17 de agosto de 2019, 15:48:02
Opinion


No me toques el coche

José María Zavala


Jehová dijo a Moisés: Extiende tu mano hacia el cielo, para que haya tinieblas sobre la tierra de Egipto, tanto que cualquiera las palpe. Moisés extendió su mano hacia el cielo, y hubo densas tinieblas por toda la tierra de Egipto, durante tres días (Éxodo 10, 21-22). Esto es lo que pasa cuando dejas las cosas para el final, que por orgullosos, cabezones e ignorantes, nos acaba saliendo la “boina”. Cuando ya es demasiado tarde, se nos cae el cielo encima y nos vemos con la mierda al cuello, castigando nuestras gargantas con graves toses y un esputo tan negro que podremos decir que estamos de luto hasta las entrañas, en pena por un mundo que definitivamente ha muerto.

El hiperpresente racionalismo, heredado de una Modernidad que se defiende con uñas y dientes de su necesario asesinato, se muestra una vez más insultante y burlón: aún nos viene con que existe una relación de límites de velocidad adecuados para unos niveles concretos de contaminación. Como insultante es pedir a los conductores que atraviesan algún cinturón urbano camino a sus hogares, que por favor utilicen el transporte público.

El mayor problema de la contaminación en las grandes ciudades es el tráfico rodado, que se encarga de nutrir hasta el ochenta por ciento de la porquería que respiramos. Y es que existen demasiados incentivos para el uso de automóviles privados: las condiciones del transporte público (precios, horarios, rutas, servicio) no alientan en absoluto a prescindir del coche; las recientes subvenciones para la compra de automóviles no han supuesto un apoyo significativo hacia las opciones menos contaminantes, protegiendo de forma imperdonable a las cuatro ruedas como modelo de transporte predilecto; el uso de la bicicleta sigue siendo marginal y desde las administraciones nadie apuesta claramente por una forma de movilidad que electoralmente no aporte suficientes niveles de rentabilidad; además, la especialización de las ciudades en “zonas” (residencial, de ocio, comercial...) nos obliga a trasladarnos de un lado a otro constantemente, para volver luego a una vivienda en la que quizás no conozcamos ni a nuestros propios vecinos.

Ojos que no ven, pulmones que no sienten. Hasta que no se nos planta esa amenazadora mácula en la carga visual de los telediarios no somos conscientes de que existe un problema. El cielo está encapotado, ¿quién lo desencapotará? Que baje Dios y lo arregle a base de borrascas, porque a eso es a lo que estamos acostumbrados, a enmugrecer sin consideración alguna, que ya vendrá otro a limpiarlo. Además, así se crean puestos de trabajo, ¿no?

Parece que por el hecho de vivir en una ciudad tenemos que tragar humo, que es una especie de tasa, un precio a pagar: un inconveniente intrínseco e inexorable. ¿Tan poco da de sí la imaginación? El aire limpio no es un lujo, es un maldito derecho y sólo el valiente se atreve a visualizar una urbe libre de humos.

Y no le demos más protagonismo a la clase pública del que se merece. Son también los ciudadanos, los conductores, quienes tienen la responsabilidad no sólo de reivindicar, sino de ofrecerse a sí mismos alternativas a la existente masa de vehículos de baja ocupación, que tantos disgustos nos dan: ruidos, polución, accidentes y además, un montón de gastos e impuestos. Si cada uno confía en que sea el vecino quien empiece, jamás saldremos adelante.
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