28 de septiembre de 2021, 16:18:25
Opinión


La revisión del pasado

José Manuel Cuenca Toribio


El frenesí de las sociedades actuales por atesorar experiencias y acumular sensaciones debilita sin duda entre sus miembros la capacidad de sorpresa. Habrá de reconocerse, empero, que el desafío para provocarla y los estímulos para vitalizarla son incontables y cuotidianos en buena parte del planeta.

En tierra muy próxima a la nuestra en todas las dimensiones de la vida, Francia, un reciente suceso ha estado durante algunos días a la cabeza de comentarios y de las esferas de comunicación. Algo más de medio siglo después del final de su longeva existencia, la figura del mariscal Petáin ha completado su muerte civil –la damnatio memoriae de los antiguos romanos- al descatalogarse su nombre del callejero municipal galo, tan colmado en otro tiempo con su onomástica y hazañas castrenses.

Nada nuevo, por descontado; sobre todo, en un tiempo en que el desescombro del pasado semeja revestir caracteres trepidantes. Pero, con todo, el asombro se despierta un tanto al recordar que apenas unos decenios atrás, el líder y gurú incontestado de los sectores más avanzados de la sociedad del país vecino, François Mitterrand, consideraba como la gran asignatura pendiente de su generación el entierro del mariscal en el imponente, conmovedor, electrizante osario de Verdún. Claro es que, como argumentaban algunos de sus, entonces, muy escasos adversarios en los ambientes progresistas, el quinto presidente de la V República, al haber sido en su primera mocedad seguidor del régimen de Vichy, quizá pretendiera con ello calmar algunas punzadas de su conciencia. Incluso aunque en hombre tan sorprendentemente dueño de sus nervios y emociones como el refundador del socialismo francés no haya que descartar por entero tal versión, la constancia de su propósito y la muy considerable adhesión que suscitaba en amplios e influyentes sectores de su nación, abogan por situar su indeficiente conducta en un terreno más aséptico y consistente.

Alguien que, como “el héroe de Verdún”, consideró como un don de su férvido patriotismo su “inmolación” por Francia en la hora crucial de junio de 1940- con el desarbolamiento sin fisuras de la IV República y el caos apoderándose a marchas agigantadas del territorio aún no invadido del Hexágono-, allegó algún capital, en opinión del más ahincado resistente –tres evasiones de los campos de prisioneros alemanes y una deslumbrante –y efectiva…- hoja de servicios antinazis en la zona ocupada por Hitler-, para esperar alguna indulgencia de sus compatriotas, justamente airados por las tropelías y desmanes sin cuento cometidos en el cuatrienio en que el mariscal estuviera al frente del régimen de Vichy, reconocido e incluso alentado durante un tiempo considerable por la Norteamérica de F. D. Roosevelt. En la actualidad, empero, el pensamiento mitterrandiano y el de otros muchos de sus coetáneos no clasificables como reaccionarios ni antisemitas se ve rechazado por anchas y muy sensibles de la población francesa, cuyo juicio, política y constitucionalmente, hay que acatar como expresión fiel, legítima y democrática de una sociedad siempre en primera línea en el combate por las libertades públicas.

¿Se identificará con ella el veredicto de la Historia? Sería temerario afirmarlo. En cualquier supuesto, es ésta –el pronunciamiento definitivo acerca de paladines y villanos, traidores y patriotas de la dramática y belicosa travesía de Europa por las aguas de la contemporaneidad reciente- una grave cuestión que quizá deba recibir más reflexiones antes de darla por artificial o propagandísticamente conclusa.
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