública, debate, declaración pública a los medios, negociación, hacer campañas, presentar proyectos a colectivos interesados en apoyarlos, la búsqueda de fondos, etc. La actividad deliberativa tiene un alcance real pero limitado. Análogamente, la misma idea de conversación no tiene en cuenta la complejidad del trato político donde además de debate juegan otros muchos factores. El punto en el que se da lo que llamaríamos entendimiento político, no se parece a la conclusión triunfante de un diálogo socrático. Es cierto que Habermas entiende que se trata de una situación ideal de comunicación, como el interlocutor de Rawls se encuentra en la ignorancia completa con respecto a su posición en la sociedad. Pero para que estos principios no resulten irrelevantes hay que ser capaz de superar las limitaciones en las que se desarrolla la política práctica.

Por lo general, estas objeciones no sustituyen los avances que implican las obras de estos dos autores mencionados, pero muestran que desde un punto de vista teórico las dificultades que ocasionan, cuando se quiere entender la política activa, son considerables y desde luego poco tenidas en cuenta en el momento de la discusión académica.

Durante la primera mitad de los años 80 el pensamiento liberal en Estados Unidos tuvo que hacer frente a dos obras de corte comunitarista: Después de la virtud de Macintyre y Hábitos del corazón de Bellah. Aunque Walzer es partidario de la aparición de la sociedad civil y además piensa que ésta debe ser objeto de ayuda por parte del Estado, también ve las limitaciones de los planteamientos de estos autores en la medida en que ponen, implícitamente, en tela de juicio las condiciones de la sociedad moderna vinculada con cuatro formas de movilidad: la geográfica, la social, la marital y la política. Esta objeción es contundente al poner una limitación a las reivindicaciones comunitaristas. Renunciar a la movilidad es renunciar a una sociedad moderna e implícitamente a la libertad que le acompaña.

El efecto de esta colección de artículos es el reconocimiento de la complejidad del ámbito de la teoría política. El problema no viene sólo de la abundancia de lo publicado en el ámbito académico, sino de la complejidad de las situaciones que una sociedad democrática moderna suscita. Walzer es progresista, es decir, partidario de la intervención del Estado en la vida social, pero eso exige en sociedades avanzadas la capacidad de ajustarse a una realidad que de suyo es compleja.

Por Jaime de Salas
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