13 de junio de 2021, 5:19:28
Opinión


Regeneracionismo: cien años de un programa político

José Lasaga


Parece mentira pero hace cien años era plena actualidad en España el programa regeneracionista que los jóvenes airados del 98 –los que luego hemos conocido como Generación del Catorce— proponían a la sociedad española. Partían de un balance muy negativo. Hablaban del estado de postración en que se encontraba la sociedad española. Entonces se trataba de la pérdida de las colonias –ya saben, Cuba y Filipinas, y del pulso moral de una sociedad que vivía ensimismada, analfabeta y cuasi feliz respirando en sus tópicos y lugares comunes. Todavía no había estallado la “cuestión social” y casi nadie, incluso las clases más desfavorecidas, se quejaba de su suerte. Estaban los toros y las verbenas como hoy está el futbol y las playas.

Los citados jóvenes concluyeron, un poco en la estela de sus mayores, los Unamuno, Baroja, Maeztu, que los problemas políticos y sociales de España tenían solución, pero que la raíz de los males políticos no eran de suyo políticos, sino morales, de carácter, de forma de vivir… en el opaco día a día de la profesión, del cuidado de la familia, del sentido de la amistad, de la forma de sentir y gozar las cosas de la vida. Lo que se denotaba con la palabra regeneracionismo lanzada por aquellos jóvenes a la cara de la clase política, que se turnaba en el disfrute del poder, no así en la ineficacia de su administración, era poner en marcha una renovación de las conciencias, asumir el reto de una nueva educación sentimental. Tal el plan, así de ambicioso, tal el fracaso. Y sin embargo quedó lo bastante de aquel intento como para que no se haya perdido en el olvido.

Y si hoy tiene algún sentido evocar el recuerdo de aquel fracaso es porque la situación en que vivimos hoy en España tiene algún paralelismo con la de hace un siglo. El lema de los regeneracionistas, eficazmente acuñado por Ortega, “España es el problema, Europa la solución”, aludía a lo que había tenido Europa pero que no tuvo España: centros de alta cultura, élites sensatas, informadas y responsables, capaces de irradiar cordura y decencia en la opinión pública; instituciones educativas eficaces, capaces de formar a las mayorías y dotarlas de cualificaciones laborales y profesionales acordes con el mercado de trabajo, una judicatura independiente y eficaz, periódicos veraces alejados de las luchas políticas inmediatas, etc., etc.

Hoy, la crisis económica de alcance mundial resulta que tiene la capacidad de adoptar en cada nación la forma específica de sus defectos nacionales, radicalizarlos y sacarlos a la superficie. Es verdad que comparar la España de 2011 con la de 1911 es un dislate. Juan Carlos I no es Alfonso XIII, un ejemplo que lo dice todo. No lo son nuestros partidos ni nuestras universidades ni nuestras empresas ni nuestras libertades. Y sin embargo…

Esa es la cuestión: que la idea vuelve a circular, que la sensación es que la crisis nuestra no es solo de dineros, sino de moralidad pública y de despiste nacional. Que los parados son demasiados, que la tasa de abandono escolar es demasiado alta, que la desconfianza de la ciudadanía hacia su clase política es más grande que nunca. (Ahí están nuestros partidos políticos empantanados en la corrupción). Que es difícil entender que quienes tienen poder para ello, no decidan, mediante un pacto, el cierre constitucional de la estructura territorial del Estado; que los amigos de los terroristas etarras hagan el enésimo aspaviento para presentarse a las próximas elecciones y sigan teniendo la capacidad de condicionar la actualidad cuando la respuesta adecuada debiera ser el más enérgico de los silencios.

Entonces, como ahora, tenemos un problema de regeneración, algo que afecta a las conciencias y a los usos de nuestra convivencia. Ahora también todos los análisis que se hacen de nuestra crisis remiten a la educación como la única solución posible. Pero nuestros políticos no están interesados en el asunto. ¿Lo estuvo realmente el ministro del ramo, Ángel Gabilondo, cuando planteó el diálogo en torno al pacto educativo? ¿Las coyunturas partidistas lo hicieron fracasar y desistir? Si es así, debería decírnoslo. Hoy también, como ayer, los españoles –C.I.S. dixit— están razonablemente felices con su suerte.

El otro día usé en clase la expresión, cita de Unamuno: “me duele España”. Y mis alumnos de bachillerato tuvieron dificultades para entenderla. Mientras la explicaba caí en la cuenta de que para ellos no tenía sentido ese tipo de dolor. Puede dolernos una rodilla o un insulto. Pero, ¿dolernos una idea?
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