28 de septiembre de 2021, 15:07:05
Opinión


El desencanto

Mariana Urquijo Reguera


Si vivimos en una época Ilustrada o de ilustración, si logramos construir una edad moderna y la superamos o nunca la logramos, son cuestiones que interesan a la filosofía. Son quizá preocupaciones demasiado abstractas que no atraen la atención de las disolutas conciencias acostumbradas al frame de la imagen, a la moda de una hora, al personaje que asciende y cae en un solo video de youtube.

La atención del filósofo es de otra espesura, requiere otra duración y tiene otros medios y otros fines. Observa los acontecimientos sin más pretensión que la comprensión, desarrolla categorías, crea conceptos y trata de seguir pensando la multiplicidad respecto a la unidad, la diversidad y la unicidad, los derechos y las formas de gobierno, las relaciones de poder y de dominación, la justicia, la injusticia etc. Pero todo ello no se hace por el hecho del amor a la abstracción (que también) sino porque todos esos conceptos forman parte de nuestra vida práctica (en dos sentidos: moral y pragmática), en la de todos los días que vivimos, sentimos, disfrutamos, padecemos. Esa vida que no cesa hasta que por fin cesa, esa vida que se construye cada día y que siempre mira al pasado y al futuro buscando referencias y construyendo esperanzas.

Estos días, venga a mirar aquí y acullá, veo una Europa dormida en su propio caos, licenciosa y obscena que ve caen uno a uno todos los principios y pilares en los que creía estar parada. Se desmonta así la idea de que el presente es el producto del progreso del pasado. Las entidades financieras, Gran Hermano y Berlusconi lo demuestran por el mero hecho de existir y estar donde están.

Recurro a las reflexiones de Bejamin y Koselleck para pensar la caída formal de un modelo económico de vida que ha construido un bello castillo en el aire de derechos sociales, de ficción democrática y de libertades que sin embargo no se viven como tal, ya que parece que la sociedad está apostada detrás de la barrera viendo al toro agonizar como si ella misma no fuera parte del espectáculo y fuera a caer ella también.

Benjamin, observando la distancia que hay entre el creador y las circunstancias del mundo en el que vive, observaba en esa distancia la inconmensurable presencia de la libertad, que donde irrumpe reordenada todo mientras que donde está ausente reina el gris de la penumbra que anticipa cierta muerte.

Koselleck conceptualizó esta distancia como el alejamiento entre el horizonte de experiencias (actualidad) y de expectativas (el futuro), alejamiento que era la marca distintiva de esta modernidad que había plantado la insatisfacción en el centro de la vida de los hombres.

Hoy me pregunto cuál es nuestro horizonte de experiencia y veo un pueblo adormecido, confuso y desorientado entre los conceptos económicos y el tren del frenesí de la vida que no permite pararse a pensar. Pero la pregunta por el horizonte de expectativas provoca llanto: el desencanto y justamente, la falta de expectativas tiñen de gris toda esperanza. ¿Qué futuro, qué trabajo, qué pensiones en un mundo de pobres?...Sólo cambios sustanciales pueden variar la deriva de este gigante que ha perdido el rumbo, o bien, va camino de la autodestrucción.

Los europeos si no abducidos, parecerían dormidos o resignados a su propio destino. Mientras, en el mundo árabe toda esa apatía es fuerza, es lema de libertad, es inconformismo, es movimiento hacia otra cosa querida y deseada. Ellos desean cambios, los buscan, los provocan.

Aquello que parecía que siempre sería así: nuestro capitalismo occidental, sus dictaduras blandas pero eternizadas, hoy, no son más. Hay quien ve una revolución francesa de los árabes, hay quien ve a los pueblos de Túnez y Egipto ejerciendo su soberanía y reclamando su gobierno legítimo en libertad. Quizá solo los expertos y el tiempo puedan calificar lo que hoy se está creando. Mientras los ejércitos no masacren por el arte de masacrar, los movimiento de libertad que están en marcha en el mundo árabe tienen todas las papeletas para triunfar. Todo sea que se les deje respirar, crear y reordenarse.

Nada es eterno, nada es para siempre y el rey estaba desnudo pero nadie se atrevía a decirlo. Ojalá la alegría les dure, ojalá nuestro desencanto se conjure con su alegría y creen algo nuevo, sin “ellos” y “nosotros”, sino con todos.
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