19 de septiembre de 2021, 16:11:52
Opinión


Percepciones

Víctor Morales Lezcano


Las revueltas populares en Túnez y Egipto, han sorprendido a medio mundo.

Más allá del proceso que sigan, de la difusión del precedente sentado y de su desembocadura final, no se debe pasar por alto el cúmulo de análisis, comentarios, glosas y hasta retruécanos, que están inspirando aquellas revueltas.

En nuestro afán de encontrar un símil en la historia reciente de la vieja Europa, abundan las comparaciones con el mayo francés de 1968, la transición española a partir de 1976, la caída del muro de Berlín en 1989, y con varias insurrecciones contra el poder militar del Kremlin en Budapest, Praga y Gdansk. El afán fáustico de los occidentales anda siempre deseoso de implantar su estilo de experiencias históricas, convencido hasta el tuétano de que los pueblos y naciones de otros orbes civilizatorios necesitan la luz de nuestra antorcha para llevar a buen fin su destino -en suma, un calco del destino occidental-.

Pienso, por el contrario, que sí merece la pena, una vez más, volver por un momento a dar una vuelta de tuerca al asunto de las percepciones.

Desde hace algo más de una década, el tema de las percepciones nacionales y su influjo en la opinión que poseen los pueblos, tanto sobre los vecinos territoriales, como sobre otros actores del sistema internacional de cada época, se ha convertido en un campo de estudio propio.

La gestión de la cultura histórica que informa y nutre manuales escolares y universitarios, breviarios y antologías para los cadetes de academias militares y para los candidatos a ingresar en el cuerpo diplomático, así como un arsenal de monografías especializadas en el tema de las relaciones internacionales, en visión histórica, incorporan las percepciones transnacionales e, incluso, interculturales. Éstas son las encargadas de configurar prejuicios y sesgos que, en ocasiones, emergen a la superficie sin recato alguno, mientras que en otras instancias se filtran sibilinamente a través de vericuetos gramaticales, o filigranas semánticas e intenciones persuasivas de mala ley.

Entre dos países como España y Marruecos, cuyas características relaciones históricas configuran un mosaico de malentendidos y entendimientos comprensivos de tipo cíclico, podríamos formular el aspecto de la cuestión con dos propuestas simplificadoras, aunque muy transparentes.

Una de ellas, proclama desde hace un siglo largo el buen entendimiento de naturaleza tutelar: España, monitora de Marruecos en la travesía que conduce desde el atraso al progreso. Joaquín Costa fue el precoz abogado de esta fórmula. De aquí, sin embargo, arrancarían modulaciones complejas sobre las relaciones hispano-marroquíes que nos llevan de la mano hacia Al-Andalus en cuanto fragua y síntesis de alto valor paradigmático.

Casi cien años después, se atribuye al rey Hassan II aquello de que “Marruecos y España están condenados a entenderse”. El paternalismo de Costa ha sido suplantado por la aseveración taxativa del monarca alauí.

No han faltado a la otra propuesta figuras señeras de la reflexión cultural, que han opinado que nos encontramos ante dos pueblos hermanados hasta el “tajo” que rompió esa hermandad ibero-transfretana en 711!. Toda una estirpe de filólogos, historiadores y algún presunto magister Hispaniae -a partir de Menéndez Pelayo-, ha fortalecido esta percepción.

Alguna que otra ulterior manifestación de rechazo visceral hacia Marruecos (en cuanto “antagonista hereditario” de España), sería la expresión ultra por excelencia del prejuicio maurófobo.

No deja de ser alentadora la ocasional empatía de algunas señeras figuras de origen marroquí hacia el orbe hispano, aunque no faltan -también más allá del Estrecho- aquéllos que están contribuyendo a la forja de un clima opinático hispanófobo. Es probable que el “paso cambiado” que llevan marcando España y Marruecos desde 1976, con el inicio del nuevo rumbo que se emprendió en la Península Ibérica a partir de esa fecha, haya exacerbado últimamente la percepción “enemistosa” de Marruecos hacia el vecino europeo, inmediato e inveterado.
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